Boletín de Novedades Bibliográficas
Nº 33 | Número 33
Reseña del libro: Trabajos de mierda. Una teoría, de David Graeber
Síntesis del libro
Este libro expone una paradoja: a pesar de ser un sistema presuntamente orientado hacia la eficiencia, bajo el capitalismo proliferan trabajos inservibles, burocráticos y redundantes, que el autor denomina bullshit jobs. La investigación se basa en una corazonada que el propio autor plasmó en la revista Strike! el año 2013. Su artículo dio qué hablar y gatilló una larga discusión en redes sociales. Asimismo, el año 2015 la agencia de sondeos YouGov realizó una encuesta a trabajadores del Reino Unido donde el 37% de los encuestados declaró que su trabajo no aportaba nada significativo al mundo. Con este puntapié inicial, Graeber(1) abrió un foro en Internet donde fue recopilando testimonios de personas que decían tener trabajos de este tipo. La investigación se modela a partir de la clasificación de 250 de estos testimonios.
Pero el afán del libro no es sólo describir un fenómeno más o menos reciente en nuestro sistema económico, sino también generar un cuestionamiento a dicho estado de cosas y proveer una posible explicación sobre sus fundamentos políticos (Graeber es anarquista; desde tal perspectiva suele cuestionar los análisis economicistas, prefiriendo centrarse en las causas políticas de la dominación). Como él mismo dice: «Me gustaría que [este libro] fuese una flecha dirigida al corazón de nuestra civilización» (p. 24).
El libro comienza definiendo a este tipo de trabajo como «un empleo tan carente de sentido, tan innecesario o tan pernicioso que ni siquiera el propio trabajador es capaz de justificar su existencia, a pesar de que, como parte de las condiciones de empleo, dicho trabajador se siente obligado a fingir que no es así» (p. 37). Se basa, por lo tanto, en una apreciación subjetiva del propio trabajador, aunque, si miramos la totalidad de los testimonios expuestos en el libro sí tiene arraigo en algo real: la nula producción de valor social de este tipo de empleo. Bullshit jobs serían, por ejemplo, la realización de labores de recepcionista en oficinas donde ello no se requiere, trabajar en programación para solucionar problemas que se podrían arreglar simplemente con un mejor software, ejercer labores de supervisión dentro de sistemas altamente burocratizados y, en general, las labores que suelen entregarse a las «gerencias intermedias». Graeber propone una interesante clasificación de estos trabajos:
-lacayos: es decir, trabajos que sólo existen para que otra persona se sienta importante, como los mismos recepcionistas que mencionamos arriba (muy parecido a los entourage con los que cuentan algunos artistas. En otras palabras, cortesanos).
-esbirros: trabajos con rasgos agresivos y que sólo existen porque alguien los contrata. El autor hace aquí un símil con los asesinos a sueldo (guardando las proporciones). Los ejemplos típicos de esbirros son quienes trabajan en relaciones públicas, venta telefónica y los abogados corporativos.
-parcheadores: empleados cuyo trabajo sólo existe porque en las empresas se producen defectos de funcionamiento o fallas, y ellos están ahí para resolver problemas que no deberían existir (como el ejemplo del programador que dimos más arriba).
-marca-casillas: empleados que existen básicamente para permitir que una empresa pueda afirmar que está haciendo algo que de hecho no hace. Son los cargos vinculados con la evaluación de la «calidad» de un servicio, con la elaboración de informes que dan cuenta de lo bien que lo hace la empresa, etcétera.
-supervisores: los hay de dos tipos: quienes se limitan a asignar trabajo a los demás y quienes se dedican a crear trabajos nuevos («generadores de mierda» los llama Graeber). En el primer tipo caben las funciones de gerencia intermedia; en el segundo, los puestos «inventados» (Graeber lo ejemplifica con el caso de una vicedecana de una universidad cuya vaga labor consistía en encargarse del «liderazgo estratégico» de la institución).
Cabe mencionar que una persona puede tener un bullshit job que mezcle distintas categorías.
Para muchos esta situación puede parecer ideal: que nos paguen básicamente para no hacer nada. Sin embargo, los testimonios recogidos por Graeber cuentan otra historia: la sensación de inutilidad que suele acompañar a este tipo de empleos genera una enorme frustración en los individuos. No se trata sólo de «un ataque directo al ego de la persona, sino también a los propios cimientos que sostienen su existencia como individuo. Un ser humano incapaz de tener un impacto significativo en el mundo deja de existir» (p. 127). Por lo demás, como Graeber nos recuerda, la pérdida de tiempo que significa muchas veces simplemente estar en una oficina va a contrapelo de la verdadera productividad. Se trata de una verdad universal: «cuando se trabaja por horas, no se puede ser demasiado eficiente. No solo no te recompensan por ello […], sino que además te castigan con trabajo de relleno sin ningún sentido» (p. 138). Sin embargo, la idea de que, cuando trabajamos, no sólo enajenamos nuestro esfuerzo y nuestra labor sino también nuestro tiempo, es una idea relativamente reciente en la historia de la humanidad (Graeber la cifra en los siglos XVII y XVIII y responsabiliza a la moral puritana, la famosa «ética protestante» a la que se refiere Max Weber). A juicio del autor, este sistema también empuja dinámicas sadomasoquistas, que aunque propias de los sistemas jerarquizados, se exacerban justamente en el marco de trabajos inútiles (p. 172). En fin, los problemas con este tipo de empleos se suman y retroalimentan.
