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Antecedentes
  • Senado
  • Sesión Ordinaria N° 51
  • Celebrada el
  • Legislatura Extraordinaria número 323
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Intervención
RESTRICCIONES A ACTIVIDADES RELACIONADAS CON EL TABACO

Autores

El señor RUIZ-ESQUIDE .-

Señor Presidente, en verdad, no era mi intención intervenir en esta oportunidad, porque estimaba que las explicaciones dadas por otros señores Senadores respecto al valor del proyecto evitaban gastar estos minutos distrayendo la atención de los Honorables colegas. Sin embargo, me parece importante, dado el debate producido, precisar a lo menos dos o tres cosas, más allá del punto mismo de la situación de los fumadores.

Señor Presidente, en varias oportunidades se ha señalado en esta Corporación el derecho de cada hombre de hacer lo que le parece, asentando esto en un concepto de libertad individual.

Creo que el señor Senador que me precedió en el uso de la palabra, el Honorable señor Hormazábal, fue extraordinariamente preciso para señalar que, en nuestra concepción -y no sólo en la de algunos señores Senadores, sino en lo que es la evolución de la mentalidad humana y de la ley; del concepto de la relación entre el hombre y la sociedad, y la de éste consigo mismo y con la autoridad, y el derecho de la última a normar ciertas cosas-, está absolutamente superada esa suerte de liberalismo a ultranza que aquí se está sosteniendo, y, diría -sin entrar tampoco a ser peyorativo-, es un concepto totalmente trasnochado.

La libertad personal no es el derecho de cada hombre a hacer lo que a él le parece; ni tampoco a hacer razonablemente concretas las expresiones de Pío Baroja respecto de los españoles, en el sentido de que cada uno tiene, como una especie de letrero, el derecho de hacer lo que le dé la gana.

La libertad personal, señor Presidente, tiene un límite muy preciso y muy claro: la libertad de los demás y el derecho de los demás.

El hombre, cuando empieza a ejercer esta suerte de liberalismo a ultranza, una libertad sin límites, para hacer lo que él desea de sí mismo, choca con el bien colectivo, con el bien de los demás. Y, entonces, se empieza a producir, no la libertad del hombre, sino, por el contrario, la esclavitud de aquellos que no tienen la fuerza suficiente para hacer de su vida o de su idea el camino qué quieren imponer sobre los demás. Lo que en definitiva lleva, como se ha señalado tradicionalmente, a que esa libertad termina siendo la libertad de los fuertes y la esclavitud de los más débiles.

Alguien podrá decir: ¿qué tiene que ver esto con el problema del cigarrillo? Pues bien, dado que aquí, en el Senado, los temas se entrelazan, es bueno definir este punto, porque de otra manera se puede estar sentando el concepto de que nos hallamos en una sociedad democrática que empieza a percibir esa idea de la libertad sin límite, como razón de ser y como razón de su ordenamiento. Y creo que eso no es así. Constituye un error creer que cada hombre tiene derecho a hacer lo que él estima mejor, cuando ese "hacer lo mejor para él", sobre el cual tiene derechos, termina generando conflictos a los demás. En ese liberalismo sin límites, en ese individualismo exagerado, se encuentran a la larga el sentido y la noción de una verdadera dictadura de los fuertes que, a nuestro juicio, debe ser precisada desde ya.

Por otro lado, no se trata de que nosotros, como sociedad, preconicemos una especie del "Mundo Feliz" de Huxley, donde a cada hombre se le vayan a imponer sus placeres, un modo de vivir y las normas de conducta a que deberá atenerse. En este Senado se encuentran representadas casi todas las corrientes políticas y las doctrinas filosóficas, y podemos afirmar que nadie patrocina tal cosa. Pero sí sostenemos que, cuando, en este caso específico, un hombre fuma, está, de hecho, haciendo fumar a los demás. Y él no dispone de esa libertad. Alguien podría aducir: "Usted puede hacerlo". El proyecto no coarta el derecho a fumar, y en ninguna de sus partes se dice: "prohíbese el cigarrillo". Lo que hemos dicho es que también en una sociedad democrática existe el derecho de las personas. Más allá de lo que establezca la actual Constitución, está la facultad de cada cual a vivir en el entorno que él tiene el derecho de crear. Y mi derecho a crear un entorno de fumadores, limita con mi otro derecho de decir "yo no quiero fumar".

Me referiré, en seguida, a ciertas expresiones a que recurrieron algunos señores Senadores, porque el argumento inicial de quienes se han opuesto a la iniciativa, de alguna manera, toca varios elementos: el derecho a la libertad -que no estamos conculcando-; el derecho a que cada cual pueda tener, de acuerdo con las normas constitucionales, la libertad de no ser prohibido por el Estado, en esta suerte de tendencia del último tiempo de decir "prohibido prohibir". Sin embargo, de alguna manera estamos argumentando que el Estado, en cuanto administrador del bien común -que es el derecho de los hombres a relacionarse entre sí- tiene la obligación, como tal y como colegislador, de precisar qué es bueno para la sociedad y qué es bueno para defender a los que no pueden evitar lo que otros pretenden imponerles.

