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  • Legislatura Extraordinaria número 341
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Homenaje
HOMENAJE EN MEMORIA DE GENERAL DE EJÉRCITO DON CARLOS PRATS GONZÁLEZ

Autores

El señor CANESSA.-

Señor Presidente , señores Senadores, distinguida familia del General don Carlos Prats González, señoras y señores, en nombre del Comité Institucionales 1, adhiero al homenaje que esta tarde rinde el Senado en memoria de quien fuera Vicepresidente de la República , Ministro de Estado y Comandante en Jefe del Ejército de Chile entre los años 1970 y 1973, el General don Carlos Prats González , fallecido trágicamente en Buenos Aires junto a su esposa, señora Sofía Cuthbert Chiarleoni , hace 25 años.

Me parece muy significativo que el Senado de la República haga un alto en sus tareas ordinarias para recordar a un soldado. Cuando la vida de los pueblos evoluciona en condiciones normales, la actividad profesional de su estamento militar se desenvuelve en el silencio de la rutina -podría decirse-, y pocos son los mandos que llegan a merecer la atención de la opinión pública y de los partidos políticos. Por el contrario, en tiempos de crisis, cuando la estabilidad del Estado flaquea por una agresión interna o externa, se hace patente la función política que, en el más alto y noble sentido del término, compete a las Fuerzas Armadas en tanto institución permanente del Estado.

En efecto, cuando la comunidad se siente gravemente amenazada, de manera instintiva vuelve su mirada hacia quienes tienen, como única razón de ser, la obligación de preservar el honor y la existencia de la nación, incluso al precio de sus propias vidas: los hombres de armas.

El Ejército de Chile, cuya trayectoria institucional tiene ya cuatro siglos, ha sido, sin duda, un actor decisivo en la historia de nuestra patria. Los hechos políticos de importancia, las resoluciones sobre las grandes disyuntivas, siempre gravitan sobre la Institución, sometiendo a sus mandos a terribles presiones, en ámbitos que están más allá del campo bélico, porque comprometen la suerte de toda la colectividad.

La carrera profesional del General Prats culminó, precisamente, cuando nuestro país se debatía en la peor crisis de su historia. Chile era sacudido por el ímpetu revolucionario en el marco de la Guerra Fría. Con mucha razón se ha llamado a esos años turbulentos "la década revolucionaria". En realidad, los consensos básicos que hacen posible la convivencia social se estaban perdiendo con mucha rapidez, tanto por las exigencias de un ideologismo exacerbado, como por el sectarismo de quienes habían olvidado la noción de bien común, y, principalmente, por la apología de la violencia, proclamada y ejercida como instrumento para alcanzar una decisión política irreversible.

Para dar una idea del grado de dificultades que enfrentó el Ejército durante la década revolucionaria, bastará recordar que entre 1964 y 1973 tuvo seis Comandantes en Jefe, rotativa que hizo muy difícil planificar y conducir sus actividades. Asimismo, en aquella década ocurrió el "Tacnazo", crítica expresión del cuerpo de profesionales militares que percibía cómo la Institución era abandonada a su suerte.

En un escenario tan delicado, y, como si fuera poco, sucediendo a un Comandante en Jefe que había perdido la vida en un atentado de motivación exclusivamente política, el General Prats asumió el mando del Ejército.

Tenía, sin duda, las condiciones que el momento requería. A sus virtudes personales se añadía una trayectoria profesional excepcional. Era un hombre serio, estudioso, y había ocupado, con naturalidad, el primer lugar en todos los cursos reglamentarios. También había destacado como instructor en su arma de artillería y como profesor militar, encarnando desde muy joven el espíritu del oficial de Estado Mayor. De especial influencia se consideraba su ya legendario "Folleto Blanco", editado en 1951, que modificó profundamente el Servicio de Estado Mayor al incorporar a nuestra realidad las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, e inspiró a generaciones de oficiales. Asimismo, poseía una aguda percepción de los desafíos que tendría que enfrentar el Ejército en las dificilísimas circunstancias por las que atravesaba el país.

Fiel a sus convicciones, a pesar de la atmósfera enrarecida en que debió actuar, procuró sostener disciplinadamente a un Gobierno que, aunque constitucional en su origen, se iba desprendiendo de su legitimidad día a día, arrastrando a Chile hacia el abismo.

Su tragedia consistió en no haber guardado distancia prudente respecto de quienes ejercían el poder y estaban empeñados en culminar su proceso revolucionario, incluso favoreciendo la creación de fuerzas irregulares capaces de neutralizar una reacción de las Fuerzas Armadas. Consciente del peligro que eso significaba para el país, junto con los mandos de los otros Institutos Armados, intentó cuanto le fue posible para hacer enmendar rumbos y así evitar la tragedia cívica que veía venir.

Al fin, agotado, hubo de rendirse a la evidencia: con su conducta estaba avalando una causa y métodos que eran repudiados por la inmensa mayoría de la población y, ciertamente, por sus camaradas de armas. Con sobrecogedora dignidad, comprendiendo que ya no podía seguir a la cabeza de la Institución a la que había servido durante toda la vida, presentó su renuncia.

No puede ser casual que haya solicitado ser relevado del mando con apenas horas de diferencia de la publicación del Acuerdo de la Cámara de Diputados que representó a las Fuerzas Armadas y de Orden la situación de inconstitucionalidad en que había caído el Gobierno, llamándolas a restaurar la patria. Despuntaba ya la aurora de una época nueva, de recuperación nacional, pero él ya no estaría.

Cayó víctima de un acto político completamente inútil, incomprensible e injusto. Cayó víctima del terrorismo, esa conducta que obedece a la pasión fanática que él vanamente intentó controlar en su propio país. Nada puede justificar el hecho de que él y su distinguida esposa fueran muertos. Lo lamentamos, y respetamos el dolor inmenso de sus hijas y de su familia.

Señor Presidente , la realidad que hoy vivimos resulta inexplicable si no se evoca la acción desplegada por jefes militares especialmente distinguidos, como los Generales René Schneider Chereau , Carlos Prats González y Augusto Pinochet Ugarte . Ellos representan, cabalmente, el propósito esencial de las Instituciones Armadas de la República -¡ayer, hoy y siempre!-: conservar unida a la nación chilena, condición indispensable para que ella alcance sus más altos destinos, impulsada por la fuerza de su trayectoria histórica y animada por la energía de sus mejores ciudadanos.

Mi General Prats fue uno de esos ciudadanos de excepción. Yo tuve la suerte de conocerlo. Fui su alumno en la Academia de Guerra, y más tarde mandé un Regimiento que formaba parte de la División en la que él era su Comandante en Jefe. Y en el día más difícil que ha tenido el Ejército en este siglo, el 29 de junio de 1973, cuando ocurrió el alzamiento de un batallón blindado en Santiago, única ocasión en que estuvo en peligro la cohesión institucional, él escogió avanzar rodeado de los jóvenes dragoneantes de la Escuela de Suboficiales, entonces bajo mi mando.

Doy fe de su capacidad profesional, de su patriotismo, de su enorme prestigio como conductor de hombres, de su inalterable caballerosidad y de su valentía bajo el fuego. ¡Era un chileno y un soldado! Perdónenme, pero yo no conozco mejor elogio.

He dicho.

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