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Discurso Diputado Luis Pareto González

 

Discurso del Diputado Sr. Luis Pareto González


Al asumir la Presidencia de la Cámara de Diputados.
3 de abril de 2001.
 

"Dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y experimenté que el servicio es alegría".

Con estas palabras, Rabindranath Tagore, Premio Nobel de Literatura, graficó magistralmente lo que para la nueva Mesa representa la función parlamentaria.

He querido asumir el honor -y también la responsabilidad- de presidir esta honorable Cámara de Diputados al inicio del siglo XXI.

Esta Mesa representa a las distintas vertientes del humanismo cristiano y del humanismo laico, igual que muchos de ustedes en nuestra sociedad. También están presentes con los diputados señores Felipe Valenzuela y Rodolfo Seguel, dirigente sindical que llega a esta alta dignidad.

En mi caso -si me lo permiten-, puedo decir "reasumir", porque después de algunos años, en 1997, volví con las mismas ganas, con la misma fuerza, con la misma esperanza y con la misma fe en las instituciones democráticas -a pesar de los acontecimientos que interrumpieron nuestra vida republicana- a ponerme al servicio de mi país, igual que todos ustedes, señoras diputadas y señores diputados.

Soy democratacristiano -y siento un profundo orgullo de serlo- por casi treinta y ocho años. Por eso, mis primeras palabras son para agradecer la generosidad con que mis camaradas de bancada de la Concertación -y también los de las más diversas vertientes políticas- me han distinguido y comprometido con su amistad y su confianza. La amistad cívica -aquella a la que se refería el maestro Maritain- se ha hecho ya tradición en esta Corporación.

El Presidente de la Cámara responde y sirve a todos los parlamentarios por igual. Así lo han hecho mis antecesores. No les quepa la menor duda de que, como un verdadero servidor de ustedes, desde esta testera, junto a mis colegas de la Mesa, estaremos a la altura de las circunstancias, en el lugar que la historia nos ha demandado.

Conozco el servicio público desde hace algunos años. Primero, como regidor, cuando éstos se elegían; luego, como parlamentario por más de veinte años; después, como intendente de la Región Metropolitana durante todo el período del Presidente Aylwin, y ahora, igual que el 11 de septiembre de 1973, espero volcar toda mi modesta experiencia y vocación de servicio al desempeño de esta maravillosa distinción de ser el Presidente de la Cámara de Diputados de mi país.

En mi calidad de primer servidor de mis colegas, e interpretando a los vicepresidentes, con quienes procuraremos el servicio y no el oropel de esta función, me atrevo a hacer algunas reflexiones en torno a temas que resultan de la mayor importancia.

La nobleza de la función parlamentaria radica no sólo en las enormes cuotas de sacrificio personal y familiar que son necesarias para su desempeño, sino también en la enorme capacidad de tolerancia, paciencia y persistencia, virtudes indispensables para la construcción de los acuerdos que las chilenas y los chilenos nos demandan para avanzar en los temas pendientes de la agenda social: el angustiante tema del desempleo, el mejoramiento de las escuálidas pensiones, el aumento en número y calidad de las viviendas; la cobertura, financiamiento y reforma del sistema de salud, la evaluación permanente de la puesta en marcha de la reforma educacional.

Nuestra historia política está llena de grandes ejemplos de hombres y mujeres que, en su grandeza, optaron por una vida al servicio del país y de su gente, con sentido de justicia, de equidad, asumiendo su rol específico en la construcción de una sociedad cada vez más libre, tolerante y humana, que esté verdaderamente al servicio de las personas.

Sea mi primer mensaje en esta ocasión reivindicar la función de la política y de los políticos, particularmente la de los parlamentarios, los que, buscando en lo más profundo de su vocación, contribuyen al desafío de hacer patria día a día por Chile, encontrando en nuestras legítimas discrepancias la mejor legislación para interpretar mejor a nuestros compatriotas.

Por este motivo, la Mesa que presido pretende integrar a todos los sectores, a fin de actuar con transparencia y ser un espacio para el diálogo. Creo en la integración como instrumento de la tarea legislativa, que permite ser eficientes y oportunos tanto en la generación de las leyes que beneficien al país y a su gente, como en abordar los problemas reales. En esto espero la presencia activa de los diputados de Oposición y de Gobierno.

En este mismo espíritu, quiero señalar solemnemente que, si bien nuestra elección obedece a los acuerdos suscritos por los diputados de la Concertación -coalición política a la que pertenezco, miembros de una diversidad respetuosa que ha logrado dar gobierno durante once años-, una muestra de confianza política en nuestras instituciones será que, en el futuro, las Mesas y las Comisiones de la Cámara estén integradas por todos los sectores con representación parlamentaria.

Del mismo modo, postulamos que una contribución al perfeccionamiento de nuestras instituciones democráticas consiste en apoyar desde el Parlamento las modificaciones necesarias para que estén representados todos los sectores de nuestra sociedad, incluidas las minorías, que, como consecuencia de las limitaciones de nuestro actual sistema, hoy no lo están.

