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Antecedentes
  • Senado
  • Sesión Ordinaria N° 49
  • Celebrada el
  • Legislatura Ordinaria año 1973
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Homenaje
HOMENAJE A LA MEMORIA DE FERNANDO SANTIVAN.

Autores
El señor AGUIRRE DOOLAN (Vicepresidente).-

Para rendir homenaje, tiene la palabra el Honorable señor Teitelboim.

El señor TEITELBOIM.-

El 14 de julio de 1973 un puñado de personas llegó hasta el Cementerio de Valdivia para decir adiós a Fernando Santiván, un hombre que trabajó en muchos menesteres, pero que sobre todo fue escritor.

Imagen de Fernando Santiván.

Nació en el Chile que acababa de recibirse del salitrazo, pocos años después del fin del conflicto del 79 y cuando se gestaba en las sombras la guerra civil del 91.

Si la primera obra de uno de sus maestros capitales, Honorato de Balzac, nacido el año del 18 Brumário, aparece por los días en que Laffitte, saludando la ascensión de Luis Felipe, anuncia: El reino de los banqueros comienza, al nacer en Arauco, el año 1886, el niño Fernando Santiván Puga, en hogar de inmigrante español, oriundo de Torrelavega, ha comenzado en Chile el reino del Nabab, el del Rey del Salitre, Thomas North.

Desde su despertar a la vida se le dictan lecciones de energía aliada a la avidez, que se proclaman como ingredientes lícitos del éxito. No se instituirá Santiván como el titán de La Comedia Humana, en secretario de la sociedad chilena, pero dentro de proporciones menores, su obra será reflejo de lo que vive y de lo que pasa a su alrededor.

Crece el niño en una época marcada por el traumatismo nacional de la contienda fratricida. Después vivirá todos sus dramas.

La vida de Fernando Santiván se extiende, pues, a través de más de la mitad de la historia de la República. Cuando nace, Santa María entrega la Presidencia a Balmaceda. Y muere bajo el Gobierno de Salvador Allende.

Un retrato de Pedro Montt.

Un arco de curva larga que se prolonga desde la hora en que el imperialismo comienza a penetrar en Chile hasta el momento de su ocaso. Después de proyectar toda su absorbente parábola, acaba perdiendo en el país sus más suculentos baluartes.

Abarca un período de 86 años, donde todo o casi todo cambia varias veces. Entró a la vida en una realidad determinada y salió de ella cuando ésta era muy otra.

Como niño sintió silbar en sus oídos la detonación suicida del Presidente en la Legación Argentina. Durante su adolescencia le tocó saludar la llegada del siglo XX. Fue epígono de la Generación del Centenario, pintó sus cuadros de época, que trasladó a su obra inicial.

Su libro bautismal de cuentos, Palpitaciones de Vida, publicado en 1909, como lo define el título, algo tiene que ver con la realidad ambiente, con su propia tajada de carne y los temblores de su espíritu. Recoge latidos del corazón de su tiempo.

Cuando tiene 24 años, obtiene el Primer premio en el Concurso del Centenario por Ansia, su primera novela.

Su nombre comienza a ser pronunciado por el público lector. Ricardo, Magdalena, La sombra de Elsa, hablan de la preparación del drama y del historiador de costumbres; pero también del retratista de personalidades políticas que se deslizan por las páginas de la novela como por su casa.

En su novela Ansia, Fernando Santiván recuerda que por la avenida central de la Alameda avanzaba el Presidente don Pedro Montt acompañado de dos personajes. Era la hora de su paseo matinal. A las nueve y media en punto, bajaba por la calle Morandé con pasos menudos y vacilantes, vestido de chaqué negro y sombrero hongo, con las manos a la espalda y los hombros ligeramente levantados. Charlaba reposadamente con sus acompañantes, escuchando con atención y gesticulando con ademanes desmañados. Contestaba los saludos y escrutaba el rostro de los transeúntes con mirada de hombre poco acostumbrado a la luz y que se siente desorientado dentro de la vorágine de la ciudad bulliciosa. Caminaba a pasos lentos por la Alameda, hacia la estación hasta llegar a la estatua de San Martín deshacía luego el camino para enfrentar la calle Bandera. Allí se detenía a inspeccionar la construcción de un edificio a medio terminar, destinado a su futura residencia, al término de su período presidencial. De allí, posiblemente, a ocupar su puesto de trabajo frente a montones de papeles que desfilarían sin término bajo sus ojos cansados.

