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Asia Pacífico | Observatorio Parlamentario

El papel de las comunidades en el manejo de desastres en Japón

03 Abril 2017

La recolección de experiencias, además de la capacitación en barrios y escuelas para reaccionar a tiempo en situaciones de terremotos y tsunamis, son algunas de las atribuciones que tienen las 250 mil organizaciones ciudadanas existentes en el país nipón.

El papel de las comunidades en el manejo de desastres en Japón

Luego del terremoto que afectó a Japón el año 2011, sus ciudadanos se dieron cuenta que la alta cantidad de personas rescatadas podía explicarse por la acción oportuna de las comunidades organizadas. Esta realidad llevó a que el gobierno japonés determinara la fusión de la legislación comunitaria con el plan nacional de municipalidades, a modo de que ambas estructuras se complementen. Una descripción de cómo funciona esta experiencia, en las siguientes líneas.

La necesidad de las comunidades de organizarse

La habilidad de los japoneses de responder oportunamente a los desastres naturales no solo se explica porque conozcan técnicas específicas de anticipación, sino por la manera de organizarse. El desarrollo de una forma ágil y oportuna de reacción ha sido resultado de un proceso progresivo de acumulación de experiencias que comenzó el año 1995 con el terremoto de Hanshin-Awaji, que afectó a más de 200 mil edificios y a 35 mil personas atrapadas entre los escombros.

Ante la imposibilidad de utilizar teléfonos y carreteras que les permitieran comunicar las magnitudes del desastre a las autoridades, sumado a la demora de bomberos, policías y la Armada en llegar a los lugares de emergencia, fueron los propios vecinos quienes se encargaron de rescatar a las personas en peligro. Según un artículo de Taiki Saito, sobre el manejo de desastres por parte de los gobiernos locales en Japón, 27 mil personas fueron rescatadas por las comunidades, de las que un 80 por ciento se encontraba con vida.

Esta experiencia fue una lección para todo el país, por lo que un año después del terremoto, proliferaron las organizaciones comunitarias, al punto que para el 2003 existían más de 100 mil, y para comienzos de 2017 la cifra llega a 250 mil. Tal cantidad no solo refleja la valoración de la ciudadanía por organizarse, sino también la necesidad de alcanzar altos niveles de cobertura, ya que más de un 60 por ciento de las familias japonesas forman parte de alguna de estas entidades.

De esta manera, el terremoto de 2011 sorprendió a las comunas japonesas en mejor posición que 1995, por lo que la nueva Ley Básica Contra Desastres estableció dos innovaciones para fortalecer el rol de los ciudadanos. En primer lugar que los residentes locales pueden compilar y registrar sus aprendizajes con el fin de capacitar la ciudadanía, principalmente a las nuevas generaciones. De esta manera, las experiencias en terreno pueden trascender en el tiempo. En segundo lugar, la fusionaron el Plan Comunitario de Manejo de Desastres en el Plan Municipal de Manejo de Desastres, con el fin de que ambos instrumentos permitan una sinergia institucional que permita un rango legal mayor por parte de las comunidades.

La capacitación como forma de reducir los desastres

Ha sido una de las acciones más relevantes de los grupos ciudadanos organizados, la capacitación a la ciudadanía en temas de prevención y respuesta temprana, es un sello distintivo que cada año cobra mayor relevancia. Esto se explica porque la creación de una cultura ciudadana de las emergencias no se limita solo a la adquisición de ciertas técnicas, sino al desarrollo de un trabajo colaborativo que se orienta a reducir los daños causados.

Un ejemplo de ello es la “Bosai Fukushi Community” conocida como Bokomi. Se trata de un grupo organizado en la ciudad de Kobe, que prepara a las comunidades para los desastres a través de actividades recreativas. A través de simulaciones de fuego o derrumbes, entrenan a ciudadanos comunes y corrientes para que utilicen apropiadamente extintores o manejen técnicas de remoción de escombros. Esto se complementa con técnicas para protegerse a sí mismos.

