Labor Parlamentaria
Participaciones
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Antecedentes
- Senado
- Sesión Ordinaria N° 40
- Celebrada el 25 de agosto de 1971
- Legislatura Ordinaria año 1971
Índice
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El señor
Honorable Senado:
No buscó galardón. Y lo tuvo, de un pueblo inmenso, acompañándolo, en la hora final.
No fue brillante y, sin embargo, sigue despidiendo resplandores.
No cursó escuelas ni menos academias. Y su vida se hizo arte y ciencia de la revolución. Se convirtió en maestro silencioso, quitado de bulla, para generaciones de comunistas.
No fue rico, sino pobre de solemnidad sin solemnidad, y dejó enormes riquezas del alma, tesoros de enseñanza a sus camaradas.
Sus ojos vieron y vivieron todo lo que pasó en la historia de Chile en los últimos 50 años. Y ahora no ven nada, ni siquiera el amor que dejó a su alrededor.
No conoció las delicias ni las impudicias del ocio. No supo del encanto ni de los fantasmas del reposo. Tal vez porque siempre se sintió colmado de su deber, fue llamado -ese hombre que decía que en el Partido se muere pero no se jubila-, a la única jubilación posible para él, la de la muerte prematura.
Nadie busca la calma de la muerte, salvo los suicidas. El, un enamorado de la vida, no buscó calma alguna. Ni la de la vida ni menos de la muerte. Nunca la tuvo en sus días, cruzados de truenos y relámpagos, que fueron de penurias y trabajos, de durezas que jamás pudieron enturbiarle la alegría ni afearle la sonrisa.
Fue sencillo y se entregó a hacer la tarea más complicada: tratar de cambiar, junto a los trabajadores, a su pueblo y a sus camaradas, el país y el mundo.
Soldado sin uniforme.
No pretendió avizorar nada y, a pesar de ello, husmeó claramente la dirección del futuro.
Se consumió demasiado pronto en la llama porque ardió en ella sin intervalos. Se apagó temprano, pero el rumor de su voz sigue sonando y creciendo dentro de los suyos.
Hay dos clases de muertos: los muertos vivos y los muertos muertos. El hombre del cual hablamos, Oscar Astudillo, Subsecretario General del Partido Comunista de Chile, el día en que cumplía exactamente 62 años, pasó de vivo a muerto. Pero en ese mismo minuto transmutó su ubicación moral incorporándose a las filas combatientes de los muertos que viven.
Su sencillez de soldado sin uniforme, su pureza límpida de militante, formó la substancia de su grandeza, que siempre se autoestimó pequeña. No habló sonoramente, pero quebró la barrera del silencio y encontró una respuesta conmovida en las multitudes calladas que lo acompañaron por las calles en la hora amarga, en el momento de atravesar la frontera de la vida. Sus ojos cerrados dejan enseñanzas abiertas. Se convirtió en ausente que guía a los presentes, en caído que encauza a aquellos que sobreviven, carne perdurable del pensamiento pasado que asegura la continuidad del tránsito a un vasto porvenir.
Su trajín y su batallar.
Lo decimos ante el Senado respecto de un hombre que jamás desempeñó cargo parlamentario. Ni falta le hacía. Porque sin sentarse nunca en estos hemiciclos fue un político consumado, de la más alta estirpe del pueblo, un dirigente obrero, que nació y murió en su ley proletaria. Como Corvalán resumió en sus densas exequias, Oscar Astudillo tuvo "la vida ejemplar de un comunista".
El hijo del "cuque" de la estación de Rancagua acunó su infancia con la música angustiosa y quebradiza de los platos al minuto, entre pitazo y pitazo del conductor. Y toda su existencia fue de apuro, fatiga y necesidad de parar la olla. Y allí aprendió sus lecciones acidas, pero sabía que "no sólo de pan vive el hombre". Y prefería mil hambres, todas las privaciones de la tierra antes que ceder en su combate y transigir en sus ideales.
