Labor Parlamentaria
Participaciones
Disponemos de documentos desde el año 1965 a la fecha
Antecedentes
- Senado
- Sesión Ordinaria N° 1
- Celebrada el 01 de octubre de 1996
- Legislatura Extraordinaria número 334
Índice
Cargando mapa del documento
El señor
Señor Presidente ; Honorables colegas; querida Margarita , hijas y familiares del Almirante Merino ; señores Almirantes y Oficiales superiores en servicio activo y en situación de retiro:
Con sentida emoción adhiero, en nombre de mi Partido -la Unión Demócrata Independiente- y en el mío propio, al homenaje que el Senado rinde hoy en memoria del Almirante José Toribio Merino Castro , quien fuera Comandante en Jefe de la Armada , Integrante de la Junta de Gobierno y Vicepresidente de la República , y durante muchos años, Jefe del Poder Legislativo de la época.
Temo, sí, al hacerlo que la amistad que me unió desde niño con él me prive de la perspectiva suficiente para apreciar todos los méritos de su legado.
Le conocí a su regreso de Europa, ya en 1928, en nuestros vecinos barrios de Agua Santa y Las Colinas, de Viña del Mar, y como compañero de curso de mi hermano Carlos en el Colegio de los Sagrados Corazones.
A partir de entonces, siempre estuvimos vinculados y, por caminos distintos pero nunca muy lejanos, fuimos enfrentando nuestras vidas, quizás sin un contacto permanente, pero en todo momento ligados por el fuerte vínculo de los principios y valores compartidos.
Desde la niñez pude seguir su trayectoria. Primero, como alumno distinguido en el colegio y en la Escuela Naval -a la que ingresara siguiendo la tradición familiar-; después, como oficial que supo de los rigores del combate, mientras se desempeñaba como Oficial de la Marina de Estados Unidos, durante la guerra en el Pacífico. Conocí su afición al vértigo de las carreras de motos, en las que sufrió un gran accidente y que debió suspender o limitar al conocer a Margarita y enamorarse de ella.
Y le vi ascender, uno a uno, los grados de su carrera, hasta llegar a ser el Comandante en Jefe de la Armada Nacional.
Por ello pude apreciar, mejor que muchos, algunas de esas características de su personalidad, que tan trascendentes resultaron para el destino de este país.
Era un hombre de sólidos principios cristianos, con una clara inteligencia; un permanente afán de aprender; un gran amor a Chile y un conocimiento profundo de su historia, y un muy claro sentido del deber y de la lealtad. Todo ello le hacía tener en cada momento una precisa conciencia de sus responsabilidades frente a la sociedad, a su patria y a Dios.
De allí que su actitud en septiembre de 1973 -cuando estimó necesario poner término a un Gobierno que, conforme a la gran mayoría del país y a su propia conciencia, se había apartado de la Constitución y de la ley- fuera plenamente consecuente con su íntimo sentir.
A este respecto, estimo imprescindible reiterar antecedentes no siempre conocidos y recordados que demuestran que su decisión no fue ni apresurada ni producto de una ambición personal o de un espíritu antidemocrático.
Él tenía muy claro el papel de las Fuerzas Armadas y de Orden -y, por supuesto, de nuestra Armada- en la vida institucional de la República.
De ahí que en 1970, antes de que asumiera como Presidente de la República quien había obtenido la primera mayoría en las urnas, le visitara, a título personal, pero con autorización del Mando, como una forma de expresarle que, más allá de lo que pudieran ser sus sentimientos personales, la Armada y él respetarían la voluntad del pueblo y del Congreso, porque, cualesquiera que fueran sus legítimos temores, el nuevo gobernante tenía derecho a asumir sus funciones y realizar sus proyectos, obviamente con apego a la Constitución y a las leyes y de acuerdo al interés nacional.
Aún más: en muchas oportunidades en que el desorden que empezó a imperar en el país requirió estados de excepción, cumplió como Jefe de Plaza e Intendente subrogante, con ecuanimidad y firmeza, cada uno de los deberes inherentes a esas funciones.
Y, aunque a cada instante se hacía evidente -al igual que para tantos en Chile- que íbamos siendo arrastrados a un gobierno totalitario, me expresó, en esos tensos momentos y en largas conversaciones, que él entendía que las Fuerzas Armadas y de Orden sólo debían intervenir cuando se agotaran todas las instancias civiles y que, si bien la Contraloría y el Poder Judicial , a través de la Corte Suprema, se habían pronunciado claramente sobre la inconstitucionalidad en que había incurrido el Gobierno, aún faltaba que lo hiciera el Poder Legislativo, como voz oficial del pueblo.
