Labor Parlamentaria
Participaciones
Disponemos de documentos desde el año 1965 a la fecha
Antecedentes
- Senado
- Sesión Ordinaria N° 46
- Celebrada el 12 de agosto de 1970
- Legislatura Ordinaria año 1970
Índice
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El señor
Señor Presidente, el discurso del Primer Ministro de Cuba,
Comandante Fidel Castro, sobre el estado de la revolución y del país, pronunciado después de más de 11 años transcurridos desde el derrocamiento del tirano Batista, constituye un hecho de la mayor importancia para el pueblo cubano y para los pueblos de América Latina.
Su análisis es tarea que ninguna fuerza política, especialmente ningún partido popular, puede eludir. Por eso, y porque la exposición de Castro está siendo usada como elemento de presión electoral en nuestro medio, con miras a la elección de septiembre, hemos estimado conveniente exponer con alguna latitud nuestros puntos de vista al respecto.
Al comenzar su intervención, el Primer Ministro de Cuba declaró: "No vamos a rememorar éxitos y logros de la revolución. En el día de hoy vamos a hablar de nuestros problemas y de nuestras dificultades".
La exposición de Castro representa, juzgada desde esta perspectiva, un esfuerzo autocrítico, que envuelve no sólo al aparato administrativo y técnico del régimen, sino también al propio cuadro dirigente de la revolución. Se desprenden de allí los aspectos más negativos y las frustraciones más potentes que afectan al régimen cubano. Además, surge una serie de interrogantes y vacíos que es inevitable señalar.
A partir de una comparación entre el crecimiento demográfico y el escaso porcentaje de personas a las cuales el país les da trabajo fenómeno común a la mayoría de los países subdesarrollados, el Primer Ministro enumera los avances logrados en Cuba en el campo de la seguridad social, de la salud, de la educación y la cultura. En seguida, y a pesar de los beneficios que se derivan del usufructo gratuito de la vivienda, señala un déficit habitacional dramático que alcanza a más de un millón de casas, déficit que llama la atención por su magnitud y por la aparente imposibilidad de superarlo en un plazo tolerable para la población.
En todo este largo e instructivo pasaje, que requería un análisis ponderado del desarrollo social y económico, se echan de menos algunos indicadores fundamentales relativos al crecimiento del producto nacional y al endeudamiento externo, máxime cuando las cifras sobre aumento del gasto público exigían un enfoque más global de la economía que permitiera tener una visión coherente de sus palabras. Con respecto a las fluctuaciones o aumento del producto nacional, no hay ninguna referencia para los once años de revolución; y en cuanto al endeudamiento externo, una sola frase, que se refiere al "desbalance" del comercio con la Unión Soviética.
Un discurso de esta importancia, donde se comparan cifras de 1958 con 1969, debía contener este análisis, de gran interés teórico y punto de referencia fundamental para evaluar el estado de la revolución.
El resto de la exposición de Castro constituye una enumeración de dificultades, de fallas, de fracasos en determinadas industrias, en el transporte, en el abastecimiento, que no contribuyen a esclarecer el cuadro general de su país.
Con los pocos datos confiables que se poseen, creemos conveniente exponer algunas de las realidades que no aparecen claramente establecidas en el discurso de Castro.
1.- El ingreso por persona no parece haber aumentado en Cuba, sino más bien disminuido. Cifras disponibles de las Naciones Unidas indican que en 1962 el ingreso per cápita era de 497 dólares, y que en 1966 había descendido a 478 dólares. Se sabe que la actividad económica se debilitó aún más en los años siguientes. De manera que se puede asegurar que por lo menos dicho ingreso no ha crecido y aún es posible que haya bajado todavía más.
2.- La inversión ha subido en forma substancial, especialmente en la agricultura, industria pesada y servicios sociales. Esto se ha realizado manteniendo el consumo por habitante en el mismo nivel. Como, a la vez, el ingreso per cápita ha disminuido, resulta inevitable que el esfuerzo de inversión se haya sustentado casi exclusivamente en los recursos externos, en vez de basarse en el ahorro interno. En otras palabras, la mayor inversión se ha financiado con préstamos externos.
3.- Lo anterior permite pensar fundadamente que la deuda externa cubana debe alcanzar en este momento magnitudes alarmantes. Si tomamos el déficit de balanza comercial acumulado entre 1962 y 1966, veremos que alcanza a 1.300.000.000 dólares. Suponiendo que en el período de 1967 a 1970 el déficit haya sido igual al de 1966, llegaríamos a fines de este año a un déficit acumulado de 2.500.000.000 dólares. Esto sin considerar el déficit adicional por el pago de intereses por la deuda externa y los pagos de servicios invisibles (seguros, fletes, etcétera).
