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Antecedentes
  • Cámara de Diputados
  • Sesión Especial N° 56
  • Celebrada el
  • Legislatura Ordinaria número 354
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Intervención
CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ. Proyecto de acuerdo.

Autores

El señor LEAL (Presidente).-

Tiene la palabra el diputado señor Iván Paredes .

El señor PAREDES.-

Señor Presidente, “el ruiseñor se niega a anidar en la jaula para que la esclavitud no sea el destino de su cría”. Esta frase hermosa, rotunda y libertaria de Khalil Gibrán , ese gran escritor, poeta y filósofo, determina de una u otra manera el sentir de su pueblo, del pueblo libanés.

Pero, ¿qué puede hacer el ruiseñor frente a las aves metálicas que dejan caer sus excrementos misílicos que mutilan cualquier posibilidad de trascender? ¿Qué puede hacer el ruiseñor cuando su canto es reemplazado por el llanto, por el grito de dolor de todo un pueblo que, sin justificación valedera y racional, es atacado, mancillado y avasallado por el poder del odio y del egoísmo más acendrado? ¿Qué puede hacer el ruiseñor sino resistirse a la jaula, sino negarse a la opresión, sino demandar de los otros, de nosotros, que decimos defender la libertad, acciones más claras y más rotundas que la simple retórica de lo políticamente correcto? Porque, nada más y nada menos, está en juego la cría del ruiseñor.

Hoy en el Líbano, al igual que en Palestina, está en juego la vida de miles de niños y de niñas que no saben de guerras, de luchas por el poder, de los precios del petróleo, de las locuras de gobernantes, de imperios antiguos o modernos ni de ansias de apropiarse del mundo.

Su mundo infantil ha sido aprender y aprehender de sus padres, de sus vecinos y de los abuelos, compartir, ayudarse a construir sus viviendas, nunca jaulas, con sus manos, con sus pies y con su sabiduría, y reponer los techos en el cambio de estación. Como su danza tradicional, como el “dabke”, que retrotrae la reciprocidad y el agradecimiento.

Hoy, el pueblo libanés, como el pueblo palestino, están viviendo un invierno atroz; pero no causado por condiciones naturales, a menos que el odio, el avasallamiento y la indignidad sean parte de la naturaleza. No, señor Presidente, el odio, el avasallamiento y la indignidad corresponden a un grupo de negadores de la humanidad, quienes, siguiendo las palabras del mismo Khalil Gibrán , habría que tenerles piedad porque son una “nación que lleva vestidos que no teje ella misma, que come un pan cuyo trigo no cosecha y que bebe un vino que no mana de sus propios lagares...” “...una nación que aclama a un fanfarrón como a un héroe, y que considera bondadoso al oropelesco y despiadado conquistador...” “...una nación cuyo estadista es un zorro, cuyo filósofo es un prestidigitador y cuyo arte es un arte de remiendos y gesticulaciones imitadoras”.

“En el corazón de todos los inviernos” decía Gibrán “vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche viene una aurora sonriente”. Y la primavera es hermosa en todas partes; pero, como escuché asegurar, es más hermosa en el Líbano, porque se enreda en los olores de los cedros sagrados, entreteje conversaciones de reyes y profetas, cantadas y acompañadas con laúdes, citaras y gnawás.

Pero así como el invierno feroz que hoy también azota al Líbano no corresponde a efectos naturales, la llegada de su primavera no será posible sin la acción concreta de todos los hombres y las mujeres que creemos profundamente en la libertad, en la justicia y en la autodeterminación de los pueblos.

Porque la insensatez no merece una simple palabra de condena, porque el crimen y la impunidad no se castigan con declaraciones de buena crianza, porque nada justifica el asesinato de un pueblo inocente, de sus niños y de sus discapacitados, es hora de la acción, es hora de la decisión, es el momento de no aceptar nunca más “los efectos colaterales”, eufemismo vergonzoso para tratar de ocultar la razón de la sin razón, de una guerra inventada por el odio, por las ansias de poder, por la locura del dinero, por la xenofobia de un puñado de hombres que gobiernan un pueblo que no hace muchos años sufrió iguales consecuencias y que hoy se transforman en verdugos sangrientos.

(Aplausos)

Es hora de extender una mano para estrechar las otras y cambiar la techumbre. Es hora de juntar un pie con los otros pies para ablandar el barro. Es hora de enlazar una ronda, de iniciar un “dabke” comunitario, solidario, justiciero, sólido como cedro, libre como ruiseñor, para impedir que sigan muriendo hermanos, hermanas, padres, madres, hijos, hijas; para impedir que a hombres y mujeres les sigan mutilando las posibilidades de subsistir y trascender. Para evitar que el ruiseñor se siga negando a anidar en la jaula, para que la esclavitud no sea el destino de su cría.

Para terminar, quiero expresar el deseo de los socialistas de Chile: ¡Paz para el Líbano y una patria soberana para el pueblo palestino!

He dicho.

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