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Homenaje
HOMENAJE A LOS TENISTAS NICOLÁS MASSÚ Y FERNANDO GONZÁLEZ POR OBTENCIÓN DE MEDALLAS DE ORO EN JUEGOS OLÍMPICOS, ATENAS 2004.

Autores

El señor GONZÁLEZ (de pie).-

Señor Presidente, honorable Cámara, muy estimados homenajeados, Nicolás Massú y Fernando González ; distinguidas familias de nuestros tenistas, entrenadores y amigos que los acompañan:

Son pocas las oportunidades en que esta Corporación, siguiendo una vieja tradición republicana, rinde público y solemne homenaje a personas que, con su trabajo y dedicación, se transforman en un ejemplo.

Cuando pedimos a los Comités parlamentarios la realización de esta ceremonia, lo hicimos movidos por la convicción de que nuestros homenajeados, Nicolás Massú y Fernando González , se habían hecho acreedores a los más altos honores que la república puede entregar a sus ciudadanos.

Con su triunfo, ellos se han transformado en la más importante competencia deportiva del planeta, en un ejemplo no sólo para los jóvenes de Chile, sino para toda la comunidad nacional.

En el momento en que a Fernando y a Nicolás les fueron colocadas sus coronas de olivos y recibieron la dorada presea, no sólo se estaba premiando al vencedor de una justa deportiva que duró unos días, sino una vida entera dedicada a la práctica del tenis que, como todo deporte, es en sí mismo, una actividad de disciplinamiento personal en la que la voluntad y el espíritu son capaces de doblegar al cuerpo.

Estos dos jóvenes chilenos, que nos llenan de orgullo, han debido vivir, probablemente a lo largo de los últimos 15 años, momentos de alegría, de dolor y de esfuerzos muy intensos, así como inmensas satisfacciones.

Entrenar largas horas, dejando de lado, probablemente, las entretenciones comunes de la primera infancia; comenzar en plena adolescencia un periplo por naciones desconocidas, viviendo en hoteles, comiendo lejos de la familia, estancados en interminables combinaciones áreas y añorando llegar de vuelta a la patria para reencontrarse con los suyos y estrecharlos en un abrazo que, ojalá, pudiera perpetuarse por mucho tiempo, sabiendo que una nueva partida está próxima. Muchas veces también la frustración y el dolor de la derrota; tal vez, solos y lejos de los seres queridos, pero también la alegría de los triunfos y el ascenso a los más elevados niveles internacionales. ¡Cómo me podría haber imaginado que hace algunos años los premios entregados a Nicolás, en Viña del Mar, iban a quedar eclipsados por estas dos grandes medallas de oro que ganó en Atenas!

Quiero saludar a Nicolás, en nombre de los diputados de mi distrito, Gonzalo Ibáñez y de quien habla. Y también a Fernando, de María Angélica Cristi y Enrique Accorsi .

(Aplausos).

Y, por cierto, de todas las diputadas y diputados de este hemiciclo.

(Aplausos).

En Atenas, hace tres semanas, se premiaban precisamente estos sacrificios. Esta voluntad disciplinada capaz de dominar el cuerpo y dirigir esfuerzos al logro de metas superiores y a la construcción de un proyecto de vida.

Fernando y Nicolás reencarnaron el espíritu olímpico ancestral de la competencia noble, sin ánimo lucrativo, con el único objetivo de mostrar cualidades superiores adquiridas en la escuela del rigor y de conseguir el triunfo, simbolizado en una medalla o en una simple corona de laureles. Allí emergió la fuerza y la nobleza de nunca darse por vencidos, de luchar generosamente hasta el final por nuestro país y llevarlo hasta lo más alto de las cumbres deportivas. ¡En aquel instante, 15 millones de chilenos nos subimos al podio y miramos con orgullo al mundo!

Cuando Nicolás y Fernando aterrizaron en Santiago, comenzaron a dimensionar lo que su triunfo ha significado para millones de chilenos, para mujeres y hombres humildes, muchos de ellos; para jóvenes y niños que tratan de emular sus sendas y, para otros, que se mantienen en los límites de la marginalidad y el desencanto. Probablemente, ustedes, han sentido el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. El peso de la responsabilidad de transformarse, tal vez, sin haberlo querido, en ejemplo de vida para cientos de miles de chilenos.

Cualquier palabra que digan, cualquier gesto, cualquier acto va a ser auscultado al detalle. En ese sentido, los deportistas de este nivel, al igual que los políticos, renunciamos a una parte sustantiva de nuestra intimidad y de nuestra privacidad. Es el costo de transformarse en seres públicos y de exigente escrutinio para otros. Sin embargo, aunque les pedimos que acepten esta responsabilidad, también les regalamos nuestro respeto y cariño, el que durará por décadas, además de la categoría de héroes nacionales, que será la coraza que les protegerá en la adversidad, y que cada uno de sus rivales deberá enfrentar en cada competencia.

El deporte surge como la mejor expresión del profundo sentido lúdico de la vida humana y como una expresión simbólica pacífica y no violenta del conflicto humano. Con el correr de los siglos, se ha ido transformando en un complejo técnico económico y político simbólico de alto interés para las naciones.

