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  • Senado
  • Sesión Ordinaria N° 16
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  • Legislatura Ordinaria año 1966
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Homenaje
HOMENAJE A LA MEMORIA DEL OBISPO DE TALCA, MONSEÑOR MANUEL LARRAIN ERRAZURIZ.

Autores

El señor AYLWIN.-

Señor Presidente:

Hace pocos días fuimos golpeados por la muerte del Obispo de Talca, Monseñor Manuel Larraín. Su inesperada y trágica partida, no sólo conmovió a la Iglesia Católica, de la cual era Prelado ilustrísimo y representativo; no sólo entristeció a sus amigos personales, que conocimos y gozamos de su inteligencia penetrante, su cristiana sencillez y su cautivante trato humano. Afligió a vastos sectores de chilenos y tuvo dolorosa repercusión en América y Europa. Creyentes e incrédulos, amigos y adversarios, compatriotas y extranjeros, cuantos sabían algo de él, se han sentido acongojados. Y, sobre todo, le han llorado los pobres de su diócesis, en especial los campesinos de Talca y Curicó.

¿Quién era don Manuel Larraín?

El mismo se autodefinió como "un Obispo católico que vive junto a su pueblo, que siente sus angustias y vibra con sus esperanzas; un hijo de América Latina que cree en un futuro maravilloso de este Continente, pero a quien no se le ocultan los peligros que le amenazan; un hombre que a la luz de la experiencia sabe que la única posición ante el desafío de la historia es enfrentarlo, y que a la luz de su fe religiosa repite cada día la plegaria de Tomás Moro; "por las cosas que oro, Amado Señor, dame también la gracia de trabajar por ellas"."

Auténtico apóstol, "heraldo de la paz de Cristo", entendiendo que la misión del Cristianismo es "elevar lo humano y dar sentido eterno a lo temporal", se entregó todo entero a trabajar por ese reino de verdad, de justicia y de amor que nos enseña el Evangelio. Su lema episcopal: "Veni, Domine Jesu -Ven, Señor Jesús- expresa de manera elocuente esta vocación profunda de su vida.

Aunque sus dotes naturales pudieron inclinarlo hacia el puro magisterio intelectual, el gesto que orientó su vida fue más bien el del sembrador. En vez de ensimismarse en los fríos deleites del raciocinio, supo sugerir ideas vigorosas y fecundas, desparramándolas con generosidad. Los fieles, los jóvenes, los trabajadores, fueron ante él surcos que se abrián "como una invitación y una promesa". Caminó 'sin detenerse arrojando en esos surcos la semilla".

Convencido de que "el amor es la razón de todo lo que creemos", porque el da la caridad fraterna "es el precepto máximo y primero", "la señal distintiva del cristiano", centró lo mejor de su pensamiento y su acción en procurar a cada hombre el pleno reconocimiento de su dignidad de persona. Ningún problema humano dejó de preocuparlo, porque "donde hay un problema humano hay también un problema moral".

Sus palabras son tajantes: "la moral cristiana abarca todos los actos libres y voluntarios del hombre. La vida pública y la familiar. El trabajo y los negocios.

¡Las actividades económicas y sociales, en cuanto son actos humanos, caen bajo el , imperio de la ley moral. Quienes dicen :

"La Religión no tiene nada que ver con esto", no han comprendido nada de lo que es el cristianismo. Cristo no vino sólo a enseñarnos a orar; vino a enseñarnos a vivir".

De ahí su convicción, muchas veces reiterada, de que "el cristianismo, o es social o no es".

Por eso, este Obispo vivió junto a su pueblo, sintió sus angustias y vibró con sus esperanzas.

Cierto es que en su diócesis solían echarlo de menos, sobre todo en los últimos años, porque sus múltiples obligaciones le forzaban a viajar mucho, dentro del país y fuera de él y del Continente. Así como Pablo, el Apóstol de los Gentiles, sufría navegando, pero tenía que hacerlo, Monseñor Larraín experimentaba miedo físico de viajar en avión y, sin embargo, debía hacerlo continuamente. ¿Imaginó alguna vez que moriría viajando, pero no por los aires, sino a ras de tierra ?

Los viajes, sin embargo, no le apartaron nunca de su pueblo. ¡ Cómo conocía su diócesis, hasta los más escondidos lugares, y a los habitantes de cada parte; por su nombre y apellido! ¡ Cómo gustaba visitarlos, conversar con todos, tender su mano amiga, sin distinciones, a fieles y escépticos, a pobres y ricos, a justos y pecadores: Intentó siempre cumplir el anhelo que expresó en 1938 al asumir su misión episcopal: "Colocado por mi cargo sobre las pasiones que dividen, ser como un tranquilo remanso donde los hombres venidos de las más diversas tiendas puedan hallar en la caridad el don inapreciable de la paz".

