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Antecedentes
  • Cámara de Diputados
  • Sesión ordinaria N° 16
  • Celebrada el
  • Legislatura Ordinaria año 1973
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Adhesión
RECHAZO DE LAS EXPLOSIONES NUCLEARES FRANCESAS EN EL PACIFICO SUR. OFICIOS

Autores

El señor RUIZ-ESQUIDE (don Mariano).-

Pido la palabra.

El señor LORCA, don Gustavo (Vicepresidente).-

Tiene la palabra Su Señoría.

El señor RUIZ-ESQUIDE (don Mariano).-

Señor Presidente, el miércoles pasado, el Diputado don Gustavo Cardemil, a nombre del Comité Demócrata Cristiano, expresó nuestra oposición a las pruebas nucleares que, por octavo año consecutivo, realizará Francia en el Atolón de Mururoa, en el Pacífico Sur.

Hoy deseo allegar algunos otros antecedentes que justifican nuestra posición, y que nos obliga a levantar nuestra voz para llamar a la conciencia nacional frente a un problema que, por su trascendencia para el país, merece una mayor preocupación. Lo hago debidamente autorizado por el Partido Demócrata Cristiano, y quiero que se entiendan mis palabras como la expresión del derecho irrenunciable de todo chileno a decir su verdad y a expresar su angustia ante la ceguera de los hombres, la concupiscencia de poder de las grandes potencias, el delirio armamentista que envuelve a la humanidad de hoy, y el horror de su futuro apocalíptico.

Para que mis palabras tengan valor, deseo referirme a este tema con extrema mesura, con el mayor rigor por la verdad, pero también con la dura claridad sobre lo que puede significar para nosotros el que hoy nos callemos y seamos cómplices de nuestra propia inconsciencia. Es un tema por demás controvertido, pero del cual es posible extraer algunos hechos irredargüibles y posibilidades tan siniestras que, no por ser poco probables podemos aceptar mansamente. Tampoco está en juego aquí ni la amistad ni la gratitud ni las relaciones que hayamos tenido con Francia. No juzgamos su historia, con sus grandezas y miserias; ni sus derechos a fijar su política internacional, ni a su pueblo. Juzgamos tan solo hechos que atañen a Chile y que como chilenos tenemos obligación de valorar.

Estos hechos y sus consecuencias, del monto que fueren, recaen sobre nuestro medio ecológico y sobre nuestras futuras generaciones, y por ello tenemos el derecho de rechazarlos y la obligación de extremar nuestros esfuerzos para que no se consumen. Lo hemos hecho, lo hacemos y lo seguiremos haciendo en la medida de nuestras fuerzas, porque escrito está que a nadie le será pedido más de lo que puede dar o hacer.

En esta repercusión que sobre Chile tienen las explosiones nucleares de todas las grandes potencias y muy específicamente las francesas del Pacífico Sur, por la forma directa en que nos atañen, hay una cuestión de inmoralidad intrínseca que denunciamos al mundo como inaceptable para los cristianos. Es el hecho que países indefensos, subdesarrollados, que no tienen asiento en la mesa de las grandes decisiones, sean castigados por los efectos radiactivos, sin considerar para nada su opinión, por quienes tienen el poder de dar o negar la vida con su dispositivo nuclear. Denunciamos como inmoral y contrario a la solidaridad internacional, al bien común y a la ley natural, que los países fuertes y poderosos desprecien los derechos de los débiles en nombre de su ansia de dominio. Si Dios creó un solo mundo y para todos los hombres; si fue creado para que de él gozaran en igual plenitud todas sus criaturas, nadie, ni hombres, ni país alguno, en el nombre de ninguna ideología, raza o religión, ni siquiera en el nombre de la paz, nadie, repito, tiene el derecho moral de destruirlo, poner en peligro la esencia misma del hombre o disponer de lo que la naturaleza le entregó a otros pueblos.

