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Intervención Petición de oficio
CONMEMORACIÓN DE 10 AÑOS DE INICIO DEL GENOCIDIO EN RUANDA. OFICIO

Autores

El señor NARANJO.-

Señor Presidente , quiero referirme a un hecho de la mayor trascendencia internacional. En estos días se cumplieron 10 años desde el inicio del genocidio en Ruanda. Me parece importante que el Senado tenga un pronunciamiento sobre la materia.

Partiré señalando algunas cosas previas que son relevantes para comprender bien lo que se entiende por genocidio en el concierto mundial.

La aparición de la figura moderna de los crímenes contra la humanidad puede situarse en la Conferencia de Paz de Versalles, en la que los representantes de las distintas naciones vencedoras se refirieron a la violación de "los sagrados derechos de la humanidad", dentro de los cuales se encontraba el genocidio.

Sin embargo, el término "genocidio" se utiliza formalmente por primera vez en el Tribunal Internacional de Nüremberg, en el acta de acusación, de 8 de octubre de 1945, contra los principales jerarcas nazis, donde se señalaba que "los acusados se habían entregado al genocidio deliberado y sistemático, es decir, al exterminio de grupos raciales y nacionales de la población civil de ciertos territorios ocupados con el fin de destruir determinadas razas o clases de la población y grupos nacionales, raciales o religiosos".

Será tal el impacto internacional de las políticas de exterminio implementadas durante la Segunda Guerra Mundial, que el 11 de diciembre de 1946 la Asamblea General de la Naciones Unidas aprobará, por unanimidad, la Resolución 96, que constituye una condena explícita al crimen de genocidio. En ella se señala que "el genocidio es una negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros, de la misma manera que el homicidio es la negación a un individuo humano del derecho a vivir; tal negación del derecho a la existencia conmueve a la conciencia humana, causa una gran pérdida a la humanidad en el aspecto cultural y otras contribuciones representadas por estos grupos humanos y es contraria a la ley moral y al espíritu y objetivos de las Naciones Unidas".

Además, mediante la Resolución 260, de 9 de diciembre de 1948, la Asamblea General aprobará el texto de la Convención para la Prevención y Sanción del Crimen de Genocidio, anexo a la Resolución 60. En ésta se expresa que los países firmantes confirman que el genocidio, ya sea cometido en tiempos de paz o de guerra, es un delito de derecho internacional que ellos se comprometen a prevenir y sancionar.

Lamentablemente, hoy debemos manifestar que, a pesar de esos instrumentos y de la voluntad de la comunidad internacional de poner fin a este tipo de situaciones, el genocidio ha seguido estando presente, como una mancha negra, en la historia de la Humanidad. A modo de ejemplo, sólo basta recordar las tragedias de los pueblos kurdo, camboyano, bosnio y ruandés.

Señor Presidente , el 7 de abril en curso los sobrevivientes del genocidio del pueblo ruandés conmemoraron los 10 años de esta tragedia a través de la inauguración de un Memorial en la ciudad de Gizoni, que está compuesto por una exposición permanente llamada "Un jardín para la reflexión", sobre la historia de Ruanda y el genocidio, y por varias hileras de tumbas colectivas, en las cuales se prevé que reposen los restos de cerca de 250 mil personas que perdieron la vida sólo en la capital, Kigali.

En mi calidad de Presidente de la Comisión de Derechos Humanos , Nacionalidad y Ciudadanía, intervengo ante el Honorable Senado como una forma de adherir a esta conmemoración y al Día Internacional del Genocidio de Ruanda establecido por las Naciones Unidas, con el fin de expresar que, si realmente queremos evitar que vuelvan a ocurrir situaciones de este tipo, no podemos olvidar lo que sucedió en dicho país de África.

Ruanda es un país pequeño, de elevada densidad demográfica, que siempre ha estado dividido entre la etnia hutu, que conforma el 85 por ciento de la población, y la minoría tutsi. El papel de los países occidentales en el conflicto ruandés ha sido y es muy marcado. Bélgica, a partir de 1919, como potencia colonial, desde el inicio de su dominio optó por privilegiar a la minoría tutsi y convertirla en la élite dominante, llegando incluso a establecer documentos de identificación separados. Por su lado, la mayoría de la Iglesia Católica alentó la noción de superioridad de los tutsi respecto de los hutus y los colocó en puestos claves de la administración colonial.

Por tal motivo, desde que Ruanda se independizó de Bélgica, la constante fueron los permanentes enfrentamientos entre ambas comunidades, especialmente debido a la decisión de las élites, tanto hutus como tutsis, de no compartir el poder político ni las prebendas que de él se derivan. Es así como el primer estallido de violencia interétnica se dará entre los años 1959 y 1963, y luego, entre 1973 y 1990, sin que ello signifique que los períodos intermedios hayan sido pacíficos.