Siempre atento a las necesidades humanas, se daba tiempo para preocuparse hasta de los menores detalles. El día mismo de su último viaje estuvimos conversando. Comentó la visita que el domingo anterior había hecho a Curepto y me representó la necesidad de reparar el camino por Guelleco, cuyas alcantarillas y terraplenes han sido deteriorados por los dos últimos inviernos. Habló de la pobreza de esas tierras carcomidas por la erosión y de su interés por el programa de forestación proyectado para esa zona, a cuya próxima inauguración se proponía concurrir. Habló de los campesinos, de los profesores primarios, del movimiento cooperativo. Todo le interesaba. Para toda inquietud generosa había acogida en su corazón y respuesta en su mente.

Pero lo que más lo hacía vibrar eran las angustias y las esperanzas del pueblo, de las cuales participaba con todo su ser. ¿Quién ignora con cuánta entereza y decisión se jugó por los pobres y sostuvo los principios y criterios de justicia social que sus convicciones cristianas le dictaban?

Denunció "el escándalo de la condición proletaria", y expresó su rechazo al "actual estado económico y social, porque aceptarlo nos significaría traicionar el mensaje cristiano". Repudió el capitalismo, porque ese régimen caracterizado, según sus palabras, "por la fecundidad de las especies monetarias, por el primado del capital-dinero en la economía, por la separación entre los trabajadores y los instrumentos de producción, en fin, por la división de la sociedad en clases cuyas diferencias provienen de los modos diferentes según los cuales participan de la propiedad de los capitales y en la distribución de los intereses", significa "primado del lucro, concepción materialista del trabajo, inseguridad y servidumbre de la vida obrera; proletariado".

Con igual vigor desechó la solución marxista como incompatbile con los principios cristianos. "Son -decía-" dos concepciones del mundo y de la vida en abierta contradicción. Donde uno dice respecto a la persona humana, el otro dice absorción de la persona por la colectividad; donde uno afirma primado de lo espiritual, el otro afirma materialismo histórico; donde uno proclama democracia, el otro proclama totalitarismo; donde uno dice Dios trascendente, el otro dice dictadura del proletariado".

Consecuentemente, rechazó como falso, "de falsedad absoluta" el dilema: o capitalismo o comunismo, exclamando: "El Cristianismo no tiene por qué escoger entre dos materialismos".

Frente a ambos, afirmó la necesidad de establecer "un orden humano" en que se obtenga "la desproletización del trabajador", mediante "una revolución que cambie el espíritu y la mente y de ahí se refleje en la vida económica, política y social".

"Para transformar al mundo" -decía- "deseamos ante todo reformar al hombre. . . Queremos la redención total del proletariado". Pero -son sus palabras- "sería grave culpa ignorar que las condiciones externas de la vida: situación económica, ambiente social impiden a menudo esa redención proletaria, elemento substancial de un orden nuevo". El cristiano "tiene la obligación de trabajar en todas aquellas reformas económicas y sociales que a actualmente impiden al obrero su redención".

"El deber social nos pide luchar" -agregaba- "por una economía humana, al servicio del hombre. El lucro no puede ser la finalidad de la economía, sino el consumo. Las necesidades vitales de la población deben ser las que primen sobre todo".

"Hace un siglo y medio" -expresaba- "que la economía está dirigida contra el obrero y nosotros buscamos una economía donde la dignidad del trabajo, la dignidad obrera, la dignidad humana del trabajador en cuanto tal sea amplia y prácticamente renovada. Nuestro esfuerzo va dirigido a crear una civilización donde el trabajo ocupe en la sociedad el lugar que en justicia le corresponde, una civilización que supere el régimen del salario quitándole su inseguridad y que dé al esfuerzo humano la autoridad y el poder que hoy detenta una fuerza material, el capital".

Hablando en Colombia, en 1953, sobre "el proletariado rural en América Latina", expresaba: "Ante los derechos del trabajador conculcados, el católico debe luchar por un orden donde el trabajo, esfuerzo humano, tenga supremacía y no el dinero, donde su retribución permita ver la vida humana y sobrenatural a que está llamado, donde el lucro no sea un fin, sin subsistencia y progreso de la colectividad, donde nunca se olvide que para dignificar el trabajo, las manos creadoras de Dios se hicieron manos encallecidas de obrero".

Con decisión se asocia a la celebración del 1° de mayo, y dice en su Mensaje: "En el día de hoy los obreros del mundo recuerdan su solidaridad obrera, y para que la sientan plenamente es menester que la sientan en cristiano. Por eso hablo. . . El 1º de mayo, donde entre banderas rojas de revolución se elevan gritos de odio, yo siento que también se levanta otro grito: "el de los que tienen hambre y sed de justicia". Y agrega: "Yo pienso que el trabajo es el elemento humano por excelencia de la empresa".

De estas ideas deriva su criterio sobre la empresa. "Al concepto ruinoso para la economía nacional de antagonismo entre el capital y el trabajo" -decía-, "nosotros oponemos el de la solidaridad en la empresa; el de la comunidad de intereses, el de la comunidad de trabajo. Esta reforma, que a más de alguno puede chocar, no es sino la consecuencia necesaria de nuestro concepto del hombre y del trabajo. Tenemos antecedentes para proclamarlo. La ley del trabajo para todos es enseñanza precisa del Evangelio. La frase que hoy se lee en la Plaza del Kremlin: "Que el que no trabaja, no coma", no es de Lenin, sino de San Pablo."

