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Homenaje
HOMENAJE EN MEMORIA DE SACERDOTE ENRIQUE BARILARI GALLEGUILLOS

Autores

La señora SOTO .-

Señor Presidente, quiero rendir un justo homenaje a un sacerdote de excepción: a Enrique Barilari. Deseo hoy ser la voz de todos aquellos que no tienen voz y que a la hora de su partida lo acompañaron para decirle adiós, con un vivo sentimiento.

La Iglesia estaba atestada y olía a flores y a tristeza. Las mujeres abiertamente sollozaban o enjugaban las lágrimas que brotaban, a porfía. Los hombres tenían los ojos enrojecidos y la voz asfixiada en las gargantas. Los sacerdotes todos extendían como un manto sobre el féretro, donde el padre Enrique Barilari dormía el sueño de los justos enfrente del Dios misericordioso.

El eligió morir en primavera, con luz de sol, para que su grey pudiera decirle el adiós con tibieza, para que los pobres entre los pobres que fueron sus feligreses no recibieran el frío inhóspito, ni la lluvia dura.

Su voz de entonación egregia leyendo el evangelio, como cada domingo, era dicha por última vez y oída directamente por el corazón. Al salir del templo, las manos se alzaron espontáneas para aplaudir sin pausa al amigo que en vida fue capaz de dar a tantos ¡tanto! El féretro en la calle, ya dispuesto para partir al camposanto, congregó a una muchedumbre que agitaba al viento los pañuelos blancos. Todos queríamos prolongar el momento de la separación, y, en lo íntimo, sentíamos cuánto el pueblo le debía.

En los tiempos duros de los afanes persecutorios, en los tiempos del temor y la reverencia, nos enseñó que sólo a Uno hay que temer, nos predicó con el ejemplo vivo que ante sólo Uno debemos prosternarnos.

En los tiempos del dolor y del llanto desatado, nos consoló con la vida y pasión de Jesucristo que, al sufrir y morir por todos nosotros, es el ejemplo más claro de que el dolor redime.

La cruz con que estuvimos a cuestas en otros tiempos, la rebeldía que a veces nos rebasaba, encontró siempre en el Padre Barilari el consuelo debido y la comprensión necesaria.

Sus prédicas en la misa, sus palabras a veces duras para dirigirse a quienes hacían escarnio del hombre, le trajeron muchas dificultades, incomprensiones y limitaciones a su libertad, pero no a su espíritu, que había consagrado a Dios tempranamente.

Y, consecuentemente, dio de comer al hambriento, amparó al perseguido y se levantó con voluntad y firmeza, para resguardar el templo. Ofició la caridad y, más que eso, el amor cristiano para señalar derroteros, para enderezar las almas que se hallaban extraviadas.

Nos cobijó bajo su manto en los tiempos difíciles. Bajo el alero de rosas que cultivaba con esmero, podíamos hablar del mundo que anhelábamos, donde Cristo estuviese siempre presente, aunque no fuese reconocido.

Su palabra y su ademán siempre cariñoso endilgaban a los jóvenes que veían en él al director espiritual que, con amor de padre, podía decir las crudas verdades y las palabras más dulces para cubrir las heridas.

Fue un hombre, pero sus acciones cada vez más se acercaban a lo que entendemos como el sendero áspero y largo de la santidad.

Estaba dotado del fuego del alma y de la inteligencia preclara, y nos parecía que su erudición y finura le depararían honores eclesiásticos mayores. No fue así, y en buena hora, pues estuvo con los suyos siempre, incluso cuando la salud ya no le acompañaba, incluso cuando los dolores comenzaron a ahondarse y a desgastarlo.

A la hora de su partida, hemos sentido que la congoja nos rebasaba: una pena con culpa, por no haber estado con él cuando el camino que recorría en su larga enfermedad le hacía más frágil y quizás necesitado de una palabra, de un gesto que le demostrara cuánto le hemos querido y respetado.

La ciudadanía quiere hoy rendir homenaje a su obra y a su vida, y llamar a su plaza con su nombre, cubriéndola de las rosas que tanta serenidad le dieron a su oración y reflexión.

Así, cada día y cada noche, los que él acunó y cuidó podrán oírlo en la voz del viento, dibujada su sonrisa en el manto de estrellas, en el sol inextinguible, sentado a la diestra del Señor, ¡por siempre!

He dicho.

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