¡Qué trajinar el suyo por tantos oficios, entre la cal y el tanino, entre la mina y el agua, revisando medidores y abriendo canales a pala limpia, niño de chuzo y hoz, porque a los diez años ya andaba haciéndole pelea a la vida!
¡Qué mezcla la del Oscar, muchacho entre ciudad y labranza, entre pique y surco, ordeñando de amanecida o en la noche del invierno y la escarcha o viviendo en el atosigamiento de los arrabales santiaguinos!
Ver la propia sangre.
No tuvo espinazo de correderas ni alma de lacayo. El genio vivo, a veces, y un ansia de justicia, siempre. A los quince años recibe su bautismo de fuego: dos proyectiles le atraviesan las piernas, cuando batalla en la Segunda Comuna de la gran ciudad, abismal y dispareja, como dirigente de un comité que reclama la rebaja de los arriendos en los conventillos.
Ver su propia sangre no lo amilana. Por el contrario, lo acera. Precisamente, su infancia podría ser una de esas que describió Nicomedes Guzmán en "La Sangre y la Esperanza".
Las letras y la escuela se las prohíbe la miseria, a pesar de todo el falso imperio de la ley de Educación Primaria Obligatoria. El las irá formando, enriqueciendo en el plantel de todas sus labores. En el afán de saber que lo trasminaba, en las ganas de autoeducarse, que fue permanente divisa de su ser.
Pensó que para un trabajador y un luchador la mejor escuela era el Partido. Por eso una tarde de pichanga en la cancha de Sewell, tras la máscara de un "match" de fútbol, el arquero, de barba cerrada, oscura y ojos azules, "Cara de Poncho", Astudillo, ingresó al comunismo.
Grande, sin pretensiones.
Sus andanzas de largos años serán las sindicales. Porque, al fin y a la postre, no es sino un obrero que toma conciencia de sí mismo.
Primero, claro, carga con su pequeña montaña de tareas en aquellas que fueron sus clásicas canchas, las del mineral de El Teniente. Tiene a ello más que derecho. La mina lo ha marcado para siempre, regalándole con la enfermedad indeleble: una silicosis crónica antes de los treinta años. Es de esas que con el tiempo matan. Pero él, a punta de coraje, irá haciéndole cachañas, entre pausas asmáticas, para demorar la inevitable llegada.
Rezuma algo muy profundo, que infunde confianza: sentido de la fraternidad. Sus compañeros lo nombran a dos manos Secretario General de la Federación de la Construcción y Tesorero de la Confederación de Trabajadores de Chile.
Oscar sabe que la revolución es nacional e internacional a la vez. Y aprendió muy rápido que los proletarios son hermanos por encima de mares, cordilleras y fronteras. Lo designan para puestos responsables en la Organización de los Trabajadores de América Latina y del Consejo Directivo de la Federación Sindical Mundial. El chico que tranqueó junto a la vía férrea rancagüina, corría por Caletones o Machalí; después trabaja por cortas temporadas en Viena, París, Moscú o Berlín. Y lo hace con la misma naturalidad de quien sigue extrayendo cobre en la empinada mina de Los Andes.
En el Partido no pidió ni pretendió nunca nada, y fue de todo, y ocupó uno a uno los escalones de la pirámide. Para él era lo mismo, y no le daba ninguna importancia a éste u otro puesto. Sonreía hasta en medio de las tormentas. Durante Ja represión fue como pez en el agua clandestina. La cacería del hombre, del comunista, no logró atraparlo. Sólo al final pagó su cuota: tres relegaciones.
Ninguna jactancia. Se entregaba por entero, pero daba la sensación de que no hacía ningún esfuerzo, salvo en los últimos tiempos cuando la respiración se hizo acezante y cansina.
Muchos Astudillos.
Creía en la jefatura colegiada. Consultaba, resolvía, sin imponer nada. Era simpatiquísimo, pero no iban con él los compadrazgos ni los amiguismos. Quería a todos sus camaradas, pero más quería al Partido. Creo que muy pocas veces lo vi perder la paciencia. Era como un baqueano que ha visto innumerables temporales y sabe las pistas y caminos de salida, ducho en la orientación en medio de lanoche y del nuberío.
