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Homenaje
HOMENAJE EN MEMORIA DE JULIETA CAMPUSANO CHAVEZ, EX PARLAMENTARIA, RECIENTEMENTE FALLECIDA. NOTA DE CONDOLENCIAS.

Autores

El señor VIERA-GALLO (Presidente).-

Tiene la palabra el señor Palestra.

El señor PALESTRO (de pie).-

Señor Presidente, quiero rendir homenaje a una mujer, a una combatiente ejemplar, fiel representante de las mejores cualidades de la mujer chilena, con quien tuve el honor de compartir, por años, como parlamentario por Santiago.

Julieta Campusano fue una luchadora social. Militó en un partido, el Comunista, en el que buscó un lugar para el combate. Lo que marcó toda su conducta, lo que fue para ella "la piedra de toque" de su acción, fue siempre y, por encima de todo, el interés del pueblo. Regidora, Diputada, Senadora, dirigenta femenina, dirigenta política, esa mujer nortina y proletaria fue, sobre todas las cosas, leal a su pueblo.

Sabía Julieta Campusano, como pocos políticos, encontrar en la maraña de los problemas y de las posiciones, el punto central en donde radicaban los intereses de las mayorías.

Preocupación constante, pasión de su vida, fue la suerte de los trabajadores, de los humildes. Aunque no ajena a las ideas y preocupaciones de aprender cada día, no fue Julieta una mujer de abstracciones. La realidad concreta, la humilde mesa, el pan de la mujer que es obrera y dueña de casa; todo ello le preocupaba y sabía verlo. Todo ello la sensibilizaba, la emocionaba profundamente, pues fue una mujer de gran sensibilidad. Y amaba la vida; amaba el canto y el baile; amaba el deporte y la risa. Y quería que todos, sin excepción alguna, disfrutaran de los bienes de la vida.

Se habla de que la mujer es objeto de una doble discriminación: de la explotación de la mujer trabajadora de estas sociedades, y de la que sufre en su condición de esposa y madre. Julieta Campusano no quería esperar el cumplimiento de las utopías para que la mujer recibiera el trato justo de que es merecedora. Exigía respeto hoy y alentaba a las mujeres a luchar por sus derechos. Y en ello era intransigente. No hay que engañarse: Julieta Campusano fue intransigente, cuando se trataba de defender los intereses de la mujer.

Pero lo mismo podía decirse cuando se trataba de los niños. Y también de los intereses de Chile, como Nación. Porque Julieta era profundamente patriota; amaba Chile; amaba sus tradiciones; su pueblo, su pueblo mapuche; sus leyendas, su historia. Amaba su geografía, que recorrió en todos sus extremos, en esa gira permanente que fue toda su vida. Con Salvador Allende, en innumerables ocasiones, llegó a las grandes ciudades y a los villorios, que apenas figuraban en nuestros mapas. Por eso mismo, por esa pasión de chilenidad, qué injusto y doloroso fue el exilio para ella.

Pero ni aun la ausencia de su patria detuvo a esta mujer de coraje, que supo hacer de cada día una jomada fecunda y unitaria: sabía entrañablemente el valor de la unidad de los trabajadores, de la unidad del pueblo, y se esforzó permanentemente por hacerla más sólida y más amplia.

Su preocupación por el niño, por los jardines infantiles, por el alimento y la salud, fue permanente. Esa obrera de la política, esa luchadora social, era tierna y amante, y era profundamente solidaria.

Valoramos en Julieta Campusano el orgullo de su estirpe proletaria, su falta de poses, su lealtad. Ella era "pueblo", y lo fue como Diputada, lo fue como Senadora. En cada etapa de su vida, en cada tarea encomendada, supo mostrarse a la altura de aquel pueblo que tanto amaba. Nunca abandonó ese rasgo esencial de su existencia: la dignidad. Y esa dignidad suya, era una dignidad convidada a todas las mujeres humildes y sencillas de la patria, a todos los trabajadores de la patria.