4.- La ayuda soviética, consistente en préstamos a no muy largos plazos 12 años máximo, ha alcanzado volúmenes inmensos. Aunque nunca se han dado cifras globales, podemos deducir, a través del recuento detallado de cada crédito concedido, que la deuda externa cubana supera los 3.000 millones de dólares. Este es un factor decisivo de dependencia que, según estimaciones muy prudentes, podría empezar a superarse, si los planes económicos tienen éxito, sólo a fines de la próxima década.
Finalmente, respecto al comercio exterior cubano, debemos decir que él también se ha concentrado en los países socialistas, en particular en la Unión Soviética. En 1958 más de 95% de las operaciones de esa naturaleza las realizaba Cuba con países capitalistas. En 1967, el 80% se llevaba a cabo con países socialistas. Este es otro factor de dependencia que se une al anterior, lo complementa y agrava.
Deuda externa chilena y cubana.
Me parece necesario formular algunas consideraciones sobre la comparación entre las deudas externas chilena y cubana, que permitirá dar muchas más luces al significado que este rubro tiene para la independencia y soberanía, más bien dicho para la dependencia económica de Cuba respecto de los países socialistas, particularmente de la Unión Soviética.
Comparando nuestra situación con la cubana en materia de endeudamiento externo, llegamos a ciertas conclusiones.
Cuba, con una población ligeramente inferior a la nuestra, se endeuda a una velocidad tres veces superior al ritmo en que lo hace Chile. En efecto, mientras nuestro país ha visto crecer su deuda externa pública a razón de 108 millones de dólares anuales como promedio, Cuba lo ha hecho, según estimaciones muy prudentes, en 350 millones, o sea, a un ritmo tres veces superior al chileno.
Esto significa, en términos de política exterior, que el peligro de aumentar la dependencia es infinitamente superior para Cuba que para Chile. En este último país, la tendencia es a disminuir ese factor, mientras que en Cuba aumenta aceleradamente.
Si tan sólo consideramos el pago de intereses, veremos lo siguiente: estimando en forma muy favorable para Cuba que su deuda total con los países socialistas ascienda a 2.500 millones de dólares, y suponiendo que el endeudamiento sea con un interés de 4% anual, es decir, que se trata de préstamos de ayuda y no comerciales, veremos que sólo por concepto de intereses ese país debe pagar 100 millones de dólares al año. En otras palabras, un tercio del endeudamiento anual de Cuba se contrae sólo para el pago de intereses. Todo esto, sin considerar las amortizaciones.
Sobre este particular solicito que se inserte en el texto de mi discurso un cuadro comparativo de la deuda externa chilena con la cubana.
El señor
Oportunamente se recabará el acuerdo necesario, señor Senador.
El documento cuya inserción se acuerda más adelante es el siguiente:
"Deuda externa chilena y cubana.
Frente al creciente endeudamiento externo cubano, que aumenta en más de 350 millones de dólares al año, sin que se vea aún claro el momento en que esta tendencia disminuya y se detenga, podemos mostrar cifras muy claras del endeudamiento externo chileno.
En 1958 fue de US$ 522.000.000.
En 1964 llegó a US$ 1.630.000.000.
En 1969 alcanza a US$ 2.084.000.000.
Esta lista comprende la deuda externa pública y privada. Si tomamos sólo la deuda externa pública, el cuadro no se modifica sustancialmente.
En 1958 era de US$ 379.000.000.
En 1964 llegó a US$ 1.028.000.000.
En 1969 alcanza a US$ 1.567.000.000."
El señor
Como puede apreciarse, en los vacíos de la exposición de Castro se encuentran, quizás, elementos demasiado importantes como para haberlos omitido, que explican la situación global de la economía cubana.
Ellos no invalidan indudablemente el cambio profundo y drástico que ha experimentado la vida cubana, que ha permitido considerar esta experiencia como una revolución. Hay modificaciones profundas e irreversibles en el proceso cubano que nadie puede desconocer.
Un análisis de la revolución, considerados sus perfiles y complejidades propios, no admite comparaciones antojadizas y oportunistas.
El caso de Cuba poco o nada tiene que ver con la situación chilena. Las circunstancias en que allí triunfó la revolución encabezada por Castro, la derrota de una cruel dictadura, el grado y la magnitud de la dominación extranjera; la disolución de la autoridad, las fuerzas armadas y los centros de poder a medida que la guerra civil arreciaba, hacen que el proceso de los últimos años sea propio y específico de Cuba, irrepetible en América Latina.