Si Chile vive hoy en el umbral de una nueva era, ello ha sido posible por muchos Oscr Astudillo. Por supuesto, ninguno era igual a él, y él igual a ninguno. Porque cada personalidad tiene un sello inconfundible. Pero hombres de su temple y de su decisión se formaron numerosos bajo su pedagogía fraternal y sin diplomas, bajo la didáctica viva del Partido, por millares. Junto a toda la Unidad Popular, él fue también la Unidad Popular.
El Presidente
Hablaba de sí en todo impersonal, como si fuera un ser llamado Osear o Astudillo -porque a veces él exclamaba: "Astudillo dice", o "ese Oscar" y "ese Astudillo" - y ese Osear no tuviera otra importancia, como decía Osear Wilde en su pieza de teatro, otro valor que ser una opinión de hombre del pueblo. Era muy lúcido, políticamente penetrante. No le conocí yerros de magnitud. Tenía un inconmovible buen sentido de clase. Y estaba al tanto de todo. Era exigente, pero genuino conocedor de la humanidad y de sus flaquezas. Nunca actuó de predicador puritano ni como fraile de sermones rojos. Tenía demasiado humor. Era demasiado vital, demasiado amplio como hombre y como militante para andar repartiendo comprimidos de moralina. Pero ¡guay del que confundiera las categorías esenciales y tomara el Partido por un negocio, grande o chico, o la revolución por una estación de ferrocarril, por un jardín de las Academias, un café de charlatanes o una bolsa de transacciones!
Personificación del pueblo.
Fue siempre directo, concreto y preciso. Tenía la concepción completa del proceso social. No se pegó calentones ni proclamó la fiebre como el estado natural de la revolución. Articuló la táctica dentro de todo su itinerario estratégico, largo y curvo. Nunca fue el perro que se mordió la cola, porque sabía que yendo siempre, siempre a la Izquierda en este mundo redondo, un día el desaforado puede encontrarse en la extrema Derecha o servirle, aunque ni quiera ni tenga conciencia estricta de este hecho trágico o tragicómico.
La vida de Osear Astudillo, proletario chileno de fibra, es una personificación de la vida de muchos, aparentemente oscuros que, sin embargo, demostraron, en tiempos de pesimismo extendido en ciertos estratos de la sociedad, que la vida no es necesariamente puro humo ni mero o complicado absurdo, como lo sostienen algunos. Y aunque la carne se convierte en polvo y la presencia se trueque por ausencia, ésa, la suya, no será un centelleo vano, pues no se desvanece como si no hubiera existido nunca cuando la llena un alma grande que vive para su pueblo. Ella de algún modo sobrevive, mientras ese pueblo siga viviendo, y éste, entendemos, es un valor perenne.
Por eso, a pesar de la flaca memoria de los vivos, nuestro camarada, Oscar Astudillo, seguirá en nosotros, en sus compañeros, en el pueblo, como un pensamiento que vibra y enseña, que prosigue en su obra; se mantendrá vivo en el cariño de quienes lo conocieron y han hecho suya su lucha por su Partido, por los trabajadores, por el pueblo y por la unidad.
Y, a juzgar por las expresiones escuchadas esta noche en el Senado, que se suman a las oídas en la Cámara, en las puertas del camposanto, en tantos sindicatos y en tanto pueblo de nuestra patria, es también sentimiento y tristeza que toca a los partidos de la Acción Popular Independiente, de la Izquierda Cristiana, de la Democracia Cristiana, del Partido Socialista, del Movimiento Radical Independiente de Izquierda, que nos acaba de decir su sincero pesar. Lo agradezco muy de veras en nombre del partido de Astudillo, el Partido Comunista, y deseo que estas manifestaciones de solidaridad en el duelo y en la pena, se transcriban a su abnegada compañera, a sus hijos, a toda la familia de ese camarada y compatriota nuestro que concita tan larga y limpia simpatía.