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Homenaje
HOMENAJE A LA MEMORIA DE LOS DIRIGENTES DEL PARTIDO COMUNISTA DE CHILE, SEÑORES JOSE GONZALEZ Y JORGE RAMIREZ.

Autores

El señor TEITELBOIM.-

Esta noche en el Senado de la República de Chile han sido evocados sus nombres y honradas sus vidas, a raíz de sus muertes acaecidas de repente, a causa de una catástrofe aérea, el 24 de noviembre, sobre las coimas nevadas de los Cárpatos, en Eslovaquia, donde también murieron compañeros de otros Partidos Comunistas, de otros hermanos ante cuyas tumbas inciertas, nosotros, los comunistas chilenos, ponemos asimismo luto a nuestras banderas.

Aquí, voces muy distintas de partidos diferentes, junto a la tristeza de las reminiscencias, acaban de decir el perfil y el significado de estos dos hombres que, habiendo traspuesto tan inesperadamente el límite de la vida, entrando de golpe al país de las sombras, han dejado, sin embargo, sus nombres asociados a un resplandor de claridad y alegría a pesar de todo; de inteligencia, responsabilidad y pureza humana, que se transmitió a cuantos los conocieron y, conociéndolos, los quisieron y apreciaron y han sentido su deceso como una tragedia y una pena so-brecogidamente personales.

Gracias.

Quiero, en nombre del Partido Comunista chileno, de su comité central, de su secretario general, Senador señor Luis Corvalán, de quien José González fue su colaborador más directo y cercano, y de todos nuestros militantes, decir muchas gracias por este homenaje, a los partidos y Senadores que han participado en él: Honorables señores Rafael Tarud, Salvador Allende, Baltazar Castro, Luis Fernando Luengo, Rafael Agustín Gumucio, Exequiel González Madariaga y Hermes Ahumada. Gracias por el recuerdo, por la remembranza, porque es sabido que el tiempo, la muerte, se llevan al hombre y sus trabajos, arrojan al olvido los imperios, las glorias y las soberbias. Y si algo queda, si cierta eternidad existe, es precisamente el recuerdo del hombre en el corazón del hombre.

La vida y la muerte.

La vida y la muerte se entrelazan mutuamente. Y el hombre a ambas pertenece. Por lo tanto, aunque jamás el hombre se acostumbre a su llegada definitiva y siempre la reciba con temor, es también la muerte parte de la vida y su manera de reintegrarnos al eterno proceso de la materia en movimiento, el paso del ser ai no ser. Lo sabemos hace tiempo. Pero siempre brota del fondo una rebelión que no ha sido del todo impotente. El hombre hoy ha impuesto a la muerte una barrera relativa, detiene por años la llegada. El hombre de hoy vive término medio más que el de ayer. Mañana vivirá más que el de hoy.

Por eso tal vez ninguna muerte nos rebela más que la muerte prematura. Es siempre como una traición a las reglas del juego en esta partida entre la vida y la muerte, que debería, según nuestra ideal esperanza, tener cierta duración reglamentaria. Todas las muertes jóvenes, los fallecimientos precoces, los accidentes, son como un eclipse en pleno día o como que el sol se ponga a las tres de la tarde, cuando el hombre está en la plenitud de su fuerza.

Por eso, porque José González y Jorge Ramírez estaban a mitad de camino, en lo mas arduo de la faena, su fin nos sorprende aún más dolorosamente. Vivimos en mucho sometidos a la tutela de lo imprevisto y ai gobierno caprichoso de la muerte. Dan ganas de sublevarse, de conseguir que nadie muera en accidentes, en catástrofes terrestres, marítimas o aéreas, asi como que el hombre no muera más en la guerra.

Puro pueblo.

José González, Subsecretario del Partido Comunista, fue puro pueblo chileno. Bastaba mirarlo. Estaba escrita en su cara la historia y la sangre de sus antepasados campesinos, su anónimo árbol genealógico entrañable y terrígeno. Murió cerca de Bratislava, lejos de sus horizontes natales de la Huerta del Maule, de San Javier, de las tierras del vino.

La peregrinación de sus ideas.

Cuántas veces le escuchamos contar de su infancia, trabajando en el campo, trenzando la anécdota con gracejo, lleno de sal de la tierra y con un irresistible señorío popular, simpatía y bondad naturales. Porque era muy fino y sutil de espíritu, de maravillosa condición humana, delicado y respetuoso del hombre, más inclinado a la sordina de sí mismo que a hacerse valer y nota. La vida era y es dura para el pueblo.

