Labor Parlamentaria
Participaciones
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Antecedentes
- Senado
- Sesión 7 ordinaria, legislatura 370
- Celebrada el 06 de abril de 2022
- Legislatura número 370
Índice
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La señora EBENSPERGER.-
El 1° de abril de 1991, hace ya treintaiún años, un hombre joven, de veintisiete años, llamado Raúl Escobar Poblete , y otro más joven aún, de veintidós años, de nombre Ricardo Palma Salamanca , dispararon al menos seis veces cada uno contra el vehículo que conducía Luis Fuentes Silva , un trabajador chileno como cualquier otro, conductor del entonces Senador democráticamente electo Jaime Guzmán Errázuriz , quien también fue víctima de estos disparos. Dos de esas balas impactaron en Jaime Guzmán , quien, pese a todos los esfuerzos, falleció a las 21:35 horas de ese infausto día.
Cada año, rememorar este hecho tan doloroso para la familia de Jaime Guzmán , para la UDI y para todos los demócratas de Chile nos suscita nuevas reflexiones -siempre actuales- acerca de las lecciones que, como servidores públicos, tenemos el deber moral de aprender para llevar a la realidad ese principio fundamental en materia de derechos humanos que hoy más que nunca cobra actualidad: la garantía de no repetición.
Pero ¿a qué nos referimos cuando hablamos de no repetición? No es solo garantizar todas las acciones que impidan la violación a los derechos humanos; no es solo avanzar hacia un Estado defensor, protector y promotor de los derechos humanos, es también aprender de la historia y evitar no solo los actos que atentan contra esos derechos, sino también sus causas más profundas.
Esas causas profundas siempre están enraizadas en el deterioro de la convivencia social, en la desconfianza en el otro, en el igual, que pronto se transforma en rencor y que el inescrupuloso populista transforma en odio para dividir y convertir al adversario en un enemigo; en un enemigo que ese populismo totalitario considera necesario eliminar para fundar una nueva sociedad solo con aquellos que piensan como él.
Jaime Guzmán fue todo lo contrario a eso. Fue un demócrata que, convencido de la necesidad de orden y paz para alcanzar el progreso, dedicó su vida personal y política a contribuir a la construcción de las bases de un Chile que despegara de la pobreza, la división y la violencia y se enfilara por el camino del más pleno desarrollo humano.
Contrariamente a la caricatura que algunos han tratado de construir, para Jaime Guzmán el desarrollo humano no era, ni por lejos, única y exclusivamente económico o material. Muy por el contrario, para Jaime Guzmán el desarrollo humano era esencialmente inmaterial, espiritual; suponía para él, y supone para todos quienes hemos recogido su legado, darles a todos los chilenos, por igual, todas las condiciones necesarias para desarrollar a plenitud sus proyectos de vida, cualesquiera sean, en libertad y con solidaridad. En definitiva, darle a cada chileno las condiciones para ser feliz. Eso es lo que Jaime Guzmán enseñaba a sus alumnos, eso es lo que inspiraba sus oraciones como el cristiano devoto que era, y eso es lo que impulsó su pensamiento y su acción política desde sus inicios como dirigente estudiantil en la Universidad Católica.
Pero el vil acto terrorista que terminó con la vida de Jaime Guzmán , cuyo único propósito era acallar sus ideas y desestabilizar nuestra recién recuperada democracia, no logró más que fortalecer sus ideas y su legado y hacerlos trascender en el tiempo, inspirando a muchos de nosotros a levantar las banderas de la dignidad y la libertad de los chilenos, que han servido de base para el progreso y la estabilidad de nuestro país.
Un crimen nunca tiene justificación; nunca, y bajo ninguna circunstancia. Pero el crimen de Jaime Guzmán es tal vez el paradigma de la irracionalidad a la que puede llevar la violencia política. Un hombre de paz, frágil, sin ningún resguardo, que simplemente salía de una de sus habituales clases. Un hombre que se había sometido a las reglas de la democracia y había logrado un escaño senatorial por voluntad popular. Un hombre que, a pesar de todos los esfuerzos por denostar su figura histórica, contribuyó de manera decisiva a la recuperación de nuestra democracia e incluso salvó vidas, y no pocas.
Pero el crimen de Jaime Guzmán aún está en la impunidad, la misma impunidad de la que gozan delincuentes y terroristas que hoy mantienen a millones de chilenos presos de temor y de sentimientos de frustración e impotencia frente a la imposibilidad de obtener justicia y de vivir en un país en paz para progresar y trabajar junto a sus familias.
Precisamente en eso radica la necesidad de que todos los involucrados en el crimen de Jaime Guzmán , debidamente juzgados y condenados, cumplan sus condenas por el tiempo y en la forma determinada por nuestros tribunales de justicia. Solo haciendo justicia de verdad, imparcial y desideologizada, los chilenos podrán volver a confiar en las instituciones hoy cuestionadas por su incapacidad de ofrecer orden y paz por igual a todos los chilenos, independiente de su origen étnico, condición social o pensamiento político.
Por la salud de nuestra democracia y por ese Chile inclusivo que queremos construir, esperamos que el nuevo Gobierno, que asume en un ambiente de incertidumbre pero también de esperanza, asuma un compromiso claro con la condena de este crimen y de todos los que afectan a cada uno de los chilenos. Para ello, es condición ineludible la condena categórica y sin ambages de la violencia, no solo como método de acción política, sino también como forma de expresión de legítimas demandas.
Esa convicción democrática, ese principio fundamental de la convivencia social y política que implica erradicar la violencia en todas sus expresiones se debilitó poco a poco desde que, transversalmente, actores políticos relevantes de nuestra historia reciente comenzaron, si no a justificarla, al menos a guardar ese silencio cómplice, que ineludiblemente conduce a una escalada de violencia, como tantas veces la porfiada historia se ha encargado de recordarnos.
Esa violencia se ha apoderado de prácticamente todos los ámbitos de la vida de los chilenos. Las tomas de los colegios, los disturbios y el vandalismo en cada manifestación social, las llamadas "funas" y los constantes ataques a personal de Carabineros o de las Fuerzas Armadas dan cuenta también de la vorágine de violencia que se apoderó de nuestro país.
Hoy, cuando transitamos por un incierto camino, sin los grandes acuerdos políticos ni los liderazgos capaces de guiar a los chilenos hacia un futuro verdaderamente más digno y justo, más allá de los eslóganes políticos, la figura de Jaime Guzmán cobra renovada fuerza y actualidad.
Hoy, más que nunca, el país necesita nuevos servidores públicos que, al igual que Jaime Guzmán , antepongan a Chile y a los chilenos a cualquier interés particular; que estén siempre disponibles a sacrificar sus legítimos intereses políticos para alcanzar acuerdos que unan a Chile y no profundicen la división, y, por sobre todas las cosas, que comprendan, como tan lucidamente comprendía Jaime Guzmán , que, pase lo que pase, seguiremos compartiendo esta larga y estrecha franja de tierra al fin del mundo y la historia común que hace a todos quienes en ella habitamos una sola nación: el Chile por el que Jaime Guzmán Errázuriz inmoló su vida.
He dicho.
(Aplausos en la Sala y en tribunas).