La historia de Cuba es muy diferente de la del resto del continente. Debe recordarse que ese país fue colonia española hasta la guerra de 1898. Es necesario tener presente el fracaso que significó en Cuba todo intento por transferir allí los esquemas políticos europeos del siglo XIX; el nivel de formación cultural de este pueblo, y que la cercanía con los Estados Unidos determinó que las relaciones entre ambos pueblos se desarrollaran en forma muy diferente a las que imperaron, por ejemplo, entre Chile y aquella nación. Por todo ello, la etapa de historia cubana anterior a Castro nada tiene que ver con la chilena antes del actual Gobierno. Castro y su régimen surgieron como respuesta del orgullo nacional cubano a un régimen corrompido y entreguista. Luego viene, por razones aún incompletamente aclaradas por la interpretación histórica, el viraje de Castro hacia el marxismo, posterior a su ascenso al poder, y que no debemos olvidar.
La revolución chilena.
El análisis que hago tiene una necesaria relación con la experiencia de la revolución chilena, que hemos llamado popular y democrática.
¿Qué tiene que ver esto con el cuadro chileno?
Aquí hay una situación totalmente diferente. Señalaremos tan sólo los rasgos más importantes que precisan esta diferencia.
En Chile, en 1964, se escoge una vía democrática y nacional para construir un nuevo Estado y una nueva economía. Se destaca este proceso nítidamente, porque tiene por fin el ascenso social de las grandes mayorías. Pero el contexto en que se quiere lograr es diferente y, podría decirse, único en Latinoamérica. Los datos básicos de este contexto son:
Amplio respeto del valor democracia, concebido esencialmente como lo hizo Lincoln hace 100 años, pero convertido en realidad en un esquema diferente: como un sistema de Estado y de Gobierno que permita la concreción de los anhelos de la gran mayoría nacional, realizados por gobernantes esencialmente temporales, definidos y destacados, no por aureolas místicas, sino por caminos u opciones que ofrecen al pueblo. Esenciales también para el concepto de democracia en la conciencia chilena son la responsabilidad del Mandatario, la publicidad total de su gestión, la obligación de rendir cuenta frente a una oposición institucional permanente;
Respeto del pluralismo, entendido como el derecho de los ciudadanos e instituciones de postular a ideales diferentes, afirmarlos y luchar por ellos. Esta idea del pluralismo, como se ve, es un desafío formidable, al que todo totalitarismo renuncia desde su partida, tratando de asfixiar no sólo las ideas contrarias, sino incluso caminos o métodos diferentes para metas idénticas. Toda la realización del programa democratacristiano se hizo respetando este principio, que significó para el movimiento una guerra en dos frentes, soportando dos tipos de crítica absolutamente incompatibles entre sí;
Otro aspecto esencial para entender el fenómeno chileno es que él tiene, desde la partida en 1964, un carácter gradual. El hecho de que la Democracia Cristiana designara ese año a Eduardo Frei como su líder, y que el pueblo chileno lo eligiera Primer Mandatario de una nueva etapa, significaba una manera de realizar aspiraciones. El hecho de que en 1970 la Democracia Cristiana eligiera a Tomic como su abanderado, significó también algo bien preciso, indisoluble del hecho de haberse realizado ya un primer Gobierno democratacristiano. Así, dentro de una línea programática, Tomic significa la intensificación de objetivos insinuados, propuestos e incluso realizados por Frei en una primera etapa.
Vayan dos ejemplos tan sólo: Primero, la política del cobre, en que en una primera fase se afirma una chilenización, para, en 1970, pretender la nacionalización total, tanto de la riqueza como de la gestión cuprera.
El otro aspecto es el institucional político: en el primer Gobierno se organiza al pueblo (juntas de vecinos, sindicatos en todos los sectores); en el segundo, se afirma la necesidad de ajustar los órganos de Gobierno y de soberanía (Ejecutivo, Parlamento) a las funciones de una sociedad política definida por el más alto grado de participación de sus miembros en las grandes decisiones nacionales. Es preciso dejar constancia de que para nosotros el respeto de la democracia, lejos de ser signo de conservantismo y respeto de lo formal, tiene el signo de una constante revisión de las funciones que cumplen las instituciones, sobre todo políticas.
Luego de este análisis, cabe preguntarse : ¿qué elementos en común tiene la Cuba de 1958, en que manda un tirano que tiene sometido su país a intereses foráneos, con el Chile de 1970, a seis años ae haber iniciado un proceso gradual y acelerado de desarrollo político y social deseado, consentido y construido por la gran mayoría nacional?
¿Qué elemento es el que hace que alguien pretenda comparar, con una mínima dosis de racionalidad, ambas situaciones, para recetar a ambas igual solución política?
Creemos que hay pocos puntos de contacto entre las dos realidades, y por ello consideramos sospechosas muchas de las comparaciones. que, con precipitación y superficialidad, se hacen por parte de algunas de las fuerzas políticas de este país.
Por eso es necesario afirmar que, así como en Chile no podrá repetirse un proceso como el de Cuba, con sus características, circunstancias y posibilidades, tampoco es aceptable que se niegue nuestro claro avance social y la validez del proceso transformador iniciado en 1964 y ratificado en 1970, con nuevas metas, tratando de exhibir frente a ello, mediante un razonamiento inmaduro e infantil, un cuadro revolucionario como el cubano.