En ese contexto moral e internacional es que rechazamos las pruebas nucleares que el Gobierno francés ha resuelto seguir realizando en el Pacífico Sur, pese a las protestas de los países afectados. Estoy cierto, señores Diputados, que dadas las actuales condiciones de la política interna de Chile, muchos consideren que éste es un tema ajeno a la contingencia que hoy vivimos. Sin embargo, es necesario crear la conciencia pública del peligro potencial que el efecto de las radiaciones tienen sobre el hombre y su medio ambiente; hacer ver la necesidad de reaccionar rápidamente frente al mayor peligro que afronta el hombre desde su aparición en la tierra y convencernos de que ello no sólo es tarea de unos pocos, sino de cada chileno, más allá de su postura política, social, económica o religiosa.

Es necesario que la preocupación de los científicos rebalse su estrecho círculo intelectual y las grandes masas del mundo entero, y por cierto de Chile, comprendan que el progreso humano es también un arma que puede destruirnos. Las radiaciones que provienen de diversos orígenes, uno de los cuales es el que hoy nos preocupa, tienen también efectos nocivos que ya nadie discute. La tarea es, pues, cuidar que esa radiactividad no la suframos innecesariamente en dosis cada vez más peligrosas, por capricho, por inconsciencia o por desaprensión. Por consiguiente, el punto que hoy nos preocupa está inserto en un cuadro mucho más amplio que, tal vez, algún día podremos abordar, pero que, por hoy, debo restringir al análisis de la posición chilena frente a la acción del Gobierno de Francia.

Deseo analizar cuatro puntos:

1.- Ilicitud del uso del Pacífico Sur;

2.- Transgresiones al derecho de navegación;

3.- Efectos de las detonaciones francesas sobre Chile; y

4.- Inmoralidad de la postura francesa.

La primera observación que deseo hacer, señores Diputados, es que la posición chilena ha sido invariable a través de los años y tajante en condenar el uso de las armas nucleares. Consciente de las limitaciones de su acción en el cuadro internacional que ya describimos, fue Chile el primero en proponer la desnuclearización de América Latina, que culminara con el Tratado de México de 1967 y se ha opuesto, desde el comienzo, a las pruebas nucleares que Francia empezó a realizar en el Pacífico Sur desde 1966, con la técnica de la detonación atmosférica. Muchos podrían ser los documentos utilizables en este sentido. Baste, como referencia, el discurso del delegado chileno Enrique Bernstein, en 1962, en la Primera Comisión de las Naciones Unidas, sobre Urgente necesidad de suspender los ensayos nucleares y termonucleares, en el que señaló la ninguna responsabilidad que Chile tenía por las graves tensiones de la guerra fría y su derecho a reclamar la supresión de una carrera nuclear que podría acarrear un verdadero genocidio.

Dentro de esta invariable posición chilena, los Gobiernos han reclamado reiteradamente ante Francia, desde 1966, fecha de la primera explosión de Mururoa, sin que ello evitara que hasta la fecha se hayan realizado 24 explosiones, con una potencia equivalente a 10 megatones, es decir, más o menos 10 millones de toneladas de trinitroglicerina. Para una mejor potencia detonada, recuérdese que la bomba de Indochina fue de sólo 15 mil toneladas de T.N.T.

Respecto del primer punto describimos el Pacífico Sur como un mar libre en los términos en que lo entienden los organismos internacionales. Concebido así, su uso no puede ser restringido por país alguno en forma unilateral. Menos aún puede ser utilizado de tal manera que su uso cause limitaciones a terceros y, muy especialmente, signifique daños en su fauna. Por ello su uso, por parte de Francia, para detonaciones termonucleares, decidida en forma unilateral y asilándose en el precario argumento de no haber suscrito el tratado de Moscú en el año 1963, es ilícito. Contraviene lo señalado en el artículo segundo de la Convención de Ginebra de 1958, que dispone textualmente: La alta mar está abierta a todas las naciones y ningún Estado podrá pretender legítimamente someter a cualquier parte de ella a su soberanía.