Ahora bien, ¿por qué hoy en día proliferan los bullshit jobs? La explicación es demasiado compleja para indicarla aquí, pero podemos adelantar que Graeber apunta a una suerte de «feudalización» del trabajo en la etapa actual del capitalismo. Esto significa que el criterio rector del sistema productivo ya no es la productividad como en el capitalismo «clásico» (es decir, el sistema que imperó a lo largo de todo el siglo XIX y gran parte del siglo XX). Como Graeber nos recuerda, en contraste con el criterio de la producción, bajo el sistema feudal «todo se reduce a conseguir un botín, ya sea robándoselo a algún enemigo o arrebatándoselo a los plebeyos mediante tasas, peajes, impuestos y exacciones, para luego distribuirlo. En el proceso se crea un entorno de seguidores que son a la vez un signo visible de pompa y magnificencia y una forma de distribuir favores políticos» (pp. 236-237). Según el autor, bajo el modelo actual se estaría dando, progresivamente, una lógica parecida: de ahí la proliferación de trabajos como los de los «lacayos» y «esbirros» mencionados más arriba: «El gerencialismo se ha convertido en el pretexto para crear una nueva forma encubierta de feudalismo, en el que la riqueza y la posición no se asignan con criterios económicos sino políticos o, más bien, en el que cada día es más difícil distinguir entre lo “económico” y lo “político”» (p. 241).
En realidad, según Graeber la idea misma de equiparar el trabajo con la producción (lo que el autor denomina «teoría del valor-trabajo») es algo que en la actualidad debería cuestionarse. A su juicio, la proliferación del sector terciario (servicios) en contraste con el sector secundario (manufacturas) y con el sector primario (agricultura, minería y otros) nos revela que la esencia del trabajo se acerca más a lo que las economistas feministas denominan «trabajo de cuidados» que al paradigma de la producción. Siguiendo a esta corriente, «todos los trabajos podrían considerarse trabajos de cuidados, ya que […] incluso si lo que se hace es construir un puente, en última instancia se hace porque se quiere satisfacer el deseo de la gente de cruzar al otro lado del río» (p. 313).
A lo que apunta el autor es a lo que sustenta el valor social del trabajo. Su razón de ser no pareciera ser, simplemente, la obtención de riqueza, sino algo más. Y ese «algo más» se conecta, a su vez, con las aspiraciones de la gente cuando ingresa al mundo laboral, y con el sentido de utilidad social que se busca obtener con un empleo. Por el contrario, la «ética» del trabajo actual apuntaría simplemente a la posibilidad de ganar «dignidad» a través del sufrimiento. En el eje de esta visión de mundo se homologan codicia y masoquismo.
Para Graeber, tanto la asociación del trabajo con la obtención de riqueza como la asociación de la dignidad humana con el sacrificio son dos caras de la misma moneda: «La creencia de que lo que motiva en última instancia a los seres humanos ha sido siempre y será siempre la búsqueda de la riqueza, el poder, las comodidades y los placeres, siempre ha tenido y siempre tendrá la oposición de la doctrina del trabajo como sacrificio, como algo que tiene valor en sí mismo precisamente porque es el lugar en donde reside el sufrimiento, el sadismo, la vacuidad y la desesperación» (p. 322).
Hacia el final del libro el autor extrae algunas conclusiones de todo esto. Así, se refiere in extenso a la actual amenaza que la automatización representa para muchos tipos de trabajo y propone una posible salida (que, por cierto, muchos otros han defendido en los últimos años): la renta básica universal. Claro está que el autor tan sólo esboza esta solución (su libro es, en último término, un ensayo, no una propuesta de política pública), pero ofrece algunos argumentos a su favor y la defiende de algunas críticas usuales. Podemos enunciar, tal vez, la más importante: ¿qué ocurriría si un elevado porcentaje de la población dejara de estar ocupada? ¿No se caería entonces en el caos, en la criminalidad, en la decadencia social? Que esta sea, de hecho, una de las principales objeciones a la medida, le parece al autor una demostración de que la causa de la proliferación actual de trabajos inútiles y redundantes es política más que económica: «Como dijo Orwell, una población que está demasiado ocupada trabajando, aunque sea haciendo cosas totalmente inútiles, no tiene tiempo para hacer mucho más, lo cual es cuando menos un incentivo más para no hacer nada para arreglar tal situación» (p. 372).