Nuestros principios y la revolución cubana.
En los once años transcurridos de la revolución cubana, diversos documentos del Partido Demócrata Cristiano han analizado el proceso, valorando su sentido, sus innegables progresos, y criticando la falta de control democrático y ciertos atropellos a los derechos de la persona.
Una posición así no se resume en un simplista pro o contra, como quisieran algunos, para aprovechamiento inmediato de la situación. Nuestras diferencias no están construidas sobre el valor puro de los principios, ni tampoco en el olvido del contexto histórico que precedió la revolución cubana.
Nuestra crítica ha deseado siempre hacer un aporte cuyo sentido profundo sea la democratización del proceso. No damos lecciones ni las recibimos. No pretendemos transplantar a la historia cubana las instituciones clásicas de la democracia europea. Señalamos, antes y ahora, que el control democrático por medio de órganos institucionalizados que permitan la crítica y el diálogo, la participación y la generación democrática de los dirigentes es no sólo un proceso político, sino un ordenamiento general que facilita el desarrollo económico y social. Esta es una afirmación de la democracia en su contenido más sustantivo y en las formas históricas en que cada pueblo las construye.
Creemos que la democracia y la revolución son conceptos inseparables, y luchamos por ello.
Rechazamos los regímenes totalitarios.
Nuestra discrepancia con los regímenes totalitarios se afirma no sólo en una irreductible creencia en los derechos y valores inherentes a la persona humana sino en la firme comprobación de que la política, la cultura y la ciencia contemporáneas, sean de la naturaleza o del hombre, trabajan al final del siglo XX por el pluralismo político, la diversidad cultural y los métodos parciales de interpretación científica. El hombre moderno afianza el valor de la libertad en el valor de la crítica. No existen monopolios de verdades completas, culturas superiores o regiones del mundo donde el hombre alcance una tierra de promición completa y total.
El debate acerca de las revoluciones si se quiere, fecundo es imposible cuando los defensores de un proceso renuncian a la crítica y asumen el dogmatismo y su consecuente y pernicioso sectarismo. En Chile, los partidos de la Izquierda tradicional y los grupos de ultra izquierda han praticado una apología de la revolución cubana monocorde y presuntuosa. Por eso, la autocrítica del Jefe de Estado cubano les derrumba muchos prejuicios y pone a luz innumerables contradicciones del régimen. Nuestro método de discusión es en niveles relativos, sean indicadores económicos, sociales o culturales, apreciaciones humanas o valorizaciones técnicas, sin introducir un padrón único de análisis, pues éste lleva a "falsas religiosidades" y a ver milagros en toda la realidad de un país, por prosaica que ella sea.
La autocrítica pública requiere un marco democrático.
Por lo demás, la autocrítica es siempre positiva, tanto en la vida pública como en la privada. Pero no hay que confundir. En un sistema político, la autocrítica pública, es decir, la de los gobernante, debe traducirse en una rectificación de rumbos o en cambios en el equipo dirigente. Y esto debe hacerse siempre con participación de todos los ciudadanos. Si no se dan estas condiciones, estaremos sólo en presencia de un fracaso confesado públicamente, como en el caso cubano, o, a lo más, de una autocrítica privada sin eficacia ni resultado alguno, por más que sea hecha desde una tribuna pública.
En estas última situación, no terminarán las frustraciones ni los sufrimientos del pueblo, que es, en definitiva, quien paga los errores confesados.
En América Latina se desarrollan diversos procesos de transformación social que constituyen novedosas y singulares expresiones del deseo de los pueblos de construir la democracia y la revolución simultáneamente. No hay ortodoxia previa para valorar estos intentos de los pueblos, sean en el Perú, Cuba o Chile. Cada pueblo escribe una historia singular. Es una obcecación negar los progresos de transformación de nuestro país por el puro hecho de que no se ajuste a esquemas prefabricados marxistaleninistas, o llamarlos despectivamente "reformismo" porque tienen el valor de pagar el precio del pluralismo y la democracia. Los esquemas ideológicos en nuestro continente van construyendo, por la originalidad de la cultura latinoamericana, expresiones singularísimas, ambivalentes, donde el progreso y las dificultades impiden juzgarlas de una manera lineal.
La reacción de la Derecha y de la Izquierda marxista.
Decíamos que el proceso cubano no admite comparaciones antojadizas y oportunistas. Sin embargo, en la actual campaña presidencial se ha pretendido utilizar el discurso de Castro con fines electorales y se ha caído en los peores excesos.