Como mujer del pueblo, ella llegó a ser símbolo vivo, casi una leyenda. Pero eso no le hizo perder su humildad. Andaba siempre en busca de informarse, de escuchar. Sin embargo, para muchos fue una maestra, educadora de masas, en la tradición de Recabarren y Allende. Fue sencilla y compartió todo. Se dolió de todos los dolores. Fue un organizadora del pueblo. Tal vez, la mujer más importante en la historia política de Chile. Y eso no es poco decir. Algunos lo tomarán por exageración; pero revisemos la historia. Desde su ingreso a la Municipalidad de Santiago, en 1947, son cuarenta años en la arena política. Pero Julieta data de antes: data del norte y del Frente Popular. Es medio siglo o más, tal vez, entregando, dándose a su pueblo. Conocida en todo Chile, y querida por sus coterráneos, que la eligieron dos veces al Senado, con las más altas votaciones.

El pueblo de Chile se veía retratado en ella, en sus mejores virtudes. Su vida fue limpia, ajena a todo interés, llena de sacrificios, abnegada. Y también se veía en ella el pueblo, por su capacidad de gustar de la vida sencilla. Y apreciaba su simplicidad, la forma de llegar, y estar en medio del pueblo.

Julieta Campusano luchó hasta el último día de su vida. En su trinchera propia, la de su partido, pero también en la más ancha del pueblo todo, con su búsqueda de mayor libertad y de satisfacción de sus necesidades. Si en los sectores más acomodados de nuestro país, incluso en la Derecha, su nombre despertaba respeto, en el pueblo era amor. En las poblaciones humildes, allí donde se mide cada paso y se caminan muchos pasos; entre los postergados; entre aquellos que siempre recibieron promesas, pero que han sido tantas veces ignorados. Entre aquellos que no conocen sino los lados amargos de la vida. La sabían suya, y por eso su dolor.

Tal vez se pueda calificar su vida como un largo sacerdocio cívico. Tal vez su porte majestuoso, su serenidad y su firmeza, nos hagan pensar en un recorrido apostólico. Pero fue humana, enteramente humana, y tuvo para las debilidades y las fallas, para las carencias del hombre, una humana comprensión. Atenta a los más débiles, no despreció los gestos que desde las alturas, hablaran a su corazón. Por eso no fue nunca una sectaria.

Tras de su exilio, vuelve Julieta a su patria. Su vuelta misma, en un momento difícil de la lucha democrática, constituyó un aporte importante, porque inyectó fe, afirmó las convicciones de cambio, mostró un camino posible. Con el mismo espíritu, se incorporó Julieta Campusano a las luchas cívicas que marcaron la hora. Activa y eficaz en la difusión de las posibilidades del cambio en el plebiscito, y, luego, en la campaña presidencial que culminó con el triunfo del candidato único de la Concertación.

Su contribución fue importante. Mostró al pueblo que ése y no otro era el camino correcto, la postura legítima de los revolucionarios, de la Izquierda, de los sectores más avanzados, progresistas y democráticos.

Tras la victoria de diciembre de 1989, otra vez Julieta Campusano se lanzó al combate. Había que fortalecer en el pueblo las posiciones democráticas; había que profundizar la lucha por el cumplimiento exitoso del Programa votado por el pueblo; había que legalizar los partidos de la Izquierda chilena. Y todo eso tuvo a Julieta Campusano como protagonista esencial.

Su aporte a su partido, que se expresa, por ejemplo, en su participación tanto en el Decimoquinto Congreso Nacional de su colectividad, celebrado en plena clandestinidad, como en los torneos posteriores de su Comité Central, del que fue confirmada como integrante, constituye una demostración de su vigencia plena, y del lugar que ella ocupaba en su formación política.

Rindo, pues, este homenaje, tan merecido, a una mujer de tanto valor, a quien -como decía- tuve el honor de conocer. Con ella departí muchos años en las tareas del Parlamento y en la lucha callejera, en la lucha por los pobres, por los humildes, razón por la cual me siento honrado esta tarde en decir unas cuantas palabras en homenaje a esa mujer ejemplar.

Muchas gracias, señor Presidente.

He dicho.

Aplausos en la Sala.

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