Labor Parlamentaria
Participaciones
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Antecedentes
- Senado
- Sesión Ordinaria N° 37
- Celebrada el 31 de julio de 2007
- Legislatura Ordinaria número 355
Índice
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El señor
Señor Presidente ; señores Senadores, señoras Senadoras; Excelentísimo Presidente subrogante de la Corte Suprema , señor Marcos Libedinsky ; Excelentísimo Ministro de la Corte Suprema y Presidente subrogante del Tribunal Calificador de Elecciones , señor Alberto Chaigneau ; Ministros y ex Ministros , Hugo Dolmestch , señora Gabriela Pérez , señor Hernán Álvarez , señor Adolfo Bañados ; Ministro Presidente de la Corte de Apelaciones de Santiago , señor Cornelio Villarroel ; Director del Servicio Electoral , señor Juan Ignacio García ; señores miembros de la Corte de Apelaciones de Santiago; señores -y amigos- ex Senadores de la República; señores integrantes del Tribunal Calificador de Elecciones; señores miembros del Tribunal de la Libre Competencia; familias Doboy Zurita , Sáinz Goyenechea , Sáez Rodríguez ; invitados y amigos especiales:
Es para mí un momento de especial emoción rendir desde esta Sala, y en nombre del Senado, un sentido homenaje a quien fuera uno de sus más estudiosos y respetados miembros: don Enrique Zurita Camps.
De semblante quijotesco -imposible de no reconocer-, profundo, amable, hípico, original, con sentido del humor, en un mundo donde la banalidad, la obviedad y la gravedad suelen ser los denominadores comunes, supo don Enrique marcar su estilo donde quiera que fuera o estuviera.
Me tocó conocerlo primero en los tribunales. Y puedo dar fe de que ya en ese entonces todos los abogados lo asimilamos, ante todo, con el sentido de la justicia, de aquella que se vincula, no con la mera formalidad o con la aplicación mecánica de normas, sino con el áspero y hermoso intento de dar a cada cual lo suyo, escudriñando en cada caso en el sentido inmanente de lo justo.
Conocedor, por su vocación penal, de las más duras conductas humanas, nunca dejó de tener esperanzas en el ser humano, abogando una y otra vez por las segundas oportunidades en la vida de quienes las deseaban y buscaban, reflejo inequívoco de su espíritu optimista y esperanzado, del que dio prueba durante toda su existencia.
Le gustaba la justicia; se interesaba a fondo por entender, como relator o como magistrado, las complejidades profundas de cada causa, los fundamentos de las peticiones, el sentido de los hechos y los dichos, en fin, las múltiples facetas de la vida del hombre en sociedad y de su búsqueda permanente.
Estoy convencido de que, si hubiera una sola dimensión de su vida por la cual a don Enrique le hubiera gustado ser recordado, esa sería la del hombre del Poder Judicial por esencia, y la habría elegido con gusto y pasión.
No deja de ser curioso -y varias veces me lo contó- que dicha vocación fue más bien tardía, ya que solo a los 40 años optó por la vida judicial, reflejo evidente tanto de su valentía para enfrentar desafíos y cargos exigentes en cualquier época de la vida, como de que la reflexión madura muchas veces hace estallar las vocaciones de los hombres.
Posteriormente, sin siquiera imaginarlo -lo que constituyó un enorme privilegio-, pudimos compartir con él, junto con muchos de los aquí presentes, el trabajo en esta Corporación, al ser propuesto por sus exigentes pares como Senador institucional.
Si bien don Enrique fue un gran hombre en la aplicación de las leyes y un Ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago y de la Corte Suprema sin duda de excepción, creo que su acción como Senador institucional también -y muy a pesar de su natural modestia- lo hizo brillar con luces propias y especiales.
La contienda de competencia vista en esta Sala entre la Contraloría General y los tribunales superiores de justicia, la ley que modificó el régimen de filiación, la que estableció el nuevo Código Procesal Penal y, muy en especial, la relativa a la probidad administrativa de los órganos del Estado fueron reflejos vivos y duraderos del talento y sentido de futuro de don Enrique en el Senado. Resulta notable leer ahora, en perspectiva, las agudas posiciones, indicaciones, rechazos o acentuaciones con las que contribuyó cada vez que intervino.
Sentado ahí, al fondo de la Sala, y ya sea por la letra inicial de su apellido, que se perdía hacia los finales de los cómputos en este recinto, o por lo estrecho de los resultados de muchas votaciones, lo cierto es que a don Enrique le tocó lo más difícil y exigente que puede corresponder a un parlamentario: ser decisivo.
Y enfrentó esa vocación de ser decisivo con la misma pasión que la de ser juez: jamás rehuyendo la dificultad y siempre intentando resolver los problemas como más creía convenirle al país.
Asumió riesgos, inclinó balanzas. Probablemente, muchos nombramientos o decisiones políticas y jurídicas habrían sido distintos en esta Sala si su posición hubiera sido otra. Pero jamás alguien ha podido decir que en él operó un interés pequeño o personal; por el contrario, obedeció a su forma de entender las más altas demandas de la patria.
Coincidimos muchas veces y en otras -un poco menos- discrepamos. Pero en esa hora de distancia sorda que se produce en el disenso decisivo siempre explicó con simpatía y profundidad sus argumentos y nadie puede desconocer el profundo grado de independencia con que ejerció su rol institucional, lo cual, sin lugar a dudas, hizo a muchos valorar en profundidad el sentido último de aquella naturaleza senatorial.
Fue esa misma independencia la que ya había mostrado al presidir con especial acierto el Tribunal de la Libre Competencia y, sobre todo, al integrar el Tribunal Calificador de Elecciones desde 1989, donde, junto con sus colegas, debió encargarse de velar por la transparencia electoral en uno de los períodos más importantes en la evolución de Chile.
Cuando uno revisa la historia -incluso reciente- de desarrolladas democracias mundiales, encuentra en la justicia electoral uno de los elementos que más desconfianza e incertidumbre generan en las naciones. No deja de ser impresionante e indicador, entonces, que en nuestro país ello sea lo inverso. Y no sería justo dejar de reconocer que, en la tarea del máximo tribunal electoral chileno, tuvo mucho que ver nuestro homenajeado, Enrique Zurita , ya que fue precisamente en los inicios de esa institución, que presidió, cuando se marcó a fuego su sello indeleble.
Así, don Enrique , sin proponérselo y a todas luces contra su natural modestia, pudo ejercer con acierto no solo uno, sino también muchos de los más difíciles cargos que a un ciudadano le pueden tocar en su vida.
No deja de ser emocionante que en estos momentos del adiós institucional sean sus pares de la Corte Suprema y de la Corte de Apelaciones de Santiago quienes lo recuerden desde las tribunas; sean sus colegas del Tribunal Calificador de Elecciones quienes compartan estas reflexiones; sean los miembros del Tribunal de la Libre Competencia quienes aún rememoren sus fallos, y sean sus amigos del Senado quienes lo homenajeen unánimemente como uno de los grandes.
Señoras y señores, al saludar a su familia y al despedir a don Enrique Zurita Camps en esta hora del adiós institucional -quien, con seguridad y porque fue un hombre bueno, está junto a su mujer (la señora Agustina ) en el más allá-, nos embarga la pena, no solo porque echamos de menos su inteligencia, su finura y su amistad, con que siempre se destacó en esta Sala, sino sobre todo porque nos enseñó mucho de leyes, mucho de historia, mucho de sentido común y, en especial, mucho de humanidad y más de Chile.
Don Enrique, el Senado nunca lo olvidará.
He dicho.
--(Aplausos en la Sala y en tribunas).