La Derecha ha recibido con indisimulada alegría el documento de Castro y no ha vacilado en desatar una campaña publicitaria destinada a sacarle partido para beneficiar a su candidato, el señor Alessandri. El ejemplo más destacado en este sentido lo constituye un aviso publicado por el Comando Alessandrista, en que, frente a una cita del discurso de Castro, que enumera algunos de los incumplimientos respecto a lo planificado, se dice lo siguiente: "Chile no puede ser condenado a seguir el ejemplo de Cuba. Chile no puede ser condenado a que algún día el señor Allende o el señor Tomic tengan que reconocer, al igual que Fidel Castro, que su revolución ha fracasado... que vino el caos y que todavía peores hambrunas y privaciones vendrán en los próximos diez años..."
¡Así se tergiversa la realidad y se deja al descubierto la abismante pobreza intelectual de la Derecha!
El país sabe perfectamente cuál es el camino que la Democracia Cristiana y su candidato a la Presidencia de la República han propuesto: continuar la obra emprendida hace seis años por Frei, acelerando y profundizando los cambios ya iniciados y dando los pasos que el país requiere en la nueva etapa que hemos contribuido a abrir. Se trata de sustituir el sistema capitalista y neocapitalista de la economía, que funciona para pequeñas minorías, mediante la realización de una revolución chilena, democrática y popular.
Chilena, precisamente porque creemos que nuestra situación histórica tiene perfiles absolutamente propios que hacen imposible copiar otras experiencias.
Democrática, porque la legitimidad del proceso descansará siempre en la voluntad del pueblo que contará con los actuales canales de expresión (sufragio universal y secreto), más aquellos, como el plebiscito y la participación popular, que amplían el ejercicio de la democracia.
Popular, porque está orientada a servir a las grandes mayorías nacionales, al trabajador manual e intelectual, al profesional, al técnico, al productor que crea riqueza para su patria.
La Derecha, en su desesperación ante su inminente derrota, todo lo que es capaz de decir es que Tomic podría tener que reconocer que su revolución ha fracasado. Aparte que vale la pena destacar el hecho de qué la publicidad derechista terminó por convencerse de que Tomic no es tercero, como quiso demostrarlo hace un tiempo, y que ahora lo ataca por lo que podría suceder en su gobierno, podemos tranquilizar al país, pues no habrá fracasos. La Democracia Cristiana ya ha demostrado su eficacia, gobernando durante seis años; poniendo en marcha un programa de transformaciones profundas; adquiriendo una valiosa experiencia que está decidida a aplicar en una etapa aún más trascendente que la ya cumplida. El pueblo chileno confía plenamente y nada teme. Sólo el reducido núcleo de dirigentes derechistas que pretenden resguardar sus intereses haciendo "volver" a Jorge Alessandri, tiene razones para temer. Ellos saben que su influencia, su tremendo poder económico y político, terminará definitivamente con el Gobierno de Tomic, porque así se expresa una democracia.
Confusión de la Izquierda marxista chilena.
Por su parte, la izquierda marxista, sus representantes y su propio candidato, han evidenciado mucha confusión. Resulta indudable que el discurso de Castro los tomó de sorpresa y que debieron hacer un rápido esfuerzo para reponerse de la misma. El domingo 26 de julio, la Unidad Popular ensalzaba los "éxitos" de la revolución cubana en un tono impregnado de religiosidad. Luis Corvalán y Salvador Allende enviaban cables a Castro en el mismo sentido. A la misma hora, éste pronunciaba en Cuba su histórico discurso mostrando crudamente sus problemas y dejando al desnudo, más que sus propios problemas, el dogmatismo y la "beatería" de sus seguidores chilenos.
Su conducta posterior se ha destacado por su inconsecuencia. Los dirigentes de la candidatura de Salvador Allende cayeron en la tentación de hacer comparaciones, y lo hicieron con mezquindad. Exaltaron la honestidad política mostrada por Castro en su discurso y quisieron contraponerla a la del PresidenteFrei, señalando que este último carecía de esa cualidad porque le escondía al pueblo su fracaso.
¡No podían haber recurrido a peor ejemplo, ni caído en pequeñez mayor!
El pueblo sabe que al proceder así cometen una grave injusticia y falsean los hechos. El Presidente Frei ha realizado tanto en los Mensajes Presidenciales como en las múltiples ocasiones en que se ha dirigido al país, crudos análisis de la situación chilena y ha reconocido los reveses con absoluta honestidad. Lo mismo han hecho sus Ministros, los altos funcionarios de la Administración Pública, los dirigentes y parlamentarios de la Democracia Cristiana.
Lo que pareciera dolerles a los representantes allendistas es que hayamos tenido éxito en estos seis años y que, en el balance global, sean muchos más los puntos cumplidos del programa que se ofreció al país, que los incumplidos parcialmente. No podemos decir que Frei y la Democracia Cristiana hayan fracasado, por la única y simple razón de que ello no es así. Que esto desespere a los dirigentes del allendismo es problema de ellos y no nuestro.