El perteneció a esa generación chilena que nació cuando sobre el mundo se proyectaba el estremecimiento de la revolución rusa, generación que conocía el hambre y pueblo que emigraba del campo de la zona central, terruño hermoso pero mísero, hacia el norte, hacia la fascinación de la pampa y el espejismo de las salitreras, el nuevo vellocino de oro. Tarapacá era la nueva California, el nuevo Chañar-cilio. Volverían a la tierra para salir de miserias.

Era el circuito descrito por muchos muchachos, hijos de peones o afuerinos, por muchos que luego se hicieron revolucionarios. Es la peregrinación política de Recabarren, que va al norte proletario a fundar periódicos y a organizar a esos obreros; de Lafferte y de José González, de numerosos luchadores populares. El joven conoce allí el rostro "gringo" o nativo de la explotación capitalista.

En José González, hijo de comunistas, en su despierta y magnética personalidad, conciencia de clase y en su espíritu de lucha, pronto se reconoce y descubre la madera del combatiente, del guía, aunque nunca buscó sino más bien rehuyó los cargos directivos. Elegido Presidente del Sindicato de la OficinaSalitrera Mapocho, luego fue dirigente de la Confederación de Trabajadores de Tarapacá. En 1935, cuando tiene 19 años, se incorpora al Partido Comunista. Pronto llega a ser miembro de su Comité Regional de Tarapacá. En 1946 fue elegido miembro del Comité Central del Partido y en 1947 regidor de la Municipalidad de Iquique. Se va haciendo en la lucha y el pensamiento un marxista, un leninista. Y entendió al campesino porque nació campesino, porque sus padres eran y siguen siendo campesinos; entendió al obrero, porque se hizo pampino; y entendió al artista, porque era profundo y sensitivo; y entendió a la mujer, porque era hombre; y al pueblo, porque él mismo era pueblo.

Las dimensiones de su ser.

Cuando en 1947 el Partido tiene que entrar en la clandestinidad, González prueba toda la reciedumbre de su fibra batalladora y la fuerza inquebrantable de su convicción. Y nunca olvidó este muchacho, que casi no pudo estudiar en la escuela, el libro. Fue una característica suya. Estudió siempre. Escribió en la prensa, publicó folletos, cursos de educación para el partido, redactó informes luminosos. Unió la práctica a la teoría.

Este hombre modestísimo fue en el Partido Comunista un cuadro obrero dirigente notable, un magnífico organizador, un conductor ilustrado, directo, de claro sentido de clase, sin sombra sectaria. El nos representó con propiedad y exactitud, magníficamente, en las Conferencias Internacionales de los Partidos Comunistas, en 1957 y 1960, porque su estatura inaparente excedía nuestras propias fronteras. Asistió al XXIII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, al del Partido de Checoslovaquia y del Partido Comunista de Uruguay. Su último trabajo fue precisamente representarnos en el IX Congreso del Partido Comunista búlgaro. Creyó en la fraternidad y en la unidad revolucionaria de todos los trabajadores de la tierra y de todos los pueblos del mundo. Fue un constructor sin pausa y a su medida del internacionalismo proletario. Elegido Subsecretario General del Partido en el año 1963, su trabajo fue allí creador y precioso, afectuoso y fraternal.

Sus camaradas de dirección lo admiramos y lo sentimos.

Morir no es nada nuevo; pero cuando muere un gran amigo, un gran compañero, con el cual se ha trabajado casi a diario durante más de veinte años, sabe a experiencia terriblemente dolorosa. Es como si muriera algo dentro de nosotros mismos.

Un "hasta luego" transformado en "adiós".

Nos cuesta habituarnos a la ausencia de González, de este campesino que se hizo obrero y luego revolucionario, de este forjador de hombres, de este artesano de la unidad socialista-comunista, de la cohesión de la Izquierda, que puso argamasa al edificio firme del movimiento obrero y popular. Sí, cuesta acostumbrarse. Pero si apenas ayer, en la reunión de la Comisión Política, nos dijo a todos los miembros de ella un breve "hasta luego", sonriente, sin ceremonias, sin dar la mano, porque aquélla era para él y para todos nosotros la partida natural de un corto viaje de ida y vuelta.

Jorge Ramírez era un hombre distinto, porque cada hombre es diferente. Pertenecía a aquella hermandad que también anduvo en batallas silenciosas por las mejores causas humanas. Fue un forjador de infancias claras, un maestro ejemplar, un militante limpio y meditativo, miembro del Consejo Provincial de la Unión de Profesores de Chile, suplente del Comité Central y de la Comisión Nacional de Propaganda del Partido Comunista. Murió antes de cumplir los cuarenta años.

En un día anodino de la semana pasada, hemos tenido que empezar a acostumbrarnos a decir: José González era... Jorge Ramírez era...".