Comentario
Vamos a comenzar con lo evidente: bullshit jobs no significa literalmente «trabajos de mierda». El título del libro y el concepto principal aquí desplegado resulta, pues, engañoso para el lector en español. Bullshit en realidad tiene que ver con la estupidez, la mentira, el engaño o el sinsentido de lo que se expresa. Un bullshit job puede ser, por tanto, un trabajo estúpido, inventado, de mentira, inservible, sin razón de ser. Cuando en español decimos «trabajo de mierda» no nos referimos necesariamente a un trabajo inútil, sino a un trabajo mal pagado o que nos genera sufrimiento (de hecho, Graeber diferencia claramente los bullshit jobs de los shit jobs, es decir, trabajos útiles pero sometidos a un mal clima laboral o mal pagados). Con todo, se entiende la dificultad de lograr una traducción que conserve el aire de provocación que hay en la expresión de Graeber: un concepto como «trabajo de mentira» o incluso «trabajo estúpido» –traducción que yo habría preferido– probablemente no llegaría a impactar tanto como el de «trabajo de mierda».
Ahora bien, pasando al núcleo de la tesis, es interesante cómo David Graeber parece comenzar tirando de un hilo muy pequeño: la sensación –compartida por mucha gente, pero no teorizada– de que gran parte de los trabajos hoy en día son inservibles (y que en parte es confirmada luego por ese 37% de encuestados del Reino Unido que considera que sus trabajos son completamente inútiles). Si bien la alienación laboral ha sido bastante discutida, solemos pensarla bajo el paradigma de la producción y la explotación. No se nos ocurre pensar que aquel trabajo al que se va, como suele decirse, simplemente a «calentar el asiento», también constituye una forma –y tal vez más perniciosa– de alienación.
A partir, pues, de una muestra relativamente pequeña –pero bastante representativa– de testimonios, el autor realiza una categorización y luego una descripción de las profundas consecuencias emocionales de desempeñarse en uno de estos trabajos. Aunque el libro tan sólo contuviera esta descripción ya tendría cierta validez teórica, por cuanto expone un fenómeno relativamente reciente que no había sido suficientemente desarrollado. Pero, además, a partir de este pequeño hilo el autor va desmadejando una red mucho más vasta y compleja.
Y es que el trabajo está en el corazón de nuestro sistema económico. Y la proliferación de trabajos inútiles o inservibles plantea justamente una pregunta ineludible. ¿Por qué si el objetivo de todo capitalista es la obtención de beneficios existen tantos «trabajos de mierda» en empresas y corporaciones? ¿Qué gana un capitalista con todo esto? ¿Quién gana realmente (si es que alguien gana algo)?
Para Graeber, la razón detrás de todo esto no es económica, sino política. Bajo los engranajes del mundo del trabajo estarían operando una serie de presuposiciones ideológicas que, si bien hoy estarían perdiendo legitimidad, permiten que la máquina se siga moviendo. Una de estas presuposiciones es la idea del trabajo como un instrumento para la obtención de la riqueza, versus la idea del trabajo como un servicio (o como cuidado según la teoría económica feminista). La otra es la idea de que la dignidad humana que asociamos al trabajo se deriva de su carácter sacrificial y no del placer de ayudar a otros, de sentirnos útiles o simplemente de desplegar nuestra creatividad. Así, el placer y el dolor –el hedonismo y la ética puritana– se hallarían en la actualidad profundamente entrelazados.
Es así como un elemento que al principio del texto puede parecer marginal –los bullshit jobs– le permite a Graeber correr hábilmente el tupido velo que cubre a nuestro sistema económico, para dejar al descubierto la contradicción en la que se basa y los aspectos perniciosos que conlleva en nuestra vida práctica. Al igual que en El amanecer de todo, ya reseñado en este espacio, el objetivo del autor pareciera ser despejar a sus lectores de las brumas de la ideología dominante, y despertar en ellos la imaginación para proponerse un cambio.
1 David Graeber (1961-2020) fue un antropólogo doctorado por la Universidad de Chicago. Se desempeñó como profesor en la Universidad de Yale y en la London School of Economics. Autor de múltiples publicaciones, destaca su libro En deuda: una historia alternativa de la economía (2012) y su libro póstumo El amanecer de todo: una nueva historia de la humanidad, coescrito con el arqueólogo David Wengrow, y que también se encuentra en el catálogo de la BCN y ha sido reseñado en este espacio (puede consultarse también la versión en pdf de la reseña). Además de su trabajo como académico, tuvo una larga trayectoria de activista político con la IWW (Industrial Workers of the World) y participó en el movimiento Occupy Wall Street.