Sin embargo, hace 10 años estalló la violencia étnica con toda su fuerza y tuvo lugar en Ruanda el mayor genocidio desde la Segunda Guerra Mundial.

Diezmar a una población significa matar a una de cada 10 personas de la misma. Durante los meses de abril, mayo, junio y julio de 1994, un programa de exterminio diezmó a la República de Ruanda. Aunque las matanzas no se ejecutaron con alta tecnología -en la gran mayoría se utilizó el machete-, fueron asesinadas 800 mil personas, principalmente tutsis, del total de una población original de 7 millones 500 mil habitantes, en menos de 100 días. Según diversos historiadores, han sido las matanzas masivas más eficaces desde los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Cabe precisar que todo comenzó el 6 de abril de 1994, tras el derribamiento de un avión en el que viajaba el entonces Presidente de Ruanda , Juvenal Habyarimana , de la tribu hutu. Sus seguidores culparon a los tutsi, desencadenándose el genocidio, durante el cual fueron asesinados principalmente tutsis, pero también hutus moderados, que eran simples opositores al poder político. Se estima que en sólo 100 días fueron eliminados el 11 por ciento de la población existente y cuatro quintas partes de los tutsis que vivían en Ruanda.

Señor Presidente , hay un hecho que oscurece aún más esa matanza: el papel pasivo e indiferente que le cupo a las Naciones Unidas, la cual por más de tres meses, mientras miles de ruandeses, especialmente de la etnia tutsi (hombres, mujeres y niños), eran día a día asesinados, estuvo ¡sin hacer nada! y -por qué no decirlo también- en una actitud ¡"racista"! Esto, porque uno no puede dejar de preguntarse qué habría pasado si tales hechos hubieran ocurrido en Europa Central. ¿La ONU se habría demorado tanto en tomar una decisión si se hubiere tratado solamente de ciudadanos de raza blanca?

Según el grupo Human Right Watch , "los Estados Unidos, Bélgica, Francia y el Consejo de Seguridad de la ONU tuvieron conocimiento del genocidio ruandés antes de que sucediera y pudieron haberlo evitado, pero los norteamericanos estaban interesados en ahorrar dinero; los belgas, en salvar la cara, y los franceses, en no perjudicar a su aliado, el gobierno genocida.".

Diversos hechos y situaciones avalan estas afirmaciones.

En primer lugar, cuando el Jefe de las Fuerzas de Paz de la ONU, Teniente General Romelio Dalliere, pidió refuerzos, ante los indicios de que el gobierno ruandés de los hutus radicales preparaba un genocidio, los miembros de esa organización no lo escucharon. Incluso, luego del asesinato de diez soldados belgas cascos azules, el 14 de abril de 1994, la ONU retiró gran parte de sus fuerzas, lo que transformó el país en el mejor escenario para los genocidas.

Tal como lo señaló el propio Dalliere en sus memorias: "Yo le di la mano al Diablo"; nadie estaba interesado en salvar a los ruandeses". Incluso, llega mucho más allá para expresar todo su sentimiento de horror y la convicción de la falta de voluntad de las Naciones Unidas, al afirmar: "Si una organización decidiera eliminar los 320 gorilas de las montañas, la reacción de la comunidad internacional habría sido mucho mayor".

Si bien es cierto que en 1994 la ONU disponía, por lo menos en el papel, de una fuerza militar de aproximadamente 50 mil soldados como tropas de reserva, éstas en la práctica eran incapaces de actuar, ya que sólo podían entrar en acción si los países involucrados otorgaban su permiso. Y, en el caso de Ruanda, no entregaron su consentimiento, ya que estimaban que la situación era extraordinariamente peligrosa.

En segundo término, las Naciones Unidas, y muy especialmente su Consejo de Seguridad -en el cual, como cruel paradoja, el Gobierno de Ruanda, controlado por los hutus radicales, contaba con un asiento temporal-, se enfrascó en una eterna discusión semántica acerca de si se estaba o no en presencia de un genocidio.

En efecto, en mayo, ya cuando miles de ruandeses habían sido asesinados, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos seguía prefiriendo la expresión "posible genocidio", mientras que la formulación oficial de los Estados Unidos, a través de la Casa Blanca, era que "podían haberse producido actos de genocidio". Fue una discusión no menor, pues, al aceptar que se estaba en presencia de un genocidio, se obligaba a los países a actuar de inmediato, según las convenciones suscritas, debiendo mandar una fuerza de intervención.

En tercer lugar, cuando ocho naciones africanas, cansadas de ese "palabrerío" inútil, se mostraron decididas a enviar una fuerza de intervención a condición de que Estados Unidos aportara con 50 vehículos blindados, éste decidió arrendárselos a las Naciones Unidas al costo de 15 millones de dólares, incluidos transporte y piezas de recambio. Se inició así un largo regateo por el valor de la mercancía ofrecida, logrando finalmente la ONU una rebaja de 5 millones de dólares de parte de la Administración Clinton. Es decir, por cada cinco dólares que ella ahorró, un ruandés fue asesinado.