Ricardo sentía por el Presidente a pesar de que pertenecía a diferente bando político y de que sólo escuchaba críticas por todo lo que se acusa a hombres que están en el Poder cierta adhesión simpática y casi compasiva. Le impresionaban su aspecto sencillo, sus canas venerables y su rostro de viejo cacique araucano.

El proyecto de un hombre de acción.

Un cuadro de personajes políticos, y también un cuadro de hábitos que demuestra hasta qué punto ha cambiado Chile desde 1915 hasta la fecha.

Es a la sazón el Santiago de dos alumbrados, de gas y el reciente, de electricidad, la descripción del ambiente según los cánones de Bálzac, aunque no pretenda como él hacer competencia al Registro Civil. Casi nunca sus personajes son ficticios. Su lema le pide inventar lo verdadero.

El mundo de sus lecturas es atiborrado y misceláneo: Dumas, Pérez Escrich, Zolá, Pereda, Julio Verne, Zorrilla, Espronceda, Schiller, Daudet, Santa Teresa, Lope de Vega, Shakespeare, etcétera.

En 1913, El Crisol señala el ascenso de un muchacho merced a sí mismo. Es reflejo de la filosofía voluntarista de la época, prometeo de resuello corto, descendiente provinciano del siglo de las luces y de la revolución liberal.

Patética a ratos, su juventud mezcla cierto optimismo apenas filosófico al espíritu de empresa, a cierto afán de conquista, camino de afirmación de su propio valer como hombre de acción. Fue un escritor que intentó ser un hijo del siglo XX en cuanto pionero del progreso indefinido. Decidido a suprimir en sí el absurdo de la alienación y a liberarse de la tiranía de la riqueza como clave del destino contemporáneo, por la vía de la posesión, conforme al chusco decir de que el dinero no hace la felicidad, pero calma los nervios.

En El Crisol, el protagonista Bernabe Robles se mueve dominado por el espejismo burgués del éxito mediante la integración al universo de las carreras. O sea, encarna la ambición de la mesocracia. Se empinará tras su signo positivo apoyándose en Adriana, la hija del doctor Blume, su protector, que lo ayuda a sostener sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios.

Pero en sus personajes, como en el hombre Santiván, más allá del pragmatismo, de la individualidad que pretende templarse, al son de los golpes de la vida, hay cierta zona de soledad, de inconformismo, de sufrimiento y una revuelta intermitente contra la jungla de la ciudad. A la selva urbana prefiere la selva virgen del Sur.

Es un muchacho, un joven, un hombre, un escritor que no está hecho para las salas de lectura, para los temas especulativos, sino un curioso soñador que se embarca a menudo en la acción son resultados casi siempre mediocres.

Fue en su caminada y trabajada existencia, donde nada se le regaló, comerciante sin fortuna, industrial pequeño, agricultor, periodista, muchas cosas, y siempre escritor con algo de sociólogo, de economista y de esteta de trazo grueso.

La vida fue su iniciadora en los secretos interminables del mundo. Divagará en torno de ella, nunca al margen de su inspiración. Su espíritu pertenece a una tradición liberal, volteriano sin malicia, con cierta pura ingenuidad, que lo entronca al romanticismo, evidente en muchas de sus obras. En numerosas páginas irá dejando los retratos móviles y cambiantes de sí mismo, rara vez como conquistador, aunque conquistó buena dosis de mujeres. Casi siempre como cazador cazado en las redes de la vida, hondamente sobrecogido por los dramas de la intimidad, conoce alternativamente la crisis religiosa y la fiebre poética. Se deja arrebatar muchas veces por la pasión amorosa.

