Labor Parlamentaria
Participaciones
Disponemos de documentos desde el año 1965 a la fecha
Antecedentes
- Senado
- Sesión Especial N° 54
- Celebrada el 11 de enero de 1967
- Legislatura Extraordinaria periodo 1966 -1967
Índice
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El señor
a diez años de su muerte sigue dando de beber al sediento. Y al parecer, ella no se equivocaba al decir orgullosamente: "Creo en mi corazón, siempre vertido pero nunca vaciado".Gabriela Mistral
La gante seguirá no sabemos por cuánto tiempo yendo a sus fuentes, mucho más con ademán de peregrino que va a adorar a un personaje de leyenda que por intrínseco amor a su gran poesía. Si bien el hombre sepulta rápidamente sus muertos en el ataúd, el tiempo los sepulta un poco después casi siempre en el olvido. Son escasos los que al cabo de diez años se recuerdan, y al cabo de ciento, sólo un puñado. Pero a su vez el tiempo hace que los hombres en algunos casos redondeen o acaben de fabricar una atmósfera de encantamiento que respecto de Gabriela Mastral había empezado a formarse ya en vida.
El sentido de la historia.
Desaparecida, se mantiene a pie firme en la historia y en la imaginación popular. Mirarla a distancia no la empequeñece, como sucede según las leyes de la óptica, sino que más bien clarifica su macizo y delicado contorno, disipando para el estudioso de la literatura el halo efímero, la aureola de idolatría dando lo que se llama una perspectiva más decantada y serena. Pero ello no impide en absoluto que Gabriela Mistral sea para el público no sólo un personaje prodigioso sino un mito iluminado y ejemplar, con hechuras de heroína incomprendida de un extraño cuento de hadas que, por fin, pese a todo, un día en Estocolmo triunfa y es coronada la campesina del Elqui por un viejo rey dinástico, como "reina de la poesía, mundial". Hoy la admiran en Chile todos, hasta los iletrados que escuchan por radio su milagro poético. Ella forma parte del santoral civil, como O'Higgins, Carrera, Manuel Rodríguez, Balmaceda, Recabarren y unos poquísimos más. Es un fenómeno que también empieza a gestarse en torno de la figura de Pablo Neruda, para hablar de otro poeta. Pero, en resumen, la mujer solitaria que no tuvo hijos es hoy en cierto claro sentido madre de la patria.
Los sueños lejanos.
Nosotros vemos en ella sobre todo la imagen de una maravillosa cosecha secreta de la tierra y del pueblo chilenos. Es la confirmación de que en el hondor de los más olvidados rincones o valles nativos no sólo fermenta como en el suyo el vino dulce sino también se cuece el pan del talento. Mil veces este talento se pierde y una vez entre mil por voluntad indómita se abre camino contra viento y marea. Es también la parábola de Neruda, hijo de ferroviario. De pobre hogar abandonado por su padre, Gabriela no veía en su infancia más que tierra ceñida de estrecheces, los cerros donde ardían los fuegos de los pastores de cabras; sentía latir en su corazón grandes sueños; jugaba a ser reina; contemplaba un lucero por los altos cielos, pensando que era el suyo. Pero todos los niños sueñan esas cosas. Resultaba improbable, casi como ganar el premio mayor de la lotería, que pudiera salir de esos valles cerrados, comidos por la erosión, que mendigan siempre lluvia y que, con ella, con su nombre, dieron la vuelta al mundo, llevando a la grupa de su fama la estrella de Chile. Se produjo la consagración universal y, sin embargo, su victoria no es puro azar: es obra sobre todo de su genio y de su propio carácter fuerte, de su íntimo coraje.
Para nosotros, parlamentarios de Izquierda, que queremos que ningún niño de talento se pierda, he aquí la primera lección, la moral de esta historia increíble que nos. dicta su vida, que nos enseña su muerte, que hoy contemplamos viva, a pesar de la lejanía de los días. Sí. Esa i 1jer del Norte Chico se elevó por encima de los montes, para brillar con una luz que sigue desparramando una claridad inextinguible y hacer que su voz pausada, ardiendo en entrañables resonancias, llevara por todas partes un corazón que sufre y una patria flaca que es orilla del planeta.