Y, cuando la Cámara de Diputados adoptó su histórico acuerdo del 23 de agosto de 1973, quedó claro que las Fuerzas Armadas y de Orden debían actuar. Y, por ello, el Almirante Merino, en el momento preciso, lo hizo con firmeza, valentía y eficiencia, en cumplimiento de lo que sabía era su deber supremo para con la patria.
No es del caso referirse in extenso a su papel en el Gobierno Militar, pero sí pareciera necesario destacar, al menos, dos aspectos esenciales.
El primero, su papel decisivo en introducir en Chile políticas económicas que reducían el poder del Estado, confiando en las personas, ampliando su campo de acción y facilitando el desarrollo de la empresa privada. Abriendo el país al mundo. Políticas éstas tan exitosas, que han sido mantenidas en lo esencial por los dos últimos Gobiernos.
Por otra parte, cabe connotar su contribución y personal esfuerzo para que la circunstancia de constituir Gobierno las Fuerzas Armadas y de Orden no afectara el carácter esencial y permanente de las instituciones castrenses y policiales y para que éstas mantuvieran su profesionalismo y siguieran cumpliendo, como hasta hoy lo hacen, con eficiencia y lealtad, el papel que la Constitución y las tradiciones les otorgan.
Obviamente, no puedo omitir en el Senado la forma tan eficaz en que durante tantos años dirigiera el Poder Legislativo, que, si bien estaba constituido por cuatro miembros, supo organizar y dirigir de manera tal que permitiera alcanzar altísimos niveles de calidad legislativa, como aquí se ha puesto de manifiesto.
Hoy, cuando gozamos de una transición que ha merecido admiración mundial, no podemos olvidar, no sólo la tarea que realizó el Gobierno Militar, sino, específicamente, la que llevó a cabo el Almirante José Toribio Merino Castro , en su calidad de Jefe del Poder Legislativo , para ir consolidando la nueva institucionalidad democrática, de cuyos beneficios todos somos testigos.
Tampoco podemos olvidar que antes de entregar el mando, al término del Gobierno Militar, estimó de su deber restablecer la Comandancia en Jefe de la Armada en la Capital Marítima de Chile, aquí, en este Valparaíso que hoy también nos cobija como Parlamento y al cual tanto amó; ni tampoco que, después de entregado el mando, supo guardar riguroso silencio, sin intervenir en la vida política del país, el que sólo interrumpió para expresar su punto de vista sobre reformas constitucionales que consideraba inadecuadas para el interés nacional.
Es preciso destacar que, en el marco de los valores y principios que inspiraron la obra del Gobierno Militar, él tuvo muchas veces su propia visión de los problemas y de la forma de solucionarlos; su criterio fue en numerosas ocasiones el de la diversidad dentro de la unidad, y así, sin inmovilizar ni obstruir, entregó su aporte, experiencia y conocimientos para perfeccionar tantas normas legales trascendentes hasta hoy e impulsar -como he dicho- un proceso de extraordinarios cambios económicos, cuya importancia nadie -ni siquiera los opositores de ayer- puede negar.
Son estas razones más que suficientes para entender la gratitud que la patria debe al Almirante Merino.
Pero no está de más hacer referencia a otras facetas de su rica personalidad.
Porque le conocí y supe de su sencillez íntima es que puedo decir con certeza que no había en él ninguna soberbia ni orgullo exagerado, y que detrás de una apariencia que a veces pudiera parecer altanera existía un hombre extraordinariamente culto, humano, sensible, profundamente bueno, que muchas veces con un gesto o con una palabra era capaz de producir un hondo efecto en la vida nacional.
Tal vez en ocasiones pudo parecer rudo, pero bien sabemos que muchas veces las frases que pudieron resultar hirientes eran llamados de atención que finalmente servían para concentrarse y dar con la solución a problemas de alta importancia que parecían difíciles de resolver.
De allí que ni los "Martes del Almirante Merino" serán fácilmente olvidados, ni tampoco se podrá dejar de recordar al hombre de rica vida familiar cristiana que llenaba sus ocios, especialmente en su retiro, con la pintura, el golf, la lectura y el estudio y, por sobre todo, con su amante esposa, Margarita , la dulce compañera con quien formó el hogar de toda su vida y a la que, junto a sus hijas y nietos, les dio la inmensidad de su cariño.
No es extraño, en consecuencia, que el Almirante Merino se hiciera merecedor del enorme cariño de tanta gente y que el pueblo se volcara a las calles para testimoniarle su gratitud en el último adiós.
Por ello, al terminar este homenaje, quiero decir: ¡Gracias, Almirante Merino, por lo que hiciste por Chile, por el ejemplo que nos brindaste y por ese camino de valentía y de lealtad a los principios, por esa consecuencia de vida que nos mostraste, para que lo sigan las nuevas generaciones!
He dicho.