En aquella época, en esa zona un poco pionera, donde se acaba de consumar la llamada pacificación de la Araucanía, se predica el evangelio del dinero y del trabajo. El joven pequeño burgués estará condenado a perpetuidad a comer el pan de su sudor y de su pluma apresurada, con cultura literaria de autodidacto, de estirpe realista, inclinado sobre las escenas más vulgares donde él pondrá una gota de poesía, aunque no cumpla rigurosa e invariablemente con los cánones del denominado buen gusto.

La riqueza de los pobres.

A ratos deja de escribir una historia natural de la sociedad, como en La Hechizada, novelita simple y popular, de silvestre encanto, rústica como el espíritu de pobre hidalgo campesino que pena por las entretelas de su autor.

No tarda en convencerse de que el grito lanzado por Guizot: ¡Enriqueceos!, no se ha hecho para él. En lugar del dinero a través del acaparamiento, del fraude, de la concusión, de la usura, de la expoliación de los pobres, del engaño, la pillería y la traición, al final del ciclo de sus ilusiones perdidas se dedica a recordar. Las reminiscencias tiernas u oscuras, el relato del fracaso de sus ambiciones, la descripción de su derrota en la selva de la selección natural de Darwin, todo lo vacía en sus remembranzas. El no será hombre fuerte sino a través de la evocación de su hacer, de su soñar y de su padecer. Bien. Pobre en una república de acaudalados que desdeñan la literatura, se hará imaginativamente rico por el poder de rememorar su aventura de vivir.

Enrique Samaniego es él mismo. Fernando Santiván compondrá sus Recuerdos Literarios. Este librito le servirá como introducción y curso preparatorio para componer su obra maestra: Memorias de un Tolstoyano, escrita al resplandor de la lámpara iluminadora del maestro ruso de Yasnaia Poliana. Siendo creación muy distinta, tal vez sólo se compare en la literatura chilena, por su frescura, por su vida, realidad y seducción, a Recuerdos del Pasado.

Siempre el juego de cartas imposible entre lo real y lo ideal, los amores y las pasiones del pequeño burgués.

El estilo es simple y la intriga fluye natural y a veces torrentosa como las aguas de Arauco.

Mariano Latorre lo evoca.

Nació en el mismo año de Pedro Prado y Mariano Latorre. Del primero, rico y estetizante, lo distanciaron la fortuna y la concepción del arte. Del segundo, estuvo más próximo. El padre del criollismo nativo recuerda su amistad desde niño, trenzada en Parral. Describe lo que era ese pueblo por los días en que allí nació Pablo Neruda:

Me producía la sensación de un viejo poncho de huaso, deshilachado y roto, con sus casonas sin estilo, sus torcidos tejados y sus calles disparejas, negras de barro en los inviernos y rojas de polvo en los veranos.

Recuerdo las ruidosas acequias que corrían al borde de las aceras y a los dependientes, criollos o españoles, echando agua a la calzada mediante palas de madera, hechas con las tablas de los cajones viejos. Así protegían del polvo sus casinetas, sus ponchos y sus monturas.

Parral era un pueblo profundamente agrícola.

Boceta a Fernando Santiván como más rebelde que él, enamorado de la vida, de un temperamento hecho para el combate. Un Martin Eden, de Jack London.

Leyeron juntos sus primeros libros. Comenzaron a escribir al mismo tiempo. Descubrieron en compañía una frase de Taine que los impresionó: El que una vez coge la pluma en la mano, ya no la vuelve a soltar.

Latorre lo siente próximo a su idea dé la literatura por su cuento En la Montaña, que considera primer ensayo de interpretar el nuevo sur, la tierra recién conquistada al bosque y al indio, donde fijará, en adelante, el escenario de todas sus novelas. Celebra, tal vez por igual razón, el escenario de La Cámara, donde se desarrolla a su juicio el enfrentamiento entre el roto anárquico y el huaso conservador.

Siente flotar allí el aroma de Bret Harte, tal vez sin su humor, pero con un relente traspasado de ternura.

Los cuentos sureños de El Bosque Emprende su Marcha responden a idéntica ambientación y sentido pionero civilizador.