Contraviene, igualmente, lo señalado en la Comisión de Derechos Internacionales de las Naciones Unidas, que respecto a las pruebas nucleares dice a la letra: Los Estados están obligados a abstenerse de todo acto susceptible de perjudicar el uso de la Alta Mar por los nacionales de los otros Estados.

Estas flagrantes contravenciones han sido puestas en conocimiento del Gobierno francés por la Cancillería Chilena en diversos documentos sin que obtuviera respuesta favorable alguna.

Pero si alguna duda cupiera sobre la claridad de estas disposiciones, basta para disiparla la opinión del profesor Gilbert Gidel en su obra Problemas Fundamentales, del Derecho Internacional, y que por su nacionalidad francesa queda a resguardo de cualquier suspicacia de animadversión. Dice textualmente: Por nuestra parte creemos que en lo que se refiere a la Alta Mar, el problema no merece filudas desde el punto de vista del derecho. Las explosiones experimentales nucleares que afectan a la Alta Mar constituyen actos intencionalmente ilícitos. En igual sentido se pronuncian otros tratadistas como George Fischer en el anuario francés de derecho internacional de 1956.

En cuanto al segundo punto, el argumento francés de que las precauciones tomadas, prohibiendo la navegación en el Pacífico Sur en las épocas de las explosiones, las hacen lícitas, sólo significa un nuevo atropello al Derecho Internacional. En efecto, crear unilateralmente zonas prohibidas o de seguridad en Alta Mar viola el principio internacional de su libertad de navegación consagrado por las Nacionales Unidas en la Convención de Ginebra, en 1958. Viola igualmente, y con la misma rudeza, los acuerdos sobre espacio aéreo consagrados en los artículos 1º y 2º de la Convención de Chicago, sobre la materia. Ningún argumento puede borrar la precisión de esos acuerdos a la que concurrió la propia Francia. Argüir, como a veces lo han hecho, que eso es una medida precautoria digna de elogio, es sólo tratar de justificar la ilegalidad diciendo que a lo menos no son inconscientes.

Pero vale la pena, en este sentido, señalar hasta qué punto la actuación del Gobierno francés es inaceptable por su inconsecuencia, ya que cuando a él le convino, alegó con las mismas razones que hoy rechaza a Chile. En efecto, en 1917, Francia sostuvo ante la Corte Permanente de Justicia de La Haya, en el caso del Barco LOTUS detenido por los turcos cerca de los Dardanelos, que prohibir la navegación en Alta Mar era ilícito. ¡Con cuánta mayor razón es ilícito prohibir la navegación en un gran mar abierto, como es el Pacífico Sur, y cuando se realiza en nombre de un acto tan discutible como una explosión nuclear!

Sin embargo, el punto de mayor controversia entre Francia y los países afectados por sus detonaciones atmosféricas es el de la peligrosidad de dichos ensayos nucleares. No es fácil, señores Diputados, entrar a un debate sobre la materia, sin caer en detalles demasiados técnicos o cansadores.

Pocos temas han desatado una mayor literatura que la influencia específica de la radiactividad en cada uno de los organismos vivos. Se podría decir, sin exageración, que no hay campo de la medicina que no debe discutir el tema con pasión y con acuciosidad. Toda la biología moderna está incluida por la sombra angustiante de las mutaciones provocadas por las radiaciones. Quiérase o no, el futuro de la humanidad depende del uso que hagamos de este tremendo poder. Por ello, quiero sólo dar algunos elementos de juicio que naturalmente estoy cierto serán refutados con otras argumentaciones tan fuertes y tan bien presentadas como las que a mí me han hecho tomar bando en esta materia:

a) El primer elemento de juicio que debemos tener presente, es que, junto a su efecto indispensable para la vida, la radiactividad tiene también efectos nocivos sobre el hombre, la flora y la fauna, que dependen de diversos factores. Ese es un hecho que ni siquiera merece discutirse y sólo puede estar en el tapete la valoración de esos factores: cuantía de la exposición, duración de ellas, sensibilidad de las células vivas, límite permisible;

