Labor Parlamentaria
Participaciones
Disponemos de documentos desde el año 1965 a la fecha
Antecedentes
- Senado
- Sesión Ordinaria N° 27
- Celebrada el 27 de julio de 1965
- Legislatura Ordinaria año 1965
Índice
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El señor
Marta posó los ojos en los dos niños que jugaban entre los rieles y le pareció rejuvenecer. Siempre le ocurría cuando algún chicuelo se ponía a su alcance, tal vez porque de tanto criar hijos aprendió a descifrar cada gesto de ellos, así como el más leve ruido producido por los finos labios o por las manitos aferradas a las barandas de la descascarada y proletaria cuna. Eso sucede siempre; uno disfruta a través de los niños la infancia que se renueva con cada nombre. Traen distintas costumbres, enredan las palabras de forma diferente y le deforman el nombre al hermano mayor como si tuvieran la intención de rebautizarlo con remoquetes lapidarios : si se llama Carlos, le dirán Caco; si Ester, le llamarán Tetey; si Malvina, la nombrarán Minina. Es una suerte de idioma nuevo que la madre va aprendiendo también, imperceptiblemente, al punto que con el tiempo se produce un claro intercambio de ideas entre ella y el hijo pequeño.
Entonces la casa o el conventillo se colma de palabras desconocidas pero pictóricas, como si una bandada de pájaros tropicales, de llamativas plumas, se hubiese colado por las ventanas, despertando explosiones de júbilo en los habitantes. Quizás pensaba en estas cosas Marta Sagal Rodríguez, guarda cruce del ferro-, carril, mientras observaba jugar a los niños con las piedrecillas que cubrían los durmientes de madera. La áspera gravilla rasguñaba la fina epidermis de las piernas, pero los chicos hacían caso omiso del agresor y prolongaban su alegría por encima de las gentes y del paisaje, alegría que buscaba caminos en la atmósfera para transitar hasta el corazón de Marta Sagal; así se producía un claro comercio de emociones realizado entre los pequeñuelos y la mujer a cargo de las barreras. A lo lejos se sintió el pito del tren. Marta dio un brinco. La sangre toda transformóse en remolinos: el encantamiento se rompía. El pito de la locomotora atravesó el espacio como un largo barreno, trizando el cristal del día. De improviso el tren era su enemigo, estaba ahí, cerca, aproximándose: el enemigo de los niños, del día, de la alegría.
¡Qué extraño todo! El tren había sido siempre su amigo, el camarada que les había ayudado a ganar el pan. Su marido fue ferroviario, y los hijos crecieron sintiendo en las aletas de la nariz la maravillosa fragancia del carbón que quemaban las locomotoras. Para todos transformábase en fiesta el instante en que la máquina, de mañana, cubríase los flancos con albas lenguas de vapor que delataban el esfuerzo que estaba realizando la mole de acero para adquirir vigor en la carrera. Murió el marido: Marta pasó a ocupar el puesto de guardacruce. Se trataba de permanecer alerta para bajar o subir las barreras de madera cuando un convoy se acercase, e impedir accidentes con los vehículos que transitaban por el camino. Al comienzo la faena resultó monótona y pesada. Había que aguantar para alimentar las bocas que esperaban en casa. ¿Qué hacer? El ferrocarril era su mundo, un mundo de carros planos, de bodegas, de cajones y rejas. Con el tiempo pudo decir cuántas toneladas podría cargar un LN, o un PQ, o una LA: se sumió en el lenguaje ferroviario. Al comienzo también le parecieron tremendamente desconocidas las caras de los pasajeros que se insinuaban tras los vidrios de las ventanillas. Sin embargo, pronto llegó a distinguir al vendedor viajero que cada ciertos días visitaba Peumo, Las Cabraso El Manzano, ofreciendo su mercadería; se familiarizó con el estudiante que volvía de la ciudad a visitar el hogar paterno; compartía la expectación del hombre que por primera vez tomaba boleto para la capital: al regreso traía el rostro grávido de sorpresas. Habría podido escribir gruesos tomos sobre la vida que la región aprovechando lo que pudo observar en esos segundos en que el tren de pasajeros cruzaba en frente de su casucha de madera, mientras ella, bandera en ristre, sonreía satisfecha, como si en su mano estuviera el prolongar el sortilegio que anidaba en los ojos de los viajeros.
