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Homenaje
HOMENAJE AL COLEGIO “PADRE ALBERTO HURTADO”, DE CHILLÁN, EN EL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN.

Autores

El señor JARPA (de pie).-

Señora Presidenta , gracias por permitirnos rendir, en el valioso tiempo de la Corporación, un sentido homenaje al colegio, hoy “ Padre Alberto Hurtado ”, el cual se llamaba Seminario en el tiempo en que estudié allí.

Estimados señor obispo, señor director del diario “La Discusión”, de Chillán; señor rector del colegio Padre Hurtado , de Chillán; señor presidente de su centro de ex alumnos; señores profesores, alumnos, iniciaré mi intervención con la primera estrofa del himno que por mucho tiempo tuve el agrado de entonar.

“Con el alma henchida de gozo

y ansiosa del triunfo encontrar,

sólo en Cristo hallaremos reposo,

que es camino, que es vida y verdad”.

Quiero recordar en este hemiciclo a un hombre que durante toda su vida luchó para que esta comunidad permaneciera unida y que falleció precisamente en los inicios del año en curso, cuando el colegio cumple cien años de servir a la comunidad de Chillán y Ñuble. Me refiero al sacerdote Alberto Arraño , hombre colchagüino, quien con su alma campesina irradiaba bondad, amistad y sabiduría.

La comunidad del Colegio Seminario, integrada por alumnos, profesores, padres y apoderados, me acogió a la edad de cinco años y permanecí en ella durante doce años, hasta que egresé en 1961. En sus aulas me enseñaron a libar lo mejor de sus lecciones, a cumplir nuestra misión señalada y a servir a mi patria y a Dios. Allí me inicié en el gusto por el saber, aprendí a labrar nuestra fe de granito y me enseñaron a cumplir con mi deber, lo que está inserto en lo que llamo “El espíritu ignaciano”.

Ignacio de Loyola fue militar y sacerdote; un hombre al servicio de la humanidad y de Dios. Pero San Ignacio, más que un soldado, fue un caballero, quien luego de regalar su espada y de entregar su ropa señorial, entró a servir a los pobres vistiendo el sayal. Ese espíritu ignaciano está presente hoy, porque él nos propone abrir una espiritualidad asumiendo la realidad, a ser hombres de grandes ideales y de ambiciosos sueños; pero también nos invita a capacitarnos para amar y servir. Nos insta a que sigamos luchando por nuestros ideales, pero sin desconsolarnos porque la vida nos pone límites, es decir, utopía y realismo.

En esta ocasión deseo rendir un homenaje a todos mis maestros, pero sólo mencionaré a dos que me parecen muy significativos.

En primer lugar, al hermano Carlos Llonch , con quien finalicé mi enseñanza preparatoria para las humanidades. Me inculcó la disciplina, la excelencia, el amor a las ciencias, a las artes y al deporte, todo esto en comunidad. Fue para mí un ejemplo de justicia.

En segundo lugar, al padre Enrique Álvarez Castro , con quien terminé mis enseñanzas de humanidades. Me preparó para alistarme en la universidad e ingresar a la vida laboral; me abrió los ojos a través del conocimiento científico y humanista; me inculcó la obediencia, la humildad, el pluralismo; pero, por sobre todo, la caballerosidad. Fue él quien, años más tarde, bendijera mi matrimonio con mi actual esposa, Carmen Luz , en el Colegio de San Ignacio de El Bosque, de Santiago.

Bajo estos valores se ha formado un sinnúmero de ex alumnos, que ha sido una savia importante para el progreso material y espiritual de nuestra patria.

Permítanme ustedes recordar sólo a tres compañeros que egresamos en la promoción de 1961, quienes ya no están con nosotros, pero permanecen sus recuerdos: Willy George Lara , Jorge Morales Gana y un amigo de toda una vida, Osvaldo Erbetta Walker , abogado, notario, dirigente gremial y deportivo, por cuya labor fuera premiado por los medios de comunicación de Ñuble en 1978. Además, debo nombrar a quienes hoy laboran en la ciudad de Chillán: Abraham Cerda Vásquez , abogado integrante de la Corte de Apelaciones; José Luis Giner Izquierdo , empresario, galardonado también con un premio de los medios de comunicación de Ñuble en 1987; Alfredo Jungjohann Scheblein , médico cirujano, ex director del hospital Herminda Martín , de Chillán, y Félix Martínez Rodríguez , psicólogo y actual prorrector de la Universidad del Biobío.

También me siento muy unido a este colegio, porque no sólo me acogió a mí, sino también a mis familiares: a mis hermanos Jaime y Pedro ; a mis hijos Matías y Tomás, graduado en 1994; a mi hija Julieta , quien contrajera matrimonio justamente ese año con otro ex alumno del Colegio Seminario, Rolando León Velilla . Hoy están mis sobrinos José Pedro y Hanna , y espero que el día de mañana estén mis nietos Juan Rolando y Benjamín .

Señora Presidenta , deseo hoy transmitir -y quiero ser fiel en este hemiciclo-, estas enseñanzas que he recibido de mis maestros y de mis padres, las que sintetizaré en que lo más importante que tiene el hombre es la libertad, porque eso nos define como seres racionales, lo que nos permite superar y controlar nuestros instintos, y continuar con nuestro crecimiento espiritual. Pero para actuar con la verdad, es necesario conocerla, para elegir una buena opción. Sin embargo, esta tarea no es fácil, ya que la verdad no es absoluta; pero sí podemos decir que cada uno de nosotros tiene la verdad de uno mismo: existe la verdad de las cosas, la verdad de las circunstancias. Pero lo que sí es claro, y cada uno de nosotros lo puede aseverar, es que la verdad más importante es la coherencia, o sea, el equilibrio entre la teoría y la práctica.

Quiero terminar mis palabras agradeciendo a este colegio lo que me ha enseñado y que he tratado de aplicar en los cargos que me ha correspondido desempeñar, lo que se puede resumir bajo un solo lema: ser hombre es amar la verdad y la libertad.

He dicho.

-Aplausos en la Sala y en las tribunas.

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