Si lleváramos a un extremo el argumento que está planteando la Oposición, debería decir, con toda franqueza -no estoy utilizando mis razonamientos, sino los de los otros-, que aquél conduce necesariamente a la paralización del Estado en cuanto a su capacidad de ejercer ciertas normas mínimas. Y esta libertad personal puede llevar a lo que un señor Senador argumentaba respecto de la posición de Friedman. Curiosamente, el criterio de los colegas contrarios al proyecto coincide con los postulados de Friedman: la libertad absoluta. Aquella libertad que, por la vía del mercado, limita el precio de la cocaína y, al bajar su valor, disminuye el vicio; por lo tanto, la consecuencia inevitable del argumento es la siguiente: produzcamos cuanta cocaína sea posible y vendamos cuanto podamos.

Yendo a algunos aspectos relacionados directamente con el tema, quiero señalar que nadie está provisto de una especie de iluminismo que lo autorice para decir lo que se debe hacer. Por nuestra parte, estamos recurriendo a todos los elementos ya conocidos por el mundo médico, y a los que poseen todas las sociedades democráticas en orden a plantear ciertas limitaciones al ejercicio individual absolutamente descarado y, en alguna forma, centrarlos en el ámbito del tabaco, que sí constituye un grave problema de salud pública.

El Honorable señor Díaz precisó claramente las diferencias entre el tabaquismo y el alcoholismo. Y eso es efectivo. El alcohol produce efectos en lo personal, y si un fumador desea fumar y morirse -como consecuencia lógica del cáncer que contraerá-, allá él. Pero a lo que no tiene derecho, a diferencia de quien bebe, es a hacerme fumar, disminuyendo mis posibilidades de vida, o aumentando mi riesgo de muerte.

El señor URENDA ( Vicepresidente ).-

Ha terminado el tiempo del Orden del Día, señor Senador; y, si la Sala lo estima conveniente, se podría prorrogar para los efectos de proceder a la votación del proyecto.

El señor RUIZ-ESQUIDE .-

No pretendo retrasar la votación, y sólo emplearé dos minutos para dar término a mi intervención.

En cuanto al argumento de que algunas personas estadísticamente, pese a abusar del tabaco, han llegado a una edad avanzada, en verdad tal circunstancia corresponde a una situación que en Medicina se conoce como los rangos, los cuales quedan fuera de los promedios. Así como hay gente que fuma y bebe en exceso y, sin embargo, vive muchos años, también la hay que no bebe ni fuma, y no obstante muere tempranamente. Pero ello, como decía, es un problema de rango y no constituye un argumento sólido para contradecir nuestras afirmaciones.

Finalmente, quiero abordar un tema que me parece importante. No desearía que, cuando se argumenta de esa manera, se vaya cayendo en un plano inclinado y se recurra a premisas un tanto sofistas como las que aquí se han escuchado, en el sentido de que legislar sobre esta materia es hacerlo para los ricos, para quienes trabajan, viajan en aviones y pueden ver televisión. El problema es que este tipo de situaciones que se producen en salud pública afecta principalmente a los más pobres. Desde el punto de vista económico, la cantidad de dinero que podría ahorrarse como consecuencia' del tabaquismo, es precisamente la que podría dedicarse a muchas actividades de salud pública que hoy requieren los más desposeídos, y no los ricos. El problema no radica en que los pobres fuman más o fuman menos -porque fuman en cantidad similar- sino en que, cuando se asume la idea de que en la sociedad, sin iluminismo, sin buscar ideas totalitarias, se produce un efecto en favor de la misma, quienes más beneficiados resultan son justamente los más débiles y los más pobres.

Y eso sucede en muchos otros aspectos. Si hubiera que legislar sobre las consecuencias del alcohol, deberíamos hacerlo. No estoy por entrometerme en la vida privada de las personas. Ningún señor Senador lo pretende. La intromisión en la vida privada de cada uno es propia de las dictaduras, de gobiernos fuertes, de gobiernos que no entienden la libertad personal, y no de la democracia.

El proyecto pretende prevenir, defender a los más débiles, a los que no son capaces de resolver por sí solos estos problemas, como son los más jóvenes; y creo que en la discusión particular de la iniciativa podremos recoger las opiniones que aquí se han vertido para perfeccionarla y dar mayor énfasis en lo relativo a la pedagogía y la enseñanza, por ser relevante en el tema que nos preocupa.

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