Si el tren corría hacia Pelequén, le saludaba mano en alto el maquinista; si volvía, deshaciendo el recorrido, surgía la manaza del fogonero para decirle adiós: todos eran camaradas. Ella podía distinguirlos, así trajeran el rostro cubierto de tizne y grasas. Eran monos azules reverberando solidaridad por todos los poros. Marta consiguió que la experiencia diaria le tornara el oído sutil: columbraba lo que estaba sucediendo sobre los rieles de la estación de Peumo, a unos cuantos cientos de metros. "Sí, es la hora del tren pasajero. González está echando paladas de carbón a las calderas". O bien: "Calderón estará regulando las llaves del vapor; vienen saliendo de la estación". La locomotora se había transformado en un ser de carne y hueso. Marta habría podido acariciarla, hincándole los dedos por los ,costados, perdiéndolos en plumosidades obscuras. No le asustaban ni el vapor ni el aceite que sudaban los mecanismos.
Por el camino atravesaban las carretas, los camiones cargados de paltas o de naranjas o de limones. Le gustaba observar las carretas llenas hasta los bordes de naranjas: era como una leche rojiza escurriéndose por las junturas. Ella hacía una seña resuelta con la mano y eso servía para que el conductor supiera que no había peligro en la vía férrea. Marta, sin saberlo ni proponérselo, entraba en el paisaje peumino, de cerros altos y de vastas extensiones de frutales. También conocía a los que iban y venían por el camino. Ellos le daban los buenos días llamándola por su nombre: "¿Cómo está, doña Marta?" Era como si la saludaran las naranjas. Los hombres, de tránsito, contaban historias. No en balde la región estaba saturada de viejas leyendas. Arriba, en lo alto, virutillando el cielo, presidía el cerro Gulutrén, con su cruz de fierro en la cúspide. En el pasado, el diablo bajó de allí, se dirigió a la casa parroquial y le robó al cura párroco las beatas que habíanse enclaustrado en la casa de ejercicios. Era un cura muy viejo, lleno de latinajos y de misterios. Nada tenía que ver con el cura de ahora, joven, nuevito, rozagante, que dice misa en castellano, cuida los árboles y las almas de la diócesis -¡que se atreva el demonio con él!- y al que la gente llama simplemente don Mariano, el muy mentado don Mariano Bustamante. El diablo por aquellos años se llevó las beatas al cerro, el cura lo persiguió seguido de la población; ¡ni luces! Colocaron una cruz de madera en la punta del Gulutrén: el diablo se la robó. Hasta que enterraron una enorme cruz de fierro que Lucifer no fue capaz de mover. Marta reía sanamente con las historias de las gentes: así olvidaba los problemas.
Sí, pero ahí estaba el pito del tren, acercándose, mientras los niños jugaban, *^ausentes, entre los rieles. Venía su amigo, parte de su mundo ferroviario. Sí, pero, un niño también es un mundo, mucho más complicado que una locomotora, que miles de locomotoras. ¡No lo sabría ella! Era un mundo da llantos, de palabras guturales, de fiebres, de vigilia, de risas y lágrimas casi al mismo tiempo. Era la vida, la vida que ella volvía a sorber a través de sus hijos. Corrió, tomó por las axilas a uno de los pequeños y lo dejó lejos de los rieles; regresó en procura del otro. ¡Oh, el viejo amigo de acero corría rápido, el vapor era potente! Solo un golpe y ya Marta se diluyó en el tiempo, como la leche del paisaje derramándose por el borde da las carretas. Eso fue todo.
Gastón Céspedes, buen Gobernador de Cachapoal, mejor chileno que sabe catar lo que hay en el fondo de nuestro pueblo, interesó a las autoridades nacionales: se tomaron medidas para asegurar el porvenir de los hijos de Marta Sagal. En la estación de Peumo colocaron una placa recordatoria: el ejemplo de Marta Sagal es otro de los maravillosos productos de esa tierra. Yo habría escrito en la placa: "Para Marta Sagal, corazón de naranja".