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Homenaje
HOMENAJE AL COLEGIO “PADRE ALBERTO HURTADO”, DE CHILLÁN, EN EL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN.

Autores

La señora MUÑOZ , doña Adriana (Vicepresidenta).-

Tiene la palabra el Diputado señor Rosauro Martínez.

El señor MARTÍNEZ, don Rosauro (de pie).-

Señora Presidenta , estimados colegas, amigos de Chillán, decía un místico que cuando él se sentía más lleno de la grandeza de Dios, andaba más liviano, sus pies marchaban ágiles y sus pulmones se llenaban de brisa, porque la presencia de la virtud plena en el corazón infunde seguridad, limpia y orea; se realiza la conjunción del modelo y el espíritu que lo contempla, y realizada ella, luce la conciencia esa honrada seguridad de quien ha cumplido su deber con amor, inteligencia y responsabilidad.

Señora Presidenta , cuando solicité este homenaje realicé un acto de conciencia. Sabía desde hace tiempo lo que tenía que decir en una oportunidad como ésta, en la que el Parlamento chileno detiene su labor para abocarse algunos instantes a entregar, desde las particulares visiones de cada uno de sus integrantes, su palabra de reconocimiento y afecto a todos aquellos que en distintas épocas y circunstancias han venido construyendo esa comunidad educativa llamada hoy “Colegio Padre Alberto Hurtado ”, orgullo de la Diócesis de Chillán y de todos aquellos que, de una u otra forma, hemos estado ligados desde siempre a este prestigioso establecimiento educacional.

Por eso, al alzar mi voz en este lugar, punto de encuentro de las diferentes expresiones que constituyen la sociedad chilena, no hago otra cosa que abrir mis ojos y tender mis manos para recoger aquellas ideas que están impregnadas en el aire de mi ciudad, Chillán , que en todos esos años llovían desde los tejados y las hojas de los árboles; iban empolvadas por todos los caminos y goteaban como una sentencia de los destiladeros de su historia.

Vengo, pues, lleno de esas voces y experiencias a invitarlos a recorrer, junto a la distinguida comitiva presente esta tarde, encabezada por el Padre Obispo de Chillán , Monseñor Alberto Jara Franzoy , la historia del Colegio Padre Alberto Hurtado que hoy recibe este merecido homenaje de la Cámara de Diputados de Chile en sus cien años de existencia.

Es una verdad indesmentible que la grandeza de las comunidades no está en su tamaño ni en las formas múltiples de la comodidad material que en todos los pueblos aparecen según sus necesidades y que se acumulan en las naciones prósperas, más que por el genio especial de raza alguna, por el acicate de la ganancia que hay en satisfacerlas. El pueblo grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos, y mujeres venales y egoístas. Pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras.

Quiso Dios que, por aquellos años de fines de siglo, un sacerdote, el prebístero Vicente Las Casas, representante de esa clase de hombres que hacen los pueblos grandes, profundamente motivado por la educación de la juventud, tuviera la visión, fuerza y abnegación necesarias para solicitar al Obispo de Concepción , padre Plácido Labarca , la fundación de un seminario en Chillán, ante el anuncio del cierre del Colegio Alberto Magno, abierto en 1887.

La tenacidad y fuerza de las convicciones de este sacerdote excepcional dio, a comienzos de l898, los frutos esperados al publicarse, bajo la firma del Obispo Labarca, el decreto que declaraba fundado un “Seminario para la educación y formación de jóvenes que aspiren al estado eclesiástico bajo la especial protección del Sagrado Corazón de Jesús, que será titular del Colegio”.

Las circunstancias económicas por las que atravesaba la diócesis de Concepción impidieron poner en práctica el señalado propósito. Por ello, se empezó a trabajar con la sección seglar, y de aquellos jóvenes alumnos se iban seleccionando los que tuvieran aptitudes y vocación para el sacerdocio, quienes eran enviados al Seminario de Concepción para continuar sus estudios.

Nacía así, en ese Chillán pintoresco, de calles polvorientas, de casas de adobe y del andar cansino de su gente, un colegio que, de la mano segura del padre Las Casas, su primer rector, financista y conductor por espacio de 18 años, se iría constituyendo poco a poco en un centro donde la calidad de su enseñanza, la disciplina en el trabajo diario y el amor a Dios, le iban imprimiendo un sello distintivo a sus alumnos que los hacían destacar en sus exámenes para la prosecución de estudios superiores, la vida eclesiástica o en cualquier actividad que emprendieran.

