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Américas | Observatorio Parlamentario

Los suelos, la agricultura y el cambio climático

24 Enero 2019

Los suelos pobres, compactados y degradados son uno de los tantos obstáculos que enfrentamos en la actualidad para la realización del Objetivo Nº2 (Hambre Cero) de la Agenda 2030 de Naciones Unidas. Específicamente, la meta 2.4 de este objetivo propone “asegurar la sostenibilidad de los sistemas de producción de alimentos y aplicar prácticas agrícolas resilientes que aumenten la productividad y la producción, contribuyan al mantenimiento de los ecosistemas, fortalezcan la capacidad de adaptación al cambio climático, los fenómenos meteorológicos extremos, las sequías, las inundaciones y otros desastres, y mejoren progresivamente la calidad del suelo y la tierra”.

||Autor Fotografía: wikicommons

El suelo es un recurso no renovable

La degradación de los suelos se define como “un cambio en la salud del suelo resultando en una disminución de la capacidad del ecosistema para producir bienes o prestar servicios para sus beneficiarios”, puede ser ocasionada por procesos naturales o por la intervención humana y posee repercusiones negativas en el largo plazo como la pérdida de diversidad genética, menor productividad agrícola y una menor resiliencia de los ecosistemas a eventos climáticos extremos.

A nivel internacional, existen diversas convenciones que tratan de abordar esta problemática, como por ejemplo la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (1992), el Convenio sobre la Diversidad Biológica (1992), la Convención para Combatir la Desertificación (1994) y el Protocolo de Kioto (1998). Lo cierto es que gran parte de la industria agrícola y ganadera mundial todavía depende de métodos que poco y nada hacen para conservar la salud de los suelos, estimando de aquí al 2050 un avance progresivo de la degradación de las tierras naturales que podría alcanzar las 900 millones de hectáreas

La situación en América Latina merece nuestra atención

Con sólo un 8% de la población mundial, América Latina posee a nivel global el 23% de las tierras potencialmente cultivables, el 12% de la tierra actualmente cultivada, el 46% de los bosques tropicales y el 31% del agua dulce del planeta. Así también, el 14% de toda la degradación de los suelos en el mundo ocurre en América Latina y el Caribe, afectando al 26% y al 14% de la tierra en Mesoamérica y América del Sur, respectivamente. En nuestra región el recurso suelo es fundamental para cubrir las necesidades de alimentación de una población en rápido crecimiento, por lo que resulta preocupante que 14 países de América Latina actualmente posean un porcentaje de entre 20% y 40% de su territorio degradado, mientras que 4 países superen más del 40%.

Las principales causas de estos alarmantes números son el cambio climático, la erosión hídrica, el sobre pastoreo, la deforestación y prácticas agrícolas poco sustentables como la aplicación excesiva de agroquímicos, sin embargo ya existen muchas iniciativas que demuestran que el cambio sí es posible: experiencias exitosas de integración de la producción agrícola y la conservación de la biodiversidad, agricultura familiar y técnicas indígenas tradicionales de producción han demostrado que hay múltiples medidas a tomar que no necesariamente conllevan un gran desembolso de dinero.

Agricultura para la conservación

Los sistemas agrícolas convencionales normalmente consisten en monocultivos (grandes extensiones de terrenos plantadas con solo un producto agrícola) fuertemente dependientes de insumos químicos de bajo precio y amplia disponibilidad como fertilizantes y plaguicidas. Si bien éstos aumentan los rendimientos de los cultivos en el corto plazo, en el mediano y largo plazo pueden tener altos costos ambientales, empobreciendo y compactando la primera capa del suelo, disminuyendo su fertilidad y contaminando el terreno no solo para futuras cosechas sino que también los cursos de agua y los mismos productos que consumimos. 

Debido a los problemas que presenta la agricultura tradicional a gran escala, de a poco se ha ido expandiendo el concepto de agricultura de conservación, la cual está libre de insumos químicos, puede emplear la rotación de cultivos y evita la degradación del suelo a través de diferentes prácticas, las que incluyen la labranza cero, la labranza mínima y la retención de residuos sobre la superficie del suelo. Esto trae beneficios a los productores como mejores rendimientos, mayor seguridad alimentaria (especialmente en los años de sequías y eventos climáticos extremos) y menores costos en insumos, no obstante, también presenta externalidades positivas de las cuales nos beneficiamos todos: es un método efectivo para mitigar el cambio climático.

El cambio climático y el “secuestro de carbono”

La agricultura y el cambio climático se encuentran íntimamente relacionados. Históricamente, la conversión de praderas y áreas forestales en terrenos de cultivo y de ganadería ha sido un gran contribuidor al aumento de la concentración de gases efecto invernadero en nuestra atmósfera, estimando que estos todavía son responsables de alrededor de un tercio de las emisiones totales. Sin embargo, con las prácticas agrícolas apropiadas, esta dañina relación puede ser revertida.