En cuarto término, cuando en definitiva se reaccionó y se inició la denominada "Operación Turquesa", las tropas francesas, que estaban a cargo de ella, desempeñaron a lo menos un papel dudoso, porque anteriormente Francia había apoyado, entrenado y pertrechado al Gobierno genocida del Presidente Habyarimana. Como expresó hace algunos días el actual Mandatario de Ruanda, Paul Kagame , dicho país diseñó una estrategia que sirvió para proteger a los asesinos y no a la población. Esto permitió que en los campos de refugiados convivieran víctimas y asesinos, lo cual, por cierto, mantuvo el genocidio.

Señor Presidente , la magnitud de ese exterminio, su crueldad y brutalidad, pero también la falta de una respuesta de la comunidad internacional, han hecho que Ruanda se convierta en símbolo de una situación irrepetible; de una vergüenza que afecta a toda la Humanidad y de la que hay que sacar las enseñanzas adecuadas para prevenir tragedias similares.

En este sentido, resultan altamente favorables las expresiones del Secretario General de las Naciones Unidas , Kofi Annan -quien estaba a cargo de las operaciones de paz de la ONU en 1994-, cuando por primera reconoce su fracaso y el de ese organismo al señalar lo siguiente: "El genocidio de Ruanda no debería jamás haber ocurrido. Ni la Secretaría General de las Naciones Unidas, ni el Consejo de Seguridad, ni los Estados Miembros, ni la prensa internacional, prestaron suficiente atención a la evidente acumulación de síntomas del desastre. Ochocientos mil hombres, mujeres y niños fueron abandonados a la más brutal de las muertes. La comunidad internacional fracasó en Ruanda y eso debe dejarnos con un sentimiento de amargo rechazo y pena.".

Probablemente nunca se sabrá con exactitud cuántas víctimas provocó el genocidio de 1994. Los cálculos indican de 800 mil a un millón de muertos. A éstos hay que agregar cientos de miles de mutilados, de mujeres violadas, cerca de 100 mil niños huérfanos y más de 2 millones de refugiados.

Hoy Ruanda no puede ser olvidada por el mundo. La comunidad internacional debe ir en su ayuda y, sobre todo, demostrar que este tipo de crímenes no pueden quedar impunes.

En ese sentido, es necesario valorar el Tribunal Penal de las Naciones Unidas constituido en Tanzania, que ha emitido veredictos pioneros, como ser el primero en hallar a un ex jefe del Gobierno responsable del genocidio y, también, en dictaminar que la violación fue utilizada como un acto de genocidio. Lamentablemente, muchos criminales responsables de ese exterminio siguen siendo protegidos en algunos países, principalmente de Europa.

Cerca de un millón de ruandeses asesinados exigen a la comunidad internacional asegurar el Nunca Más. Esta tragedia aún puede volver a repetirse si las Naciones Unidas¿

El señor LARRAÍN ( Presidente ).-

Disculpe que lo interrumpa, señor Senador , pero ha terminado su tiempo.

El señor NARANJO.-

Estoy por concluir mi intervención, señor Presidente.

El señor LARRAÍN .-

El Comité Unión Demócrata Independiente le concede los minutos que le faltan.

Puede continuar, Su Señoría .

El señor NARANJO.-

Muchas gracias, señor Presidente .

Como decía, se puede volver a repetir la tragedia si las Naciones Unidas no son capaces de asumir su liderazgo con decisión y rapidez. Y en ello, considero que Chile tiene un rol que cumplir promoviendo activamente el respeto a los derechos humanos, sin excepciones de ninguna naturaleza. Hay que acusar a los gobiernos que los violan. Ni razones políticas, ideológicas, económicas o de seguridad nacional o internacional pueden servir de excusas. Desafortunadamente, hoy día la comunidad internacional sigue actuando igual como lo hizo en la época de la Guerra Fría: con doble estándar -a unos, "sí"; a otros, "no"-, en circunstancias de que debería tener una visión universal, porque de lo contrario los instrumentos y mecanismos internacionales se desvalorizan, se deslegitiman y pierden eficacia.

Si no logramos que los derechos humanos de todos valgan por igual, nunca podremos construir un mundo solidario, que se sensibilice frente a la tragedias de los países, aunque parezcan lejanos a nuestra realidad, por cuanto el sufrimiento padecido es uno solo y no tiene nacionalidad ni lengua propias.

Señor Presidente, solicito que esta intervención sea enviada, mediante oficio, a la señora Ministra de Relaciones Exteriores.

He dicho.

--Se anuncia el envío del oficio solicitado, en nombre del señor Senador, conforme al Reglamento.

--Ofrecida la palabra, sucesivamente, en los tiempos de los Comités Institucionales 1, Institucionales 2 e Independiente, Mixto (Partido Por la Democracia), Demócrata Cristiano, Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional, ningún señor Senador interviene.

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