b) Un segundo elemento necesario para un correcto análisis es reconocer que cuantitativamente las radiaciones provenientes de las explosiones nucleares no son las más importantes. Dadas las grandes diferencias locales, las cifras son también variables. Sin embargo, los rangos de las informaciones científicas son compatibles. Así, la Oficina Panamericana de Salud, señala que el 53% proviene del uso de artefactos médicos y técnicos; el 40% de la corteza terrestre y del espacio cósmico, y sólo el 3,4 de los experimentos atómicos. En cambio, los documentos franceses rebajan al 1% del total de radiaciones recibidas por el hombre, lo imputable a las precipitaciones radiactivas;

c) un tercer elemento que debe señalarse, es que, a medida que el hombre ha ido conociendo estos efectos dañinos de las radiaciones, ha ido bajando la dosis permisible de exposición. Así, por ejemplo, como se adjunta en un cuadro que solicito a la Cámara que sea insertado al término de mi exposición, el nivel máximo aceptable ha bajado de 3.600 rems por año a menos de 5 rems. Cada uno de los nuevos niveles permisibles que se fueron fijando por autoridades internacionales o científicas, correspondió a un descubrimiento que señalaba un nuevo efecto nocivo de la radiación. Cuando los esposos Curie comenzaron sus descubrimientos, no tenían conocimiento de gran parte de los efectos nocivos y por ello aceptaban exposiciones muy altas. Cuando se conoció su efecto cancerígeno, su efecto destructor sobre la médula ósea o su efecto genérico, se fue rebajando el límite tolerable para el hombre y buscando las precauciones necesarias. Nadie, pues, está en condiciones de sostener la licitud de las explosiones nucleares porque su irradiación es pobre, puesto que mañana podría resultar que lo que hoy parece tolerable, ya no lo es a la luz de los nuevos conocimientos. Pero el daño, Honorable Cámara, ya estará hecho, y

d) Un cuarto aspecto que debe movernos a reflexión, es que el nivel de radiactividad en el mundo ha ido creciendo en forma permanente, como consecuencia del uso de aparatos de tecnología común y de las detonaciones atómicas en una medida claramente mensurable y cuyo origen tiene directa relación con los experimentos nucleares, como se comprueba con la mayor radiactividad del hemisferio Norte en proporción de uno a diez, punto sobre el cual volveré posteriormente. Estamos, pues, frente a un hecho inaudito y tal vez único en la historia del mundo. Mientras se comprueba cada día que la dosis de radiación permisible para el hombre es cada vez menor, el mismo hombre la aumenta día a día en su propio perjuicio. No hay, señores Diputados, otro ejemplo más terrible de ceguera y de designio más fatídico e inexorable. El conocimiento científico siempre ha corregido las conductas humanas en el sentido por él señalado y ha permitido mejorar sus condiciones de vida. En este caso es exactamente al revés, y las curvas de radiación permisible y de radiactividad existentes se entrecruzan como signo de muerte.

Finalmente, debemos tener en consideración que el conocimiento humano sobre los efectos somáticos y genéticos que la radiactividad produce en el hombre es aún precario, y a medida que aumenta nos va demostrando hechos que ni siquiera sospechábamos. Pero lo grave de ello radica en que, cuando por desconocimiento no se han tomado las precauciones debidas, ese daño producido es irreversible y de consecuencias impredecibles en el campo genético. Quisiera explicarlo más exactamente a los señores Diputados Efecto somático es aquel sufrido por el organismo humano en su propio cuerpo y que sólo afecta a él. Por ejemplo, quemaduras, lesiones de la médula ósea, destrucciones celulares o muerte. Efecto genético es aquel que alterando las células que dicen relación con la herencia se transmiten de generación en generación.