Una de las muchas maneras que existen para mejorar suelos degradados es el llamado “secuestro de carbono”, el que consiste en “la remoción del carbono de la atmósfera, mediante la fotosíntesis de las plantas y su almacenamiento como formas de materia orgánica estables y de larga vida en el suelo”. Se ha estimado que los suelos son capaces de secuestrar más del 10% de las emisiones generadas por los seres humanos, aunque la capacidad máxima para almacenar carbono en los suelos dependerá de una combinación de factores como el contenido y tipo de arcilla que presenten, la profundidad, el nivel de precipitaciones, la temperatura, entre otros.

Además de contribuir a la mitigación, el secuestro de carbono es beneficioso en el corto plazo para los productores por cuanto:

  • Mejora la estructura del suelo al formar terrones más resistentes a la compactación y mejorando la aireación del suelo
  • Aumenta la capacidad de infiltración y retención de agua
  • Aumenta el contenido de materia orgánica en los suelos y por lo tanto su fertilidad
  • Aumenta la biomasa microbiana, que entre otras cosas, llevan nutrientes y promueven el crecimiento de la planta
  • Disminuye el riesgo de erosión hídrica y eólica

Aumentar el secuestro de carbono se puede lograr cambiando las prácticas agrícolas tradicionales para incorporar más carbono en los suelos al aportar más y mejor (más estable) materia orgánica como desechos de poda, rastrojos y guano, o también evitando que el carbono ya existente en el suelo se libere a través del proceso natural de descomposición que realizan los microorganismos y la erosión de suelo, al implementar la rotación de los cultivos, cubiertas vegetales y la técnica cero labranza. Así, el secuestro de carbono es una forma en que los países en vías de desarrollo pueden ser participes activos de la lucha contra el cambio climático a través de un escenario "ganar-ganar".

Políticas públicas

Hay muchas medidas que los gobiernos pueden tomar para incentivar el uso sostenible de los suelos y la transición hacia una agricultura de conservación. Primero, todavía existe mucha desinformación lo que permite que la agricultura basada en la labranza e insumos químicos todavía sea la regla, por lo que programas integrales de capacitación a agricultores y de difusión de buenas prácticas agrícolas especialmente diseñadas para las condiciones locales específicas son extremadamente necesarios

También, en la transición a este nuevo modo de gestionar los predios agrícolas pueden surgir costos adicionales para la adquisición de algunas herramientas y equipos. Los incentivos monetarios para promover prácticas sustentables no deben otorgarse en formato anual si no que deben tener continuidad en el tiempo para que los efectos en la calidad de los suelos puedan ser apreciados realmente y sean duraderos.

Sistema de Incentivos para la Sustentabilidad Agroambiental de los Suelos Agropecuarios de Chile

En Chile existen 36,5 millones de hectáreas con algún grado de erosión (48,7% del territorio nacional), de las cuales 18,1 millones se encuentran en las categorías de erosión, severa o muy severa. Entre los principales problemas que afectan a los suelos agropecuarios del país encontramos la erosión hídrica y eólica, la desertificación, la salinidad, la acidez, las deficiencias de nutrientes, la contaminación por metales pesados, la extracción de áridos y la expansión urbana.

Con el propósito de tratar de revertir, o por lo menos no empeorar, esta problemática, se creó en el 2010 un instrumento de fomento del Ministerio de Agricultura, establecido por la Ley N°20.412 por un lapso de 12 años, que otorga bonificaciones estales de los costos netos (hasta del 90%) de las actividades que pretenda recuperar los suelos agropecuarios degradados y/o mantener los suelos agropecuarios ya recuperados como por ejemplo:

  • Establecimiento de una cubierta vegetal en suelos descubiertos o con cobertura deteriorada
  •  Empleo de métodos de intervención del suelo orientados a evitar su pérdida y erosión y favorecer su conservación como la rotación de cultivos
  • Mejoramiento de los suelos a través de incorporación de elementos químicos esenciales y fertilizantes de base fosforada

El sistema es ejecutado por la  Subsecretaria de Agricultura a través del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) y del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), estando INDAP focalizado en atender a pequeños productores agrícolas, mientras que el SAG focalizado en medianos y grandes productores.

Una evaluación de impacto final de esta iniciativa será ejecutado en el año 2022 y se espera que de luces sobre qué elementos valiosos incorporar en las políticas de seguimiento que mejoren la calidad de nuestros suelos agrícolas.

 
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