La modernidad, probablemente, ha hecho con el deporte algo que ya en su hora hizo con el trabajo humano: lo ha ido transformando en mercancía, privándolo de la intensidad del disfrute, de los sentidos, de la vitalidad, de la entrega y, en algunos casos, de la decencia de los valores. Por ello, la hazaña de Nicolás y de Fernando también tiene el mérito de devolver, no sólo al deporte nacional, sino también al internacional, los valores y el espíritu del deporte amateur: el amor por la solidaridad y la cooperación, el amor por la camiseta, el compañerismo y la entrega generosa por un ideal que sabían que llenaría de alegría a todos sus compatriotas.

El espíritu olímpico, aquel del barón Pierre de Coubertin, quien fundó los juegos olímpicos modernos, es un esfuerzo de recuperación del espíritu helénico que con tanto entusiasmo expresaran nuestros homenajeados en Grecia; es la superación del cuerpo por la voluntad, es la supremacía del alma sobre los límites del cuerpo humano. Es hermoso y simbólico que este triunfo haya sido obtenido en Grecia, la cuna de los juegos olímpicos, y es hermoso que haya sido en los albores de septiembre, cuando celebramos y expresamos más intensamente nuestro amor por la patria.

¿Qué eran para Fernando unas llagas en los pies, si una derrota en esas tierras se hubiese convertido en una llaga en el corazón, no sólo para él, sino para todos los chilenos? ¿Qué importaba para Nicolás que sus piernas pidieran clemencia, si todo un país lo estaba mirando? ¿Qué importaba la fatiga mental, si sentían que sus seres queridos les susurraban al oído que ésta era una oportunidad inigualable?

Nicolás y Fernando fueron expresión de ese espíritu. Con la modestia y humildad de los grandes, volvieron a su patria a recibir el cariño de su pueblo. Nicolás dijo en una conferencia de prensa: “sólo espero que mañana se olviden de esto, y podamos seguir, porque tenemos un nuevo desafío por delante, que es la Copa Davis”, el más importante campeonato tenístico, en el cual estamos seguros de que esta dupla de jóvenes una vez más sabrá dejar todo en la cancha y sabrá no sólo demostrar su perfeccionada técnica deportiva, sino también, por sobre todo, sus ganas de seguir superándose y de poner el nombre de su país encumbrado en el tablero reservado sólo para los grandes.

Nos irá bien en Viña del Mar, nuestra ciudad, querido Nicolás . Con Fernando, de nuevo, ustedes volverán a lograr algo que a la política y al país le hace mucha falta y que consiguieron gracias a sus magistrales golpes ganadores: unir a Chile por encima de sus diferencias, concordar los espíritus y hacernos sentir orgullosos de ser chilenos y capaces de alcanzar metas comunes y superiores.

No quiero terminar estas palabras sin antes manifestar un reconocimiento muy sentido a sus familias, a sus madres y a sus padres, quienes han sido una pieza fundamental de lo que ustedes son hoy en día. Son ellos quienes los acompañaron, probablemente de la mano, en sus primeras pequeñas grandes gestas deportivas. Han sido ellos quienes los han provisto de los medios materiales y, sobre todo, del apoyo moral para seguir adelante. Sus padres, sus primeros y más importantes hinchas, también merecen el reconocimiento y el homenaje de la Cámara de Diputados. ¡Gracias por las grandes personas que supieron formar!

(Aplausos).

Los nombres de Nicolás Massú y de Fernando González han quedado grabados para siempre en la historia del deporte chileno. Su sencillez, su humildad y el realismo y madurez con que han asumido su triunfo, son valores que deben ser resaltados y reconocidos. Son pocos los que a tan temprana edad demuestran esas dotes de madurez y de prudencia. Confiaremos en que esos valores, tan humanos y tan caros para una sociedad, también sean resaltados por los medios de comunicación y percibidos por nuestra juventud como verdaderos símbolos y ejemplos a seguir.

A aquella juventud que se despierta en la mañanas sin las ganas necesarias para luchar, que ve la vida cuesta arriba y que encuentra que las luces del court no iluminan lo suficiente, podemos decirle ahora, con vuestro ejemplo, que la vida se juega punto a punto, todos los días, con perseverancia, sin dar tregua; con tesón, con alegría, con fervor y sin dar ningún punto por perdido, porque ése puede ser el ganador. Con ustedes, miles de chilenos han sentido que con pasión, disciplina, inteligencia y espíritu de superación, todos podemos conseguir nuestras propias medallas: las de la identidad propia, de la realización personal y la dignidad; del trabajo bien hecho, de la excelencia en lo propio y de compartir nuestros progresos con los demás.

Fernando , Nicolás , nuestro cariño y nuestro agradecimiento por siempre. La historia desde ahora hablará de esta gesta olímpica en la mítica Grecia , que se inclinó ante dos jóvenes de un remoto rincón del mundo que se llama

Chile y que demostraron que querer es poder cuando se tiene un corazón grande, cuando se tiene voluntad, perseverancia, metas nobles y compromisos profundos que nos brotan del alma.

He dicho.

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