Enfocado así este aspecto, significa que si por no tener un exacto conocimiento la célula genética de un hombre es alterada por la radiación, esta alteración es transmitida a sus descendientes aunque sea corregida la causa inicial. Pero aún más, esa alteración transmitida a sus descendientes tiene una dinámica propia que hoy desconocemos y que puede llevar a mutaciones posteriores aunque nunca más haya exposición al efecto dañino de la radiación. En pocos temas tan importantes, la ciencia tiene tan poca precisión, pero también tan; clara evidencia que las prevenciones son dantescas.

Por consiguiente, y a la luz de lo dicho, el problema no es discutir con el Gobierno francés si sus explosiones nucleares producen mucha o poca radiactividad, discutir cuánta de la radiación chilena provienes de Mururoa, enfrascarnos en si ellos producen menos o más radiactividad que los rusos o los chinos, o aceptar que sus explosiones son inocentes, porque no se puede probar hoy ningún efecto médico producido por ellas.

El problema es que no estamos dispuestos a aceptar para Chile ni una sola radiación más que la que tenemos que recibir necesariamente del medio cósmico o terrestre. Ni una radiación más de las que debemos recibir por las contingencias propias de los adelantos técnicos que usufructuamos. Ni una radiación más que provenga de un experimento nuclear del que no recibimos ningún beneficio. Ni una radiación más de un experimento inútil para el mundo. Ni una radiación producto de un delirio de grandeza estúpido y ciego. Ni una radiación más derivada de un acto de atropello de quien no tiene derecho a juzgar lo que nos conviene y lo que podemos tolerar en nuestros organismos. Ni una radiación más que contenga aunque sea una probabilidad entre millones de alterar la conducta genética de los chilenos, impuesta por un país extranjero.

Esa es nuestra posición. Si la mayor ceguera del hombre es creer que el progreso tiene el precio de su propia autodestrucción, la mayor imbecilidad sería aceptar aunque fuera sólo el riesgo de un daño, sin progreso ni beneficio alguno para Chile.

Ese es, a nuestro juicio, el único enfoque correcto para nuestros países. Lo creemos así porque el hecho es a lo menos controvertible, pero el riesgo es demasiado grave para correrlo mientras no sea absolutamente claro que esas pruebas son inocuas. Por ello insisto, en que la argumentación a que nos quiere llevar el Gobierno francés, parte de un hecho no comprobado, pero que ellos consideran resuelto y, lo que es peor, descarga los eventuales efectos sobre otros hombres a los que no puede imponerles este sacrificio. Es una actitud inteligente desde su punto de vista, pero capciosa y falaz. Nuestra obligación es, por consiguiente, llevar la discusión donde creemos está el verdadero problema y no a un debate casuístico y artificioso que busca en el follaje de los árboles ocultar la existencia del bosque. Y ese bosque que el Gobierno francés pretende ocultar, es, lo repito, que el derecho a decidir lo que es bueno para los chilenos es de Chile y no de Francia.

Sin embargo, señor Presidente, creo que Conviene dar, de todas maneras, algunos datos técnicos que prueban la justeza de nuestra posición, aunque más no sea para tranquilidad intelectual. Las explosiones nucleares francesas en el Pacífico Sur comenzaron en julio de 1966 y, con excepción del año 69, han continuado hasta la fecha, en que han llegado a completar el número de 24, que ya señalé. Las mediciones hechas por la Comisión Chilena de Energía Nuclear a través de todo Chile, daban como radiactividad basal para Santiago en el año 1972, antes de las explosiones, 0,02 pico curies por mt.3 (el pico curie es la millonésima parte de la millonésima parte de la actividad de un gramo de radio 226). En julio de 1972, es decir, después de serie de tres explosiones de Mururoa la radiactividad había subido a valores superiores a los 7 ú 8 pico curies, cifra que en un efecto acumulativo, llegó hasta 40 pico curies después de las dos explosiones sucesivas de fines de junio. Es decir, ochocientas veces el valor basal.