A pesar de la globalización, de las supercarreteras, de la informática, de Internet y del explosivo avance de las comunicaciones, Chile sigue siendo un país por descubrir.

Descubrimos y valoramos como país la actitud de la Mesa de Diálogo -continuadora histórica de la comisión Rettig-, que, venciendo desconfianzas y mutuas recriminaciones, logra encender una luz de esperanza en los familiares de las víctimas de las violaciones de los derechos humanos y también en el alma nacional.

A pesar de lo mucho que se ha logrado, aún falta mucho por hacer y por saber. En este aspecto, el rol que cumple este Congreso, cuyo período finaliza el año 2002, será de enorme importancia para la historia por sus claros y sinceros intentos de cerrar las heridas del pasado.

Vivimos en una sociedad cada vez más compleja, a veces deshumanizante y fría, con los problemas propios del cambio del milenio, del creciente desarrollo de la ciencia, la tecnología y la información. Por ello, en esta fase de culminación de su actual período, nuestra institución parlamentaria debe, como nunca, estar a la altura de las circunstancias, buscando persistentemente atenuar las injustas desigualdades que hoy existen en el seno de nuestra sociedad.

En los próximos meses se presentará un desafío importante para el Poder Legislativo, como consecuencia de las características del período en el que nos toca legislar. Es un año de elecciones, y luego de varios estresantes procesos electorales, nuestro rol será nuevamente sometido a la evaluación de la voluntad soberana del pueblo, principio y fin de nuestra vocación de servicio público.

Debemos redoblar nuestros esfuerzos por reencantar la política y motivar a las nuevas generaciones para que se comprometan a servir el proyecto de país sin temor a someterlo al debate. Chile precisa de un Parlamento audaz, que profundice los consensos y que perfeccione las instituciones políticas, y ése es uno de nuestros principales desafíos.

El país espera de los partidos y de los políticos un proceso electoral digno de nuestras mejores tradiciones democráticas.

La misión del Parlamento es interpretar el alma del debate público nacional, que se nutre de las más plurales vertientes del pensamiento universal y cuyo fin es el bien común de la sociedad y de las personas. Su origen es la soberanía popular, expresada en el sufragio libre, secreto, periódico e informado, y representa la madurez de una sociedad capaz de autogobernarse buscando los necesarios consensos, que son fruto de los debates públicos y privados provenientes de las más diversas formas de pensar en Chile.

Como coalición, por ejemplo, nos une un proyecto común de desarrollo para el país y la sociedad; que cree en la persona humana y en toda su integridad, centro de nuestras preocupaciones. Como consecuencia de estos principios, nuestro deber es estar presentes en la defensa permanente de los derechos humanos, en la obtención de condiciones más dignas y justas para los trabajadores, en el mejoramiento de las condiciones de salud, vivienda y educación, y ser firmes partidarios de una política de desarrollo que beneficie a todos los sectores sin exclusión, y mediante la cual existan mayores niveles de justicia social y la economía sea solidaria. En esto, soy un convencido de que todos nosotros, de todos los sectores, estamos dispuestos a concretar estas aspiraciones.

El ejemplo de tolerancia, madurez y persistencia de quienes tenemos la responsabilidad de aportar a la conducción de importantes sectores de nuestra sociedad, resulta del todo indispensable e insustituible. En esta misma línea de desafío para la política y los políticos está la respuesta a las aspiraciones de las futuras generaciones, asegurándoles el desarrollo pleno y la igualdad de oportunidades.

Antes de concluir estas palabras, agradezco nuevamente a mis colegas el brindar esta inmejorable oportunidad a quien habla y a la Mesa que preside; a mi distrito, a mis queridas amigas y amigos de las comunas de Cerrillos, Estación Central y Maipú, que me acompañan.

Anhelo fortaleza para desempeñar fielmente la responsabilidad conferida por la Cámara de llevar a buen puerto el último año de nuestro mandato popular, iniciado en el siglo XX, y paciencia para persistir sin desmayar en mi cometido en pro del país, su gente y su futuro; para incorporar la modernidad y la eficiencia en nuestra democracia, imperfecta, como toda obra humana, y que sólo tiene por destino servir a Chile y a su pueblo.

Por último, señores diputados, estimadas amigas y amigos, de distintas tendencias y religiones que hoy me acompañan en este acto en virtud del cual se renueva la Mesa de esta Cámara, permítanme una licencia para referirme a algo muy personal, que tal vez comprenderán: ingresé a la política hace algunos años. Me acompañó en forma muy leal mi mujer, quien ya no está aquí, sino en el Más Allá; y durante esos años ella se convirtió en padre y madre, porque ésa es la vida del político, ésa es la vida del parlamentario.

Permítanme -con la venia de ustedes- evocar el recuerdo de un ser amado y expresar un reconocimiento que sólo mis hijos y mis nietos, aquí presentes, sabrán comprender; y ustedes, en lo más íntimo, tendrán que reconocer que viven y palpan el mismo caso.

¡Pido, Señor -igual que el hermano Francisco de Asís-, ser instrumento de tu paz!

Muchas gracias.


 

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