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Homenaje
HOMENAJE A DON JOSÉ MANUEL BALMACEDA CON MOTIVO DEL OCTOGÉSIMO ANIVERSARIO DE SU MUERTE

Autores

El señor SANHUEZA (Presidente).-

Tiene la palabra el señor Jáuregui, don Pedro.

El señor JÁUREGUI (de pie).-

Señor Presidente, durante el receso parlamentario, precisamente, el 19 de septiembre próximo pasado, se cumplió un aniversario más, en este caso el octogésimo, de la muerte de uno de los más grandes Presidentes que haya tenido Chile: me refiero a don José Manuel Balmaceda.

Queremos, en esta ocasión, dentro de los breves minutos de que disponemos, recordar con respeto y admiración algunas de las facetas de su actuación, que a través del tiempo han conservado especial vigencia; queremos, en una palabra, reactualizar el espíritu de Balmaceda en relación a los momentos que vive el país en este instante.

La figura de Balmaceda se yergue con los rasgos del gran estadista, del gran patriota, del gran antiimperialista en ese decenio brillante y magnífico ubicado entre dos conflictos armados, como fueron la Guerra del 79 y la Revolución del 91.

A grandes rasgos, podemos distinguir dos períodos en la administración de Balmaceda: el primero, y más trascendental, es el período de la transformación liberal, si así pudiéramos decir, en la vida constitucional de Chile; el segundo, es aquel en que Balmaceda es el reformador audaz, a quien cabe la importante misión de sustituir por un gobierno puramente democrático el parlamentarismo que en aquel tiempo hacía crisis. En este período, con su energía y su patriotismo, Balmaceda fue el llamado a reconstituir el principio de autoridad, de orden y disciplina, amenazado por la anarquía de los partidos políticos. En este aspecto, Balmaceda fue el Presidente mártir, que no habiendo podido hacer triunfar sus principios, muere voluntariamente sobre la pira que le levantaron sus propios enemigos.

Hay una gran identificación, señor Presidente, entre Balmaceda y Portales, similitud que es captada muy bien por su biógrafo don Julio Bañados Espinoza, cuando dice: "Portales, al morir mártir en las alturas de Barón, legó a los hombres de Estado de Chile, un compromiso heroico y un deber sublime: el compromiso de afianzar, a toda costa, el orden público como único medio de llegar a la libertad, y el deber de dar hasta la vida en defensa del principio de autoridad". Balmaceda procedió en consecuencia.

Para analizar el Gobierno de Balmaceda, es necesario, previamente, señalar que a partir de la Independencia, Chile inicia un proceso de vigoroso desarrollo, de continuada expansión y de profundas transformaciones motivadas, en forma fundamental, por la revolución industrial, los movimientos liberales y los cambios culturales que se producían en Europa.

Largo sería enumerar la labor febrilmente creadora realizada por Balmaceda, y ella no puede ser expuesta dentro de los breves minutos de que disponemos. Diremos, tan sólo, que en obras públicas las inversiones aumentaron de un 20% a un 35%; los fondos destinados a la colonización en el sur del país aumentaron en un 900 % ; el presupuesto de educación se aumentó en un 200%; se construyeron más de 1.200 kilómetros de vía férrea, más de 1.000 kilómetros de caminos y más de 300 puentes, entre otros el viaducto del Malleco. Resumiendo, podemos decir que jamás, ningún gobierno ha realizado proyectos tan vastos como los que puso en práctica Balmaceda. Como lo expresara Hernán Ramírez Necochea en una conferencia sobre el tema, "un dinamismo sin precedentes ponía en actividad los recursos del Estado; un aliento renovador, sacudía a la nación entera, impulsando enérgicamente su progreso".