Por otro lado, al medir la radiación fijada en los tejidos del organismo especialmente de la médula ósea, en forma de estroncio 99, se observó un aumento notorio después de las explosiones. No detallaré el sistema usado y sólo señalo que corresponde a las técnicas tradicionales calculadas sobre la base de la ingestión de leche contaminada por dicho aumento de radiactividad. Según estos datos, la radiación biológicamente activa se ha triplicado desde 1966 hasta 1972 en la médula ósea de los individuos examinados a través del país.

Para valorar el significado de la radiación sufrida por la médula ósea, no necesito entrar a dar ejemplos médicos dramáticos. Es una antigua verdad la clara relación causa-efecto de la exposición a la radioactividad y los cánceres sanguíneos y las aplasias o destrucciones medulares. El contraargumento francés de que a esa dosis no hay peligro de daños, está respondido en mi análisis anterior, pero tal vez requiere una reafirmación en forma de pregunta: ¿Expondría el señor Presidente de Francia a sus familiares más cercanos, a esas dosis que él estima tan mínimas durante 8 años y escúchese bien, porque este es el fondo del asunto sin necesidad, sin ninguna razón útil o sólo porque a esta Cámara se le ocurre que eso conviene a Chile? Estoy seguro de que no, y esa es la mejor respuesta a nuestra posición.

En esta misma línea de análisis, adelanté que el hemisferio sur tenía apenas el 10% de la radiactividad mundial producida por las explosiones. Ese 10% proviene fundamentalmente de Mururoa, lo que implica comenzar a contaminar el espacio que aún tenemos libre, ya que, por razones atmosféricas, hay muy poco traslado de partículas radiactivas de un hemisferio a otro.

Tan real es esta situación que las mediciones de la Comisión Chilena de Energía Atómica han demostrado que la contaminación de la leche chilena aumenta al doble después de las explosiones del Pacífico Sur. Es decir, el 50% proviene de toda la radiactividad acumulada en los 30 años de experimentos nucleares y una contaminación igual de los experimentos franceses. Por ello, aunque sean bombas más pequeñas y en menor número que las detonadas por los rusos o los norteamericanos, para Chile las explosiones francesas del Pacífico Sur son mucho más importantes y peligrosas que las otras.

Por eso, nuestra obligación, y escúchelo de una vez por todas el Gobierno francés, es velar por el destino de Chile y no por el destino de Francia en el mundo actual. Esta obligación es suya, no la nuestra; pero esa obligación no puede cumplirla a costa nuestra, como jamás Chile le impondrá a Francia que cargue con el precio de nuestro destino.

Por último, deseo hacerme cargo del argumento muy usado por la defensa francesa, en cuanto a que no está probada la cuantía del mayor daño genético que producen la explosiones nucleares.

Quisiera consultar a la Mesa cuánto tiempo queda.

El señor CARDEMIL (Presidente accidental).-

Le quedan diez minutos.

El señor RUIZ-ESQUIDE (don Mariano).-

Muchas gracias.

Bástame dar dos informaciones. La primera está contenida en el informe de las Naciones Unidas para el estudio de los efectos de las radiaciones atómicas en 1972. En él se sostiene que una persona muere o queda gravemente alterada por daños genéticos en la actual generación, por efecto de la bomba francesa, en toda la población de Australia. Agrega que en la segunda generación ya es imposible saber el número exacto de personas afectadas, porque además del caso mortal, hay muchas otras alteraciones genéticas que, por no ser de tan extrema gravedad, no se evidencian ahora, pero su repercusión nadie puede cuantificar, ni siquiera prever en las futuras descendencias. Menos aun puede nadie precisar en qué medida la mutación genética adquiere una monstruosidad con dinámica propia en las generaciones posteriores.