La autodesterrada nostálgica.
Sintió que no la querían en esta tierra, pese a que fue admirada y alabada por millones. Sintió que la perseguían. Y desencantada, infinitamente hipersensible, como pagando una penitencia atroz, se expatrió de un país donde sentía el ambiente hostil. Fue una autodesterrada con título de cónsul. Quiso vivir sola; pero, aunque la separasen muchos mares de su suelo natal, siempre volteaba la cabeza para mirarlo con sentimiento sin fin. Estuviese donde estuviere, acariciaba el cuerpo de Chile con pasión sin mengua y lo llenaba de recados que eran como cartas de amante, muchas veces desesperada, escritas desde lejos, porque la cercanía le quemaba, más que las manos, el alma.
¿Qué la reafirmó en su idea de vivir fuera de Chile? El creer que este país tiene arrestos y malas costumbres de dios Saturno, que devora con salvaje apetito a sus hijos. Ella lo sintió así, pese a que terminó por ser profeta en su tierra, cosa que le era debida, entre otras razones, porque tenía temperamento, estilo, ademán y acento proféticos.
El tambor de guerra.
Murió casi divinizada, lo cual es peligroso para los muertos y peor aún para los vivos. Un poeta como ella no muere en vida, si bien hay muchos medios poetas que mueren en vida o nunca alcanzan a nacer, aunque escriban siete mil versos inertes. Ella ni siquiera muere con la muerte. Esto significa que está entregada a las revaluaciones de los sobrevivientes. Y es su destino que nuevas generaciones literarias la nieguen, para luego conocer vigorosas aunque siempre diferentes reafirmaciones, porque constituye un signo de los grandes escritores, de los artistas de verdad, vivir muchas muertes y también conocer muchas resurrecciones.
Gabriela, que sintió como pocos la ternura, que cantó a ratos con dulce son, no creía que la palabra felicidad hubiera sido escrita para ella. Trae a nuestra poesía, más que la música fina y cristalina, el golpe del trueno, el viento desencadenado de la pasión humana, el sentimiento soberano, salido de un corazón que no era para ella simplemente un pequeño músculo en el pecho, sino más bien el trepidar tremolante de un tambor de guerra en las batallas siempre perdidas del amor, de la vida, de la muerte; de su denso sentir, roto por torbellinos, exigido por sístoles y diástoles de una estremecida furia.
Neruda y la Mistral.
Neruda da una imagen de ella, cuando él era un niño de liceo. "Por ese tiempo llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Iba vestida de color de arena. Era la directora del liceo. Venía de una lejanía austral, de las nieves de Magallanes. Se llamaba Gabriela Mistral. Tenía una sonrisa ancha y blanca en su rostro, por la sangre y la intemperie... No me extrañó cuando de entre sus ropas sacerdotales sacaba libros que me entregaba y que fui devorando. Ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa, que tanta influencia tuvieron sobre mí". Luego trataron de poner en pugna a Gabriela Mistral y Pablo Neruda, por sinrazones politiqueras. Pero ella desdeñó el intento, como también lo rechazó Neruda.
No fue una indiferente social.
A aquellos que la crucificaron en nombre de la moral, de la tradición o de la literatura, a aquellos que aullaron a su paso, ella no les sonrió perdonadora. No ocultó su disgusto y muchas veces se dejó llevar por rabias majestuosas.
Se sabe algo de lo que pensaba de sí misma, porque era una artista incansable en la epístola, en el carteo sustancial y sabroso; pero algo queda en el sigilo, o porque prefirió no decirlo, o porque nunca la propia persona se conoce totalmente. El hombre y la mujer son un nudo de contradicciones. Y si bien la vida siempre camina en la misma dirección que los punteros del reloj, no es tan exacta, porque el ser humano no es un reloj ni una máquina de precisión.
Ella no fue una indiferente social. Toda su vida tuvo preocupación por la infancia, por la suerte de la mujer, por la tierra, por la reforma agraria, por la paz, la "Palabra Maldita".