Su novelita Braceando en la Vida lo traslada a Santiago, en un intento de adaptación a la metrópoli que nunca amó. El Mulato Riquelme trata la infancia interdicta y secreta de Bernardo O’Higgins. En 1952 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura. Nadie se extrañó por ello. Era justo.

Una carta.

Aquel año nos tocó viajar juntos. El 11 de enero de 1973 evocó aquella peripecia en una carta que me escribió desde Valdivia.

Estimado amigo: Una persona tuvo la bondad de traerme un recorte del diario La Nación en el que se reproducía una intervención suya en la Cámara de Senadores, con la que hacía comentarios sobre mi vida y. mi obra literaria. Mi asombro fue mayor al darme cuenta de que su juicio sobre ambas eran tratadas con benevolencia y verdadero conocimiento.

Aunque vivo un instante en que el hombre se desprende de toda vanidad, su juicio me impresionó hondamente. He sentido al leerlo que sus palabras poseían un aliento de verdad que sobrepasa toda expresión de crítica, por aguda que ésta sea. Esa verdad es lo que más estimo en mis relaciones con el ser humano; por ello, mi más profundo agradecimiento.

Hemos estado separados mucho tiempo después de aquella memorable jornada que realizamos a la China milenaria. Creí que usted habría olvidado hasta mi nombre. En cambio, yo lo recordaba a pesar de la distancia y de los caminos tan diferentes que hemos seguido.

Por ahora abandonaré ese tema para hablarle de algo que me preocupa en estos momentos y que se refiere a mi vida actual. Hasta hace poco, yo vivía conforme con los escasos recursos que me proporcionaban unas pequeñas pensiones de jubilación obtenidas por mi trabajo periodístico y por mis colaboraciones en la prensa de esta región sureña; pero en este último tiempo ha subido tanto el costo de la vida, que mis entradas no me alcanzan ni para mal comer.

Murió sin cobrar.

Últimamente supe que el Gobierno ha promulgado una ley (artículo 7 de la ley 17.595) que favorece, entre otros, a los Premios Nacionales de Literatura. Envié entonces una solicitud al Ministerio de Educación, acompañada de mis antecedentes, pidiendo que se me concediera lo ofrecido por la ley. Dirigí mi expediente a la oficina de partes del Ministerio citado. Han pasado varias semanas y no he recibido siquiera acuse recibo. ¿Podría usted hacerme el favor de indagar en el Ministerio qué suerte ha corrido mi petición?

Desgraciadamente no puedo ir a Santiago para activar el despacho de mi solicitud por no contar en absoluto con el uso de mis piernas, por lo que vivo clavado en mi sillón de inválido desde hace más de tres años.

Sufrió Santiván un vía crucis burocrático. El 4 de julio, culminando una larga tramitación, le envié el siguiente telegrama:

Comunico a usted que con fecha 13 del presente tesorería enviará el pago a la tesorería provincial de Valdivia. Reciba usted mi saludo cordial.

Murió el día del pago. No alcanzó a cobrar su pensión de Premio Nacional de Literatura.

¿Provocará esto un remordimiento en el engranaje kafkiano de la administración lenta y fría?

¿O un simple encogerse de hombros?

Sería bueno que se investigara el caso, representativo de mil situaciones semejantes. El luchador aceptó el renunciamiento final. Pero un pueblo no puede resignarse, aunque sea como reparación póstuma para sus creadores. Porque la vida y la patria no pueden ser destino ciego, fatalidad y olvido. También pueden y deben ser memoria, verdad, florecimiento y realización de los grandes sueños civiles del hombre, recompensa en vida.

En nombre de los comunistas y socialistas saludo su memoria. Expresamos nuestra pesadumbre a los suyos.

Algunas de sus aspiraciones de progreso social Fernando Santiván alcanzó a verlas cumplidas. El mismo contribuyó a transformar un trozo de mundo; pero este hombre, que no fue un marxista, sino un artista que creyó en el arte y la civilización, que quiso vivir, amar y escribir, seguirá siendo leído por sucesivas generaciones de chilenos dispuestos a hacer verdad las banderas que lucen las estrellas, que mucho quiso, de la fraternidad y la belleza.

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