La segunda información proviene del propio Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, en un folleto que tengo a mano, editado en 1972. En su página 12, dice textualmente: Es difícil estimar los efectos genéticos de las radiaciones ionizantes en el hombre, porque en el estado actual nuestros conocimientos son insuficientes. Bastaría esa sola frase para descalificar toda la posición del Gobierno francés, que sostiene que sus experimentos nucleares son inocuos.

¿Cuándo van a aceptar suspenderlos, señores Diputados? ¿Cundo el daño irreversible en generaciones americanas futuras les haya probado que estaban equivocados?

Si el Gobierno francés está absolutamente seguro de que no hay daño en sus explosiones, ¿por qué no las hace, entonces, en los mares cerca de Francia?

Si, en cambio, sus conocimientos son insuficientes, ¿quién les ha dado el derecho de hacernos correr los riesgos de su ignorancia, aunque sean mínimos, a nosotros, los chilenos, los australianos, los ecuatorianos, los peruanos o los neozelandeses? Nadie. Entiéndase bien: nadie, absolutamente nadie. Salvo que, sin confesarlo, estén pensando que no se puede hacer con los franceses lo que se puede hacer con los chilenos. Estoy seguro de que jamás esa idea habrá estado en la mente del Gobierno francés, porque sería contradecir todo lo que por siglos escribió Francia y de lo que tanto se ufana.

Finalmente, señalé al comenzar que la insistencia de Francia en los experimentos del Pacífico Sur contenía una inmoralidad intrínseca, por las razones que la motivaban. Me atengo al mismo documento que he señalado. En su página 3, dice textualmente: Al dotarse de un armamento atómico, Francia entiende: disuadir a un eventual agresor con la amenaza de una respuesta atómica y dispone de los medios de combate si la guerra le es impuesta. Pero también:

Estar presente y ser consultada en el momento de resolverse toda cuestión que ponga en juego el equilibrio mundial y, evidentemente, su propio destino;

Disponer de un poder de apreciación y de decisión, aunque sólo fuera para evitar verse arrastrada en una acción que desaprueba;

Evitar las consecuencias políticas y militares de todo cambio de doctrina en sus aliados.

Señor Presidente, deseo ser extremadamente cuidadoso en el análisis de esta declaración de intenciones, para no dejarme llevar por las palabras. Creo que es una justificación absolutamente inmoral, porque sólo busca satisfacer su afán de grandeza y poderío nacional; porque sólo busca puerilmente sentarse a las deliberaciones de los grandes, con un esfuerzo ridículo, si se compara la economía de Francia con la de Rusia o la de Estados Unidos; porque es un afán absurdo en el cuadro del mundo futuro, que augura mutua comprensión, si Dios quiere; porque no hay ni una sola palabra de paz en toda su motivación. Por eso es inmoral: porque toda esta acción, que sería sólo una estupidez si afectara únicamente a sus ciudadanos, es inaceptable y, repito, inmoral, cuando afecta a hombres de otras naciones.

Pero es, además, inmoral, porque se hace con naciones más pobres y que no tienen fuerzas suficientes para oponerse con eficacia. La acción de Francia en el Pacífico Sur es una expresión degradante del más puro imperialismo y del nuevo colonialismo con que actúa. ¿Persistiría el Gobierno francés en sus pruebas nucleares si la protesta, en vez de ser chilena, peruana, australiana o neozelandesa, proviniera de Estados Unidos, de Rusia o de Alemania? Estoy cierto de que no, y por ello su tozudez tiene también una connotación de cobardía que nos duele como latinos.

Colegas Diputados, hace algunos días, esta Cámara, a petición del señor Cardemil, tomó un acuerdo para expresar nuestra protesta al Gobierno francés. Creo, sin embargo, que debemos reconocer que el país entero no ha tomado debida conciencia del problema y que hemos sido remisos en expresar nuestra oposición junto a otras naciones, que mucho después que nosotros, pero con más vigor, han movilizado a todas sus fuerzas morales, sociales y políticas en contra de las explosiones de Mururoa. Han logrado movilizar a la prensa mundial, a sus propios trabajadores, a sus organismos de comercio exterior, llegando incluso a producir bloqueos comerciales con Francia o a enviar, en abierto desafío, barcos civiles a la zona de las detonaciones.

