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Intervención
NUEVA LEY DE MATRIMONIO CIVIL. Tercer trámite constitucional. (Continuación).

Autores

El señor KAST.-

Señor Presidente, estamos llegando a un punto culminante en la discusión del proyecto que sustituye la ley de matrimonio civil.

Tengo la convicción de que todos quienes han participado en la elaboración de esta iniciativa han obrado de buena fe, buscando desde distintos puntos de vista lo mejor para Chile, muchas veces a partir de experiencias personales dolorosas que encierran uno de los más complejos sentimientos del hombre: el amor. Lamentablemente, como se señala en el libro “El Principito”, lo esencial es invisible a los ojos. Hoy podemos decir que este proyecto de ley es uno de aquellos en que lo esencial es invisible a los ojos de los hombres. Es invisible para muchos parlamentarios que no son capaces de advertir en él el hecho de que fraguará el futuro de miles de familias de nuestro querido país.

El tema del matrimonio y la familia es tan importante que debemos dejar de lado todos nuestros prejuicios anteriores para deliberar de manera madura, serena y constructiva, sin descalificaciones -como hemos sido objeto algunos diputados en esta Sala-, pensando, sobre todo, que estamos legislando en esta materia pensando no tanto en nuestra generación, sino en la de nuestros hijos.

En ese sentido, estimo que lo primero que debemos considerar es que no se puede perder la fe en la ley. Muchos colegas piensan, erradamente a mi juicio, que la ley no ayuda a señalar a la sociedad las virtudes humanas ni a distinguir lo bueno de lo malo. Pero en Chile se da una situación distinta, ya que a sus ciudadanos sí les importan las leyes, a diferencia de los de otros países que consideran en menor medida lo que dicta la ley. Este capital humano, que tenemos como país, debemos considerarlo a la hora de legislar para alcanzar el bien común, que en caso alguno se obtiene por medio de este proyecto. Éste, sin lugar a dudas, al igual que en muchos países modernos y democráticos -como se ha dicho aquí- donde es una realidad desde hace años, sólo nos traerá más fracasos matrimoniales, más pobreza para las mujeres jefas de hogar y muchos más niños con problemas de toda índole.

Nosotros no estamos llamados a dictar leyes que se limiten a regular una realidad -como hemos escuchado aquí- y menos a ser reflejo de determinadas encuestas, que muchas veces sólo revelan lo que los mismos encuestadores quieren que se diga.

Un gran amigo, que ya no está entre nosotros, Jaime Guzmán , nos decía que hay dos maneras de abordar la acción política. Una, la predilecta para muchos, busca halagar al electorado identificándose con las consignas dominantes y cediendo demagógicamente a sus pasiones y caprichos. Otra, mucho más difícil, que es intentar guiar a las personas, librando, con valentía moral y de cara a ellas, un combate rectificador frente a consignas falsas, vacías o torcidas, como sin duda son aquellas que afirman que un proyecto de ley como éste va en defensa de la familia.

Nosotros, como bien decía Jaime , estamos llamados a dictar leyes que iluminen como un faro el camino; que, junto con regular las conductas sociales, permitan orientarlas a la luz de las exigencias y necesidades del bien común que, sin lugar a dudas, en un proyecto de ley como éste, debiera señalar claramente el rumbo hacia un matrimonio para toda la vida, hacia el valor de la libertad, hacia el valor del compromiso verdadero y, por qué no decirlo, en ocasiones hacia el valor del sacrificio y la renuncia. En resumen, debiera señalar el camino hacia el amor verdadero que, sin lugar a dudas, se logra en un matrimonio indisoluble.

Qué duda cabe de que los seres humanos somos muy débiles y tenemos el corazón lleno de pasiones desordenadas que nuestra razón no siempre logra controlar. Es ahí donde está la raíz de muchos de los problemas que hoy afectan al matrimonio. Por eso, se necesitan compromisos duraderos, estables y permanentes, mediante los cuales un hombre y una mujer se unan para toda la vida.

Desde siempre el ser humano ha tendido a ser feliz y a mirar siempre hacia lo más alto. Muchas veces escuchamos que hoy los jóvenes no quieren participar en lo público, porque sienten que nadie se juega por sus principios. Es aquí y ahora donde debemos mostrar que los grandes ideales, por los cuales muchos de nosotros decidimos dedicar nuestra vida al servicio público, no han quedado en el baúl de los recuerdos.

Hoy, el mundo, en lugar de la felicidad plena a que podría aspirar, está sumido en una gran depresión. Vemos a la vieja Europa sumergida en la oscuridad. Muchos jóvenes han perdido las ganas de vivir. Ya casi no se casan. No están dispuestos a tener hijos por temor a no poder tener una familia como sueñan. Y lo que ha pasado en Europa no es casualidad: es consecuencia de leyes que han ido destruyendo el corazón de la humanidad, que es la familia y el matrimonio.

Seguramente, todos quienes estamos hoy en este hemiciclo hemos experimentado la maravilla del amor humano entre un hombre y una mujer y quisiéramos que esa experiencia hubiese quedado congelada en un cubo de hielo para no perderla jamás. Muchos dirán que esto es imposible, pero la buena noticia es que sí se puede, ya que la libertad humana, bien llevada y comprometida, nos permite construir empresas de alegría y amor humano para toda la vida, como son el matrimonio y la familia.

El azar no existe; sólo existe un plan en la humanidad que está escrito desde siempre y que debemos descubrir. La mala noticia es que en las facultades de la libertad humana podemos elegir un camino distinto del de ese plan. Por eso, necesitamos seguros. En este caso, deben tomar la forma de compromisos permanentes que permitan a las futuras generaciones tener una familia que los acoja, que les dé cariño, que los forme y prepare para la vida.

Nuevamente la libertad humana nos podrá jugar en contra. Eso no lo podemos evitar ni con la mejor de las leyes de matrimonio del mundo. Pero, lo que sí podemos hacer, y a eso estamos llamados, es a construir un matrimonio que le permita al mayor número de parejas llegar a la meta y al ideal de un compromiso para toda la vida.

Por último, quiero dejar asentado el hecho de que, a partir de esta eventual ley, comenzaremos a vivir en Chile una lucha permanente en el campo de los valores morales y será necesario, ahora más que nunca, que aquellos que se dicen cristianos se atrevan a defender sus principios e ideales. Si no, como decía Jaime Guzmán , iremos entregando cobardemente terreno a quienes piensan la vida y el mundo al margen de Dios. Y, como dice el Papa Juan Pablo II , cuando el hombre construye un mundo sin Dios, termina construyendo un mundo contra el hombre.

Por todo lo señalado, llamo a todos aquellos que votarán, al igual que yo, en contra de esta iniciativa a que no pierdan las esperanzas, a que no renuncien a sus convicciones, porque ya vendrán tiempos mejores para las familias de nuestra Patria.

La familia jamás le ha hecho daño a ninguna sociedad en el mundo; no podemos decir lo mismo del divorcio.

He dicho.

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