Su principio fundamental es que si el pueblo espera por la asistencia del gobierno durante los desastres, no podrán hacerle frente con la misma rapidez que podrían ejecutar ellos. Por eso es que la experiencia de capacitación a las comunidades dispone de novedosos manuales para niños y adultos, además de videos para enseñar los procedimientos fundamentales y técnicas innovadoras. La utilización de objetos comunes como las sábanas para transportar enfermos, es un ejemplo de este aspecto.

Por su parte, el Ministerio de Educación japonés (Mext) publicó un “Manual de Reducción de Desastres para Escuelas”, que se orienta a la identificar los errores más comunes cometidos por los estudiantes en momentos de emergencia. Adicionalmente, para respaldar todas estas iniciativas, el gobierno nipón designó un “Día de la Preparación para Desastres”, contenido en una semana dedicada a estas actividades de preparación, donde realizan simulacros, ferias de reducción de desastres.

La naciente experiencia de organización comunitaria para enfrentar desastres

El rol de las comunidades en el manejo de desastres en Japón podría servir de ejemplo a la realidad en nuestro país, ya que a pesar de tener similitudes en la ocurrencia de fenómenos naturales, la estructura organizativa a nivel gubernamental no ha tenido una relación formal con organizaciones ciudadanas. Sin embargo, este nexo no se ha producido por la ausencia de iniciativas comunitarias.

Una de estas experiencias es la corporación ciudadana Red Nacional de Emergencia (RNE), conformada el 2010 luego del terremoto del 27F por voluntarios de bomberos, defensa civil, SAMU, radioaficionados y ciudadanos de todo Chile interesados en dar cuenta e informarse de los desastres que ocurren en nuestro territorio. Esta red cuenta con más de un millón de usuarios en distintas redes sociales.

Su director y uno de los fundadores, Pedro Berríos, comentó que en los comienzos se trataba de personas comunes que en conjunto con otras ligadas a los servicios de rescate se dispusieron a trabajar en propuestas para complementar la Onemi. “En junio de ese año lanzamos de manera independiente esta red con un sitio web y una cuenta en Twitter. Partiendo por eso las personas respondieron inmediatamente y comenzaron a integrarse hasta convertir en una red ciudadana que comunica a las personas, independiente de su ubicación, sobre emergencias y contingencias y situaciones que ocurren a lo largo de Chile”, comentó.

En relación a la experiencia de Japón y su forma de organización comunitaria, se mostró en sintonía con sus características. “Somos países que tienen tragedias similares. Ahí nos damos cuenta que nos llevan mucho por delante en la coordinación entre las células ciudadanas y los organismos estatales, algo que es lógico que suceda. Cuánto se ahorraría el Estado si permitiera que sus propios ciudadanos que están certificados en manejo de desastres capaciten en los colegios a alumnos, sobre todo en conceptos básicos como la reacción oportuna ante las emergencias, o incluso en temas como el uso correcto de mensajes o de Twitter. La información del ciudadano se puede utilizar como un insumo de gestión, porque los recursos de las instituciones es limitado. Pero si a los voluntarios se califican y profesionalizan, van a ser ojos y oídos de las instituciones en todas partes, porque son ellos quienes manejan la información”, destacó.

En relación ala posibilidad de que tal como en Japón las organizaciones comunitarias tengan entre sus actividades principales el registro de experiencias para la formación de las nuevas generaciones en temas de desastres, Pedro Berríos señaló que el organismo no gubernamental que dirige podría realizarla. “No solo dar capacitaciones en escuelas y universidades sobre esto, sino a otros organismos como nosotros. Esto es algo que podríamos hacer con las propias universidades o el Mineduc. Al final lo que hacemos es ordenar forma como la gente se comporta en momentos de emergencia, y que después de la ocurrencia pueda comunicar la situación con un lenguaje técnico correcto, es una suerte de cultura de la emergencia donde estamos todos llamados a hacer algo”, agregó.


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