Además, cuando la Izquierda marxista nos critica porque no hemos podido cumplir totalmente algunas metas, olvida valorar el costo que implica para el país seguir viviendo dentro de la ley y de la democracia, que dicha fuerza política promete respetar. Si sus dirigentes están dispuestos a no pagar dicho costo, por considerarlo excesivo, sería conveniente que lo dijeran para que el país supiera a qué atenerse.
Por nuestra parte, creemos que el país progresa más rápida, segura y sólidamente dentro de la democracia que fuera de ella, aunque ello implique la existencia de obstáculos que no se enfrentarían en un sistema totalitario.
En contraste con actitudes tan simplistas y carentes de seriedad, se encuentran afirmaciones que demuestran disposiciones espirituales más abiertas al estudio objetivo de la realidad latinoamericana.
Se destacan con mucho énfasis las expresadas por el Vicepresidente de Yugoslavia, Eduard Kardelj, persona que pertenece al mundo comunista, que goza de prestigio universal desde hace un cuarto de siglo; que en su época fue un luchador en la guerra por liberar a su país del nazismo; que combatió con un arma al brazo; y* que con su mente y espíritu contribuyó a crear sistema de relaciones llamado "congestión", que aplicó en su patria.
Hace pocos meses este personaje estuvo en Chile. La Democracia Cristiana dialogó abiertamente y largas horas con él. De esas conversaciones nos sentimos ampliamente satisfechos y enorgullecidos.
Kardelj demostró que el pensamiento marxista, aplicado con independencia, con altura, con patriotismo real, con honestidad intelectual y con rigor lógico en el análisis de una situación histórica, es capaz de construir algo que nosotros empezamos a avizorar como una especie de nuevo humanismo. Quienes fundamos nuestra ideología en el humanismo cristiano, vemos así el pensamiento de hombres como Kardelj. Por eso estamos atentos a considerar esa experiencia.
Esta autoridad yugoslava, creadora del sistema de la cogestión, que hace muchos años independizó a su país de la Unión Soviética, regresó a su país después de una gira por América Latina, y dijo: "Es común en Europa creer que las únicas alternativas de cambio en América Latina están representadas por los partidos marxistas de base obrera". Y agregaba: "Esto no es así. Yo diría que las experiencias más novedosas y profundas se están realizando en este momento en Chile y Perú, en un caso por la Democracia Cristiana y en otro por una Junta Militar de Izquierda".
Al negarnos a comparar la experiencia cubana con la chilena, no eludimos el debate sobre los grandes problemas de los pueblos latinoamericanos. Sólo pretendemos situar las cosas en una perspectiva real y discutir con altura. Cuba pertenece a la comunidad latinoamericana y sus problemas los sentimos como nuestros. El bloqueo sigue siendo, a nuestro juicio, una medida ilegal e inhumana, y consideramos que debe ser levantado. Aún más, frente a los actuales problemas de la economía cubana pensamos que el levantamiento del bloque es un deber de solidaridad urgente de llevar a cabo.
A este respecto, quisiéramos señalar que no aceptamos el tono jactancioso que utilizan los dirigentes comunistas y socialistas cuando se refieren al bloqueo creyendo ver debilidad en la conducta del Gobierno chileno. Un régimen que ellos tanto admiran y alaban, como el soviético, ha aplicado sanciones económicas a países que han tratado de actuar con independencia. La Unión Soviética casi estranguló a Albania en 1961, cuando, a raíz de su ruptura, entre otras medidas, le exigió el pago inmediato de los créditos que le había otorgado y que debían empezar a cancelarse sólo en 1970. China sufrió sanciones cuando se produjo el cisma en el mundo comunista, aunque, por supuesto, con menores resultados a causa del gran tamaño y población de ese país. Yugoslavia ha debido soportar sanciones económicas. Esto sin contar que a veces, en vez de este tipo de sanciones, lisa y llanamente se ha usado la fuerza militar como en los casos de Hungría y Checoslovaquia. El Gobierno chileno se ha manifestado categóricamente contrario al bloqueo a Cuba y ha dado pasos importantes para que termine. Al respecto, no aceptamos lecciones ni de comunistas ni de socialistas chilenos. Lo único que se ha negado a hacer es actuar unilateralmente, no porque no pueda dar un paso semejante, sino por estrictas razones de interés nacional que el Presidente de la República y su Ministro de Relaciones han debido pesar y evaluar en uso de atribuciones constitucionales claras.
Sin embargo, es de interés recordar que hace pocos meses Chile rompió el bloqueo asilándose en normas de carácter humanitario; hoy día, está haciendo llegar a Cuba productos del pueblo chileno, muchos de los cuales, precisamente, son fruto de los asentamientos de nuestra patria. Estos actos dan testimonio de un claro y neto avance económicosocial en un sector importante de nuestro pueblo.