Por ello, creo que es nuestra obligación despertar más activamente la conciencia nacional y requerir del Gobierno una actitud más enérgica, ya que él, y no nosotros, puede actuar en ese sentido. Sin perjuicio de lo anterior, solicito a la Cámara que, al término de mi intervención, si lo tiene a bien, acuerde lo siguiente:

1º.- Encomendar a la Comisión de Salud de la Cámara que, junto con la del Senado, si ello es posible, escuche las opiniones autorizadas de los organismos chilenos, analice los datos e informe a la Corporación, proponiendo algunas otras medidas que, a su juicio, sean procedentes, en un plazo de 15 días.

2º.- Pedir al Gobierno que extreme, al límite de la conveniencia nacional, su protesta ante Francia, por su absoluta falta de respeto al derecho de Chile a ser escuchado. Representar a Su Excelencia el Presidente de la República que el Gobierno debe medir, serena, pero firmemente, la eficiencia de mantener una actitud respetuosa, reverente y de amistad, con un régimen que expresa públicamente su desprecio por nuestras opiniones.

3º.- Instruir a los representantes de la Cámara ante el Parlamento Latinoamericano para que, en todo lugar y en toda ocasión, expresen el rechazo de Latinoamérica ante las nuevas formas de neo-colonialismo a que se le está sometiendo con grave riesgo de sus naciones y de su fauna marítima.

He querido hablar esta tarde, señores, Diputados, para referirme a un tema que, aunque alejado de la contingencia política diaria, incide en la vida futura del país dé manera tal, que nos llena de angustia y preocupación. Nunca como en esta materia cobran mayor vigencia las palabras de León Felipe: Todo hay que hacerlo ahora. Ahora que el tiempo está pasando. Ahora que aún tenemos un poco de sol bajo las venas.

Mañana puede ser tarde y de nada valdría buscar la responsabilidad de los que, en su infinita ceguera, nos llevaron a la destrucción, porque en ese instante, tal como lo dijera el delegado chileno a que he hecho referencia, lo más probable es que ya no existirán físicamente los culpables, que no habrá jurados para apreciar las pruebas ni jueces para condenarlos.

Que lo que hoy señalamos y denunciamos como atentatorio al interés de Chile sea también una palabra de paz y de reflexión en un mundo que deseamos más libre, más justo y menos preñado de temores. Que nunca se cumpla la terrible amenaza de San Pablo en su Epístola a los Gálatas: Si os mordéis y coméis mutuamente, ¡cuidado!, no sea que terminéis consumiéndoos mutuamente.

He dicho, señor Presidente.

El señor CARDEMIL (Presidente accidental).-

Solicito el acuerdo unánime de la Sala para insertar en la versión el documento a que ha hecho referencia el señor Ruiz-Esquide.

¿Habría acuerdo?

Acordado.

El documento que se acordó insertar es el siguiente:

El señor CARDEMIL (Presidente accidental).-

Solicito también el asentimiento unánime de la Sala para que las Comisiones de Salud de la Cámara de Diputados y del Senado se aboquen al estudio que solicita el señor Diputado.

¿Habría acuerdo?

Acordado.

En nombre del Comité Demócrata Cristiano, se enviarán el oficio a Su Excelencia el Presidente de la República y la comunicación al Comité Permanente del Parlamento Latinoamericano.

El señor LARRE .-

En nombre del Comité Nacional.

El señor CARDEMIL (Presidente accidental).-

Y en nombre del Comité Nacional.

Si les parece, se enviarán en nombre de la Cámara de Diputados.

Acordado.

Le resta un minuto al Comité Demócrata Cristiano.

Ofrezco la palabra.

Ofrezco la palabra.

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