Así, pues, la majestad de este homenaje se extiende justicieramente al padre Vicente Las Casas, que vivió y practicó los ideales cristianos y el verdadero humanismo al orientar todos sus esfuerzos hacia la verdad, la solidaridad y el bien común. Sin duda, la personalidad del padre Las Casas fue decisiva no sólo en la fundación del seminario, sino en la solidez de los cimientos sobre los cuales levantó y proyectó este colegio. De allí la gratitud con que se le recuerda en un sitio muy especial del establecimiento, y su obra, acción y principios son venerados con cristiana devoción. Su acción fecunda se proyectaría en el tiempo con el quehacer de rectores que trabajaron sin cesar hasta hoy en la construcción de los saberes, y que se esforzaron por forjar el futuro de una comunidad con incansable afán. Esos hombres se llamaron: padres Héctor Luis María Acuña , Arturo Álvarez Silva , Luis Aladino Palma Venegas y Álvaro Lavín Echegoyen , con quien se inaugura una nueva etapa en la vida del seminario: la etapa jesuita. Era el año 1944.

Los anales de la historia del colegio nos dan cuenta de que el Obispo de Chillán de ese entonces, padre Jorge Larraín , preocupado por la precariedad de religiosos para desarrollar sus ministerios pastorales, convenció a los jesuitas para que se hicieran cargo del seminario, quienes, a poco andar, con su experiencia, espíritu apostólico, mística y compromiso, transformarían a este centro de educación en uno de los más importantes y destacados de la región. Reemplaza al padre Álvaro Lavín Echegoyen , que deja su cargo para asumir como viceprovincial de los jesuitas, el padre Carlos Pomar Mardones , quien, al cabo de un corto tiempo, también es nombrado viceprovincial de los jesuitas. Es sucedido, como rector, por el padre Gustavo Arteaga Barros , al que le siguen los padres Enrique Álvarez Castro , Ferencs Déak , Jorge Escobar Olavarría , Edwin Hodgson Bolados y Sergio Elizalde Bahamonde , en cuya gestión el establecimiento abre sus puertas a las jovencitas y, al hacerse mixto, deja de ser seminario. La trascendencia de ese hecho radica no sólo en acoger a la mujer, sino también en el cambio de nombre: “Colegio Padre Alberto Hurtado ”, reafirmación de la vinculación jesuita y reconocimiento al recordado sacerdote y actual beato que durante un corto período estuvo en el noviciado de Chillán. A la administración del padre Elizalde siguió la del padre Renato Hevia , quien será el rector que cerrará, hacia 1977, el ciclo de la Compañía de Jesús en el colegio y en la ciudad.

De esa manera, y a partir de 1978, el colegio vuelve a ser administrado por la diócesis. Permanecieron en él, por razones de continuidad, durante un año, los queridos y recordados jesuitas padres Cristián Brahm , Mario Vergara y Gonzalo Larraín . El Obispo de ese entonces, padre Francisco José Cox, expresó, en el momento del traspaso, que “recibía con agrado esta nueva responsabilidad porque le asistía la certeza de que sus desvelos y la amplia colaboración ya entregada por el personal del establecimiento le permitían divisar un futuro lleno de logros”.

Así ha sido, pues el pronóstico del Obispo Cox se ha cumplido plenamente con el liderazgo de los llamados rectores laicos, señores Arnoldo Acuña Acuña, René de la Rivera Donoso y Sergio Reyes Santelices, su actual rector.

Ésa es parte de la historia oficial; pero hay otra que no queda en los registros, porque se va tejiendo día a día en las aulas, en los pasillos y en los patios, historia que tal vez la conoce íntegramente la palmera centenaria que adorna el colegio. Es que éste y todos los colegios son casa y hogar por donde pasan alumnos, profesores, directivos, funcionarios, padres y apoderados, hombres y mujeres de todas las edades y características. Pasan los años de la vida del ser humano donde suceden también los primeros momentos de aprendizaje, de formación y de madurez; años en que cada cual transita su vivir con alegrías, dolores, desasosiegos y esperanzas; años en que las estaciones de todos los calendarios traen una nueva razón al pensamiento, una sostenida voluntad de existencia, un nuevo impulso en la aventura del trabajo sin descanso. Hombres y mujeres todos que han hecho esta historia de cien años con la fuerza de la solidaridad, la inteligencia y el amor.