Hacia una poesía de tono mayor.
Los poemas tienen, como los poetas, grandes márgenes para ser llenados después de sus muertes. Márgenes de silencio, de incomprensión, de justicia, de sobrevaloración. Y la memoria, el juicio cambiante de las generaciones los escribe de acuerdo al gusto de su presente, para recrear un perfil que muchas veces no respeta en demasía el original ni la fotografía del modelo. Más que inspiración, la fuerza del poeta es invocación. Y Gabriela Mistral es un hecho y también un sueño que se adorna, y una historia personal que se desnuda o se desfigura.
Se habla de su romance trágico de juventud con Romelio Ureta, al cual aparece llevando sobre los hombros como tronco fúnebre durante toda su vida. Gran misterio. Pero los accidentes, los dramas del camino, son material para que el temperamento se exprese. Ella alimentó su poesía con su sangre, con su vida, con su desgracia, con su alegría, con su mundo y también con su amor por el indio, por la mujer, por el niño, por el labriego, por el pobre, por el rebelde.
Amó a Chile, a América, y echó de menos un soplo resonante para cantarla mejor. Dijo: "Después de la trompa épica, más elefantina que metálica, de nuestros románticos que recogieron la gesticulación de los Quintanas y de los Gallegos, vino en nuestra generación una repugnancia exagerada hacia el himno largo y ancho, hacia el tono mayor.
"Suele echarse de menos, cuando se mira a los monumentos indígenas o a la Cordillera, una voz entera que tenga el valor de allegarse a esos materiales formidables", voz que Neruda sacó para su poema "Alturas de Macchu Picchu".
Su voz en un mundo sin paz.
Ella amó a los espíritus recios del continente. Fue una fervorosa de Sandino en su lucha contra el invasor norteamericano, y una admiradora rendida de Martí, el libertador de Cuba, de cuyos "Versos Sencillos" dijo que son "una experiencia grande del mundo, un buceo de la vida en cuatro dimensiones, un montón de materiales, una cargazón que, si la viéramos, nos asustaría, hecha de sabiduría del mundo y del alma".
Hace ya mucho tiempo que Gabriela Mistral duerme en su Monte Grande; pero su grito, su "Palabra Maldita", su palabra bendita, la palabra "paz", sigue oyéndose en un mundo que no tiene paz y es para los chilenos la indicación de un deber casi sagrado, hoy que las llamas están cundiendo en Vietnam.
Creo que hace bien el Senado de la República con la pausa de esta mañana. Porque nuestro cuerpo colegiado no ha de ser sólo unilateral, pobremente político y legislativo, sino que también debe constituirse en receptáculo donde todas las formas de la vida, todos los nombres que enaltecen esta República han de decirse, no como un eco muerto, sino como algo vivo, como una demostración de que a esta Corporación nada de lo chileno, nada de lo americano ni de lo universal le es ni puede serle ajeno.
La luz que salió de los valles transversales.
Sabemos que no fue Gabriela Mistral mujer de afiliaciones partidistas ni de disciplinas multitudinarias; pero, sí, su médula espiritual se sintió como su cuerpo prieto, pedazo de pueblo, sal de esta tierra, chilena de raíz, americana de sangre, siempre el corazón y el ánimo junto a los trabajadores, a los humillados, a los ofendidos y olvidados.
Por ello, a una década del día en que su carnadura terrestre fue definitivamente ganada por la más grande de las sombras, las voces de los comunistas y socialistas de su patria quieren decir que la fortaleza solitaria da su poesía está refundida por la admiración, por el amor nuestro, por el cariño de todo su pueblo. Mientras Chile exista, la muerte, la gran exterminadora d3 hombres y renombres, la despiadada aniquiladora, no podrá destruir la luz que, salió de los valles transversales a andar por el mundo llevando un intenso mensaje de amor, de dolor concentrado, de lucha, de esperanza, de belleza, que ella, Gabriela Mistral, quiso que fuera para todos, pobres y ricos, sobre todo para los hijos del pueblo, pues ella fue y seguirá siendo hija ilustre del pueblo de Chile.