Balmaceda fue un gobernante visionario: vislumbró lo que con el tiempo serían las grandes industrias textiles, papeleras, del acero y la electricidad. Así, en la inauguración de la Exposición Nacional de 1888, decía: "¿Por qué no se fabrica en Chile todo el papel que en Chile se consume y no se elaboran las telas de algodón, aquí donde los torrentes de Los Andes corren al lado de las ciudades y cruzan los villorrios llevando en sus ondas la fuerza generadora y la posibilidad de dar a la mujer ocupación activa, útil y honesta? ¿Es posible que en esta tierra del hierro y del carbón no produzcamos y elaboremos el acero? ¿Hasta cuándo nuestra agricultura vivirá de las producciones iniciales del trigo y de la ganadería, y no transforma el trabajo, aplicándolo a las labores más inteligentes, más útiles y capaces de satisfacer el alza natural y necesaria de los salarios? ¿Por qué el crédito y el capital que juegan a las especulaciones de todo género en los recintos brillantes de las grandes ciudades, se retraen y abandonan a les extraños, la explotación de las salitreras de Tarapacá, de donde mana la savia y el salitre que vivifica el mundo envejecido?"

Esa era, señor Presidente, la visión que Balmaceda tenía de los grandes problemas nacionales, anticipándose en 50 años a la solución que Gobiernos posteriores le darían en el futuro.

Balmaceda, en razón de su política de cambio y de avanzada social, fue duramente combatido por los partidos políticos de esa época. Personeros como Julio Zegers, Eulogio Altamirano, Carlos Walker, e incluso Mac Iver, se movilizaron procurando paralizar la actividad nacionalista del Presidente, el primero en nuestra historia que se colocó en una franca actitud de lucha contra el imperialismo y los intereses foráneos.

Se ha dicho que Balmaceda fue un dictador; la verdad es que los hechos lo obligaron a practicar una política dura a raíz de la ruptura con el Congreso. Los hechos de violencia que se registraron antes de la derrota presidencial fueron ordenados por su Ministro don Domingo Godoy, en forma directa, y a Balmaceda le cabe la responsabilidad de todo Jefe de Gobierno. La Revolución del 91 fue un episodio en que fundamentalmente se enfrentaron, por un lado, los elementos regresivos, temerosos de los cambios y de todo lo que significara amenazar sus privilegios y su predominio; por otro lado, junto a Balmaceda estuvieron quienes impulsaban los cambios para construir nuevas estructuras económicas, políticas y sociales. Bien pensado, en los campos de Placilla y de Concón no triunfó una revolución, sino, por el contrario, fue abatida una revolución.

Señor Presidente, el Gobierno de Balmaceda tiene, como aquí se ha esbozado, múltiples semejanzas y afinidades con el actual Gobierno de nuestro país, especialmente en lo que se refiere a la lucha contra la explotación extranjera de nuestras riquezas básicas. Justo es rendirle un homenaje cuando se cumplen 80 años de su muerte. Recojamos, entonces, el legado y el espíritu cívico de este gran gobernante, y pensemos, como lo dijera Luís Enrique Délano, que "su figura sola ha salido del fuego donde intentaron quemarla sus enemigos; sola ha ido recuperando el amor de los chilenos; sola crece y sola avanza".

Los chilenos de hoy día, señor Presidente, están haciendo realidad lo que Balmaceda expresara en el último fragmento de su testamento político: "Si nuestra bandera ha caído plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, y flameará un día para honra de las instituciones chilenas y para dicha de mi patria, a la cual he amado por sobre todas las cosas de la vida".

Señor Presidente, estas palabras de Balmaceda tienen, en este instante histórico que vive el país, una especial vigencia. Todos los chilenos de hoy, no sólo los que integramos la Unidad Popular, todos los chilenos de hoy, sin excepciones de orden político, recogemos el patriótico legado de Balmaceda, y luchamos, una vez más, contra el imperialismo extranjero; levantamos esa bandera que empuñara el Presidente mártir, y con unidad nacional indescriptible, de comunistas a nacionales, estamos completando para Chile, en el caso del cobre, la gran labor que emprendiera Balmaceda: la recuperación de nuestras riquezas básicas.

Que sea este, y no otro, el auténtico sentido de nuestro homenaje de hoy a José Manuel Balmaceda.

Nada más, señor Presidente.

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