Tampoco caemos en la ignominia de alegrarnos con los sufrimientos de un pueblo hermano. Preferiríamos que los problemas expuestos por Castro hubieran sido ya resueltos y no esperaran a los cubanos otros años más difíciles aún.
Precisamente, la gravedad de todos estos hechos, el dolor que significa para un pueblo perteneciente a la comunidad latinoamericana, es lo que nos obliga a analizar el cuadro con el máximo de responsabilidad.
En él, nosotros, que propiciamos un debate político claro y objetivo, no vemos ni un motivo de regocijo ni una coyuntura para sacar dividendo electoral.
Vigencias de los grandes valores humanos.
La oportunidad que se nos da es una más para afirmar, como latinoamericano, la plena vigencia que siguen teniendo los grandes valores humanos que constituyen nuestra plataforma ideológica; humanisno integral, dignidad humana, democracia activa, funcional, efectiva; pluralismo sin reservas; mecanismos de planificación política flexibles que posibilitan el constante cotejo y revisión de las metas de un gobierno y el diálogo acerca de su concreción.
Creemos, como políticos, en la eficiencia de los sistemas de libre discusión de las grandes metas nacionales y su rectificación oportuna. Nos parecen mejores y más respetuosas del pueblo que el reunirlo para darle la sorpresa de un panorama más sombrío que el difundido con anterioridad.
Dos afirmaciones plenamente válidas.
Quisiera terminar mis palabras extrayendo dos conclusiones que me parecen válidas en esta hora.
La primera consiste en que quienquiera que desee renunciar a tener al pueblo constantemente informado sobre la gestión gubernamental y le impida su plena participación en las decisiones políticas de jnayor envergadura, como ha sido el caso de Cuba con Fidel Castro quien después de once años hace lo que unos llaman "autocrítica", y otros, "confesión de un fracaso", corre el riesgo de experimentar dificultades graves que afectaran hondamente a todo su pueblo.
La segunda es nuestra íntima convicción de que Chile escogió el camino correcto en 1964 y debe seguir por él en 1970. Un análisis profundo de nuestra realidad así lo indica. El discurso de Castro, que nos ha llevado a considerar la situación cubana y todo su contexto, ratifica dicha posición, para nosotros irrenunciable.
Una condena necesaria.
Finalmente, deseo expresar algunas palabras de condena a que estamos obligados quienes actuamos como dirigentes en la vida política nacional.
Después de su discurso, que fue una sorpresa desagradable para la Izquierda marxista chilena, encerrada en una conducta tradicional, Fidel Castro volvió a opinar en una entrevista.
Estimamos que sus expresiones tratan, en gran medida, de mejorar la situación política y electoral de la Izquierda marxista, de la Izquierda tradicional chilena y de su candidato, el Senador Salvador Allende. Su posición estaba gravemente afectada por la contradicción del fracaso de una de las vías de cambio para los pueblos latinoamericanos, de uno de los caminos indicados para una revolución, que nada tiene que ver con la experiencia chilena propuesta e iniciada por Eduardo Frei en 1964, y que hoy nosotros replanteamos con Radomiro Tomic, fijando nuevas metas. Esta segunda intervención de Fidel Castro tuvo esta finalidad.
Sin embargo durante estos días ha ocurrido un hecho que vinculo con las palabras de Fidel Castro y con la posición sostenida en Chile por lo menos por una parte de la izquierda marxista, por el Partido Socialista. En un país como Uruguay, donde no hay dictadura, aunque corresponde a un Gobierno de Derecha, se ha asesinado a un representante, seguramente con rango diplomático, de un país extranjero: a un asesor policial, a un tercero en una pugna interna del pueblo uruguayo; a un hombre absolutamente inocente de lo que allá ocurre. Un grupo denominado "Tupamaros", constituido por hombres de extrema izquierda, similares a algunos que empiezan a actuar en nuestro país, simplemente asesinó a esa persona porque no se accedió a canjearlo por 150 prisioneros pertenecientes a ese movimiento.
En nombre del Partido Demócrata Cristiano y de la candidatura Tomic, quiero ser muy claro en decir que no desconocemos que los pueblos latinoamericanos no disfrutan en el mismo grado de regímenes de democracia y de respeto de los derechos fundamentales del individuo. Hay países donde se conculcan, se atropellan y no se respetan la vida, las ideas y los derechos más inherentes y fundamentales a la persona humana. Probablemente Cuba sufría en 1958 tales injusticias; de ahí que siempre hemos legitimado el proceso inicial de la revolución cubana.