Los caminos del “Colegio Padre Alberto Hurtado ” están diseñados a lo largo de Chile, y nos corresponde, en particular a quienes hemos tenido el privilegio, hace ya algunos años, de recibir sus enseñanzas, caminarlos cada día como si fuera el inicio de la aventura del descubrimiento para hacernos la vía segura de la libertad y la solidaridad. En una palabra, para construir, con todos aquellos que nos quieran acompañar, los caminos del porvenir de nuestro amado país.

A la sombra de este colegio se han formado distintas generaciones. Están los que ayer y hoy luchan por una mejor educación; los que resguardan la justicia, la salud y el bien común; los que unen a la comunidad a través de la información; los que han abrazado el camino del servicio a Dios, como el padre Larry Yévenes Canales, quien, en los próximos días, se ordenará sacerdote; los que laboran en la industria, el comercio y el servicio público; los que empuñan la mancera del noble arado en la apacible fertilidad de nuestro valle, y, en fin, todos cuantos se sintieron penetrados por el ansia suprema del saber y son incansables obreros del bienestar.

Por eso, recordar es volver la mirada al pasado y también, en parte, otear el presente, reconocer la huella y sentir el espíritu de esa pléyade de educadores que, desde la autoridad primera al popular y querido “flaco”, pasando por maestros de verdad como el padre Alberto Arraño , el padre Mario Vergara , el hermano Llonch , la señora Lucía Canales, don Gabriel Figueroa, don Guillermo Ibacache, don Leonardo Cofré, don Francisco Coloma, don Daniel Pino y la señora Benita Morales , hicieron y siguen haciendo colegio con su cotidiano laborar.

En mis palabras también está reflejado el regocijado honor de compartir esta tarde feliz con estos hombres nuevos aquí presentes, como el rector don Sergio Reyes Santelices y el presidente del Centro de ex alumnos, verdadero motor de la unidad y el trabajo de quienes ya no estamos en sus aulas, don Sergio Zarzar Andonie ; todos ellos, junto a la delegación de profesores, funcionarios, alumnos, ex alumnos, padres y apoderados, y a la directiva del Centro de Alumnos que preside don Adolfo Rodríguez Gutiérrez , mantienen vivo el espíritu del padre Vicente Las Casas y se afanan también en levantar la estatua de este colegio centenario y dejar su sello a las generaciones venideras.

Señora Presidenta , mi homenaje no estaría completo si no manifestara toda la gratitud que siento por el colegio “ Padre Alberto Hurtado ”, pues, como alumno, no sólo recibí en sus aulas una enseñanza de calidad en las diferentes asignaturas, sino también algo mucho más relevante. Los profesores, con cariño, pero con férrea disciplina, me fueron inculcando principios tan importantes, y que con la madurez que dan los años se justiprecian en la medida que corresponde, como la búsqueda de la verdad, el sentido social, la amistad, el respeto y la responsabilidad en las obligaciones y compromisos contraídos, valores que han sido fundamentales en el desarrollo de mi vida y que constituyen el ideario que guía mi desempeño público.

¡Gracias recordado Seminario por lo mucho que me has dado!

Al finalizar mi homenaje de ex alumno, déjenme decirles que tengo fe en el futuro, porque los he visto, mayores y jóvenes, hombres y mujeres, trabajando como el alfarero, con fe y paciencia, por proyectarse hacia el próximo milenio, para continuar de mejor forma dando cultura y una educación integral a todos aquellos que, como yo, un día llegamos temerosos, pero con la curiosidad reflejada en el rostro, en busca de la primera lección. Esa lección primera que jamás se olvida.

Para el Seminario de ayer y para el colegio ? Padre Alberto Hurtado ? de hoy, toda la gratitud, todo el esplendor del futuro, toda la esperanza y toda la felicidad.

He dicho.

-Aplausos.

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