Ramírez, varón de altos hechos.

Desde el último viernes, todo lo de ellos debemos empezar a conjugarlo en pretérito: "Hablaban, amaban, decían...".

Ramírez, hombre de altos hechos y estudioso a carta cabal, cursó la Escuela Normal de Copiapó. Su primer nombramiento lo destinó, en 1949, a la Escuela Nº 23 de Iquique. Ingresó al Partido Comunista en 1.959 y fue miembro del Comité Regional Norte en 1962. Ese mismo año integró la Comisión Organizadora del XIII Congreso Nacional de nuestro partido, donde se le eligió miembro suplente del Comité Central. Fue además Secretario Político del Comité Local de Profesores. Hasta su muerte, trabajó en la Escuela Nº 359 de Conchalí y en el Instituto Superior de Comercio Nº 2, donde ejercía la asignatura de matemáticas. Era, además, redactor y administrador de la revista "Educadores del mundo". En esa calidad, viajó a Sofía, cuando se reunió el Secretariado de la Federación Internacional de Sindicatos de Educadores.

Durante varios años se le reeligió miembro del Consejo Provincial de la Unión de Profesores de Chile; participó en diversas convenciones nacionales de maestros.

A los padres, a los hijos, a las compañeras, a todos los familiares de José González y Jorge Ramírez nuestra condolencia desgarradora.

Vivieron entre tormentas.

En sus camaradas, en sus amigos, su recuerdo no se marchitará. Por la sencillez límpida y la verdad dicha en voz alta y la lucha sostenida con una sonrisa fraternal.

Los años pasarán y muchas huellas sobre los caminos se han de borrar, pero las dos imágenes de esos hombres en los cuales vivió la esperanza y el combate por la esperanza, que no vivieron para sí sino sobre todo para el pueblo, flotarán sobre la corriente de los días y del tiempo, como una flor de siempreviva. Vivieron en un mundo, en años y épocas marcados pollas enormes tormentas de la historia. Y fueron dignos de nuestro tiempo y de estas dificultades, afrontándolos con su dignidad humana y con la sencilla altivez de los revolucionarios de verdad.

No sabemos si un día podremos inclinarnos sobre sus difíciles tumbas, en esa muerte en que la violencia de la catástrofe resulta la más desintegradora de todas las muertes.

Una multitud de pueblo y pésames de todo el mundo han venido, sin concierto previo, a expresar condolencias de diversos partidos y distintos círculos, como si ese estallido lejano de un avión que explota a muchos miles de kilómetros los hubiera congregado. Así José González y Jorge Ramírez penetran juntos, a formar como hermanos, no en una nueva leyenda, sino en la legión de los muertos admirados y llorados, con un nudo en la garganta, por el partido y por el pueblo chileno.

Imposible olvidar a esos dos hombres, que tenían de acero puro el corazón combatiente ; esos hombres físicamente de material fino, frágil como el vidrio. Ya no entrarán más al Comité Central. Ambos fueron muy queridos. He visto lágrimas en ojos de almas recias al saber la noticia abrumadora. No estuvieron bajo la luz encandilante de los reflectores de la publicidad ni resonaron junto a sus nombres las trompetas de latón de la engañosa fama. Pero fueron ambos varones de valor hondo y perdurable. Sus rostros se han perdido en la niebla, mas seguirá viviendo por muchos años su ancha sonrisa amable, aunque ya está deshecha la trama compacta y la urdimbre mortal de sus cuerpos.

Anduvieron por caminos duros, llenos de emboscadas, flanqueados de enemigos del pueblo, y supieron sobrevivir humildemente triunfadores, pero ahora que esos queridos camaradas de tantas rudas campañas han entrado de golpe, súbitamente, en la noche que no tiene aurora, nadie conseguirá arrancarlos del corazón de sus compañeros, del Partido y de los trabajadores, de su propio pueblo. En ese corazón, tendrán un monumento sencillo, y de ese corazón ningún accidente de avión, ningún monte, ninguna catástrofe podrá arrancarlo, ni quebrarlo, ni derribarlo, ni fulminarlo. Ni el mismo tiempo de los años venideros podrá destruir ese amor de los suyos con su golpe lento y continuo.

El hombre que muere, no muere en la medida que escapa al olvido. Ni José González ni Jorge Ramírez serán olvidados, porque ellos hicieron de su vida una noble obra de arte entregada a mejorar la suerte, a liberar al pueblo chileno, con olvido de sí mismos, hasta el extremo del más supremo sacrificio, al precio de su propia muerte, inesperada, es cierto, pero que ha sido, como para el soldado, "muerte en servicio".

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