El hombre nacido y criado para ser libre, física y espiritualmente, debe levantarse y alzarse en nombre de su dignidad de ser humano; si en su patria no existen las condiciones para que pueda decidir en términos de paz social, debe sacar fuerzas de sí mismo y de alguna manera superar un estado de esclavitud física y moral. Repito: eso lo reconocemos; no tenemos dudas sobre ello.
Somos los primeros en condenar la violencia institucionalizada. Esto es donde las mismas instituciones jurídicas y políticas vigentes desconocen esos valores esenciales. En esos momentos históricos, cuando el hombre se encuentra dentro de ese contexto políticosocial, debe levantarse, y afirmo que debe hacerlo como pueda, y si la única manera de rebelarse es con el arma al brazo, así debe proceder.
¿Qué tiene que ver esto con el asesinato del representante extranjero en Uruguay a manos de los tupamaros, hombres de la ultra izquierda de ese país? Nada, absolutamente nada. Ninguna relación tiene una cosa con otra.
La Democracia Cristiana chilena condena ese cobarde asesinato, que lleva al ser humano a la época de las cavernas. Ninguna ideología o tesis política puede justificar el sacrificio de la vida de un inocente. En esas condiciones la muerte de un inocente representa una negación brutal de los derechos humanos. Frente a la necesidad de confesar esta verdad, nadie que se respete mínimamente podrá dejar de reconocer que así es.
Al respecto, quiero hacer una reflexión válida para nuestro cuadro político electoral. En Chile, particularmente desde 1964 no digo sólo desde esa fecha, la Democracia Cristiana, con Eduardo Frei, ha tratado de perfeccionar la democracia. Ya existía un régimen democrático que era como una isla, orgullo nuestro en América Latina. Desde 1964 hemos tratado de dar mayor grado de participación al pueblo chileno, a fin de que tenga canales abiertos que soberanamente le permitan cambiar su realidad social. Cuando los gobernantes rinden cuentas, en virtud de tales medios, el pueblo puede decidir si continúa por la senda en que se encuentra o elige un camino distinto. Tiene esas posibilidades y, más aún, con las esenciales modificaciones a la Constitución Política del Estado y la incorporación del plebiscito, hemos contribuido a perfeccionar la democracia en Chile.
Porque nuestro país ha vivido un proceso de robustecimiento en su faz social y política, que le ha permitido dar al pueblo más participación y fuerza, creemos que en Chile nadie puede tener pretextos para ser ambiguo respecto de crímenes de esta clase.
En nuestra patria no hay razón alguna que permita asegurar que existe violencia institucionalizada que impida al individuo resolver su propio destino. Aquí el pueblo puede hacerlo por la vía democrática más perfecta y abierta.
Junto con condenar esos acontecimientos, creo que si aquí surgen tupamaros criollos, deben ser encarcelados; y si la ley no es suficiente para castigar a quienes pretendieran iniciar una experiencia de crímenes de esa clase, nuestra legislación deberá ser modificada, y con mayor razón a partir de 1970.
Confiamos en que la Democracia Cristiana seguirá gobernando al país con Tomic, quien ya está comprometido en un programa de Gobierno. Esta segunda etapa de la Administración democratacristiana se caracterizará por un proceso de amplia participación del pueblo organizado en los distintos niveles del Poder. Habrá que estudiar las estructuras políticas, jurídicas y económicas para adecuarlas en términos que la participación del pueblo chileno no consiste sólo en votar cada cuatro o seis años, como ocurre actualmente.
El proceso de participación es algo que da tal legitimidad a la democracia, que, después de estas expresiones, puedo hacer la segunda afirmación: que en el próximo Gobierno de Tomic los tupamaros criollos no podrán entorpecer ni entrabar el esfuerzo necesario para que el pueblo chileno, unido en un esfuerzo común, pueda construir su propio camino de ascenso y fijarse metas de desarrollo económico social y de perfeccionamiento de su propia democracia. Si surgen tales grupos extremistas, deben ser barridos y suprimidos. No es posible que de repente afloren, en nombre de una doctrina caprichosa, que no tiene cabida ni puede ser justificada de ningún modo, grupos de esta índole, y pretendan enfrentar lo que en Chile representará la más clara, limpia y auténtica voluntad de nuestro pueblo.
Pronuncio estas palabras porque estamos a pocos días de una decisión en que el pueblo tendrá como lo hace cada seis años en Chile que elegir otra vez su propio camino. Lo hago en nombre del Partido Demócrata Cristiano y del hombre que nos representa, nuestro abanderado Radomiro Tomic. Pero más que nada emito estos conceptos en nombre de nuestra más profunda convicción auténticamente democrática y de nuestra profunda e irrenunciable adhesión a los principios básicos en los cuales sustentamos nuestra acción para defender al ser humano, al hombre, a la comunidad: sus derechos fundamentales.
Eso es todo, señor Presidente.