Desarrollando este pensamiento, patrocina un régimen de empresa en que el obrero participe "en la propiedad, gestión y beneficio de la misma. ¿Por qué" -se pregunta- "si ambos son factores de producción, uno solo de ellos, tiene el dominio total de la empresa? ¿No es el trabajo el que le da vida al capital inanimado?".

Frente a la propiedad sostiene la doctrina de que "es conforme a la justicia que el hombre puede poseer bienes terrenos. Consecuencia natural del trabajo, defiende a la persona humana, su dignidad y su progreso. Sin embargo -suscribió en 1948-, "la propiedad que proclamamos no es la propiedad capitalista, sino la humana. No es ilimitada para unos pocos, sino aquella de la cual el mayor número y si es posible, todos, deben participar". Y en otra ocasión expresa: "La propiedad privada existe precisamente como medio de ayudar a todos los hombres a participar en los bienes de la tierra. De ahí proviene que el derecho a la propiedad privada esté limitado por el bien común".

Aplicando estos conceptos a la realidad del agro latinoamericano, que lo preocupaba mucho y a la cual dedicó varios estudios, sentencia perentoriamente: "El latifundio es anticristiano". "El estudio de la distribución de la tierra y la desproporción de grandes predios y minifundios, junto a la inmensa masa de campesinos sin tierras y sin esperanzas de poseerla, debe resonar como un grito doloroso en la conciencia cristiana". Ese hecho, el de la "baja renta que perciben los campesinos" y el de sus condiciones de vida" a veces infrahumanas u otras, sin ser tales, inaptas para un verdadero desarrollo y promoción de la clase campesina", lo llevan a proclamar la necesidad urgente e imperativa de una reforma agraria "que abra la posibilidad de acceso a la tierra de una gran porción de campesinos y que al mismo tiempo promueva por la eficiencia técnica una mayor productividad".

Dentro del concepto cristiano que Monseñor Larraín profesaba sobre el hombre y su libertad, rechazaba las soluciones impuestas desde arriba, fueran paternalistas o totalitarias. "No aceptamos" -decía- "un paternalismo que quiere imponer a la clase obrera sus beneficios, sin darle aquella responsabilidad que ella merece y exige". La instauración del mundo nuevo era para él una tarea libre y común en la que a los propios trabajadores cabría una participación principalísima. "Toda doctrina o régimen que menoscaba la libertad esencial del hombre hiere el sentido cristiano de la vida", -decía-. "Toda servidumbre, bajo cualquier nombre que se haga, es inaceptable para el cristiano".

Por eso creía en la eficacia de la organización gremial. "El sindicato" -expresaba- "es el medio que el obrero tiene para su triunfo". Y al individualismo que caracterizó los dos últimos siglos, oponía el concepto de comunidad. "El gran testimonio cristiano que nuestro mundo exige es el de la comunidad", cuyo desarrollo estimuló en el ámbito espiritual y en diversos aspectos de la vida temporal. "La vida comunitaria deriva del carácter mismo del Cristianismo y de la Iglesia", escribía. En consecuencia, no está acondicionada por el tiempo. Los marcos externos pueden cambiarse, pero las manifestaciones de la vida en la fraternidad o comunidad, permanecen siempre las mismas". Por eso anhelaba el tiempo en que "las empresas estén presididas, en vez de la idea pagana del lucro, por la cristiana de comunidad, donde el provecho de uno es de todos y el provecho de todos, de cada uno". Y años más tarde, repite a Juan XXIII cuando, hablando de la agricultura, preconiza "toda forma de explotación que se presente como una verdadera comunidad".

Hombre dotado de espíritu amplio, mente siempre abierta y gran sentido de la historia, comprendió de los primeros "el futuro maravilloso" de América Latina y "los peligros que la amenazan". De ahí que cultivara con asiduidad amistades en todos los países del Continente, interiorizándose en sus problemas espirituales y sociales, de los cuales se hizo testigo elocuente y cuya solución reclamaba como una exigencia imperativa para la conciencia del mundo cristiano.

Vicepresidente primero y presidente, en seguida, del Consejo Episcopal Latinoamericano, sentía en sí mismo todo el dolor del "subdesarrollo material y espiritual de los pueblos" de América Latina, al cual no veía sólo como "una amenaza contra la paz", sino como un fenómeno -son sus palabras- "que constituye de hecho una ruptura actual de la paz". "Cada año" -decía- "la miseria, el hambre y la enfermedad que lleva consigo, provoca en el "Tercer Mundo" tantas muertes como en los cuatro años, la segunda guerra mundial. El subdesarrollo mata anualmente a millones de seres humanos. No existe en la historia del mundo una batalla más cruenta. Este impuesto de sangre que paga el mundo sub-desarrollado es un escándalo que clama al Padre de los Cielos".

Y glosando las enseñanzas de Juan XXIII y Pablo VI, señalaba la necesidad del desarrollo como condición ineludible para que haya verdadera paz, y el deber que asiste a las naciones más desarrolladas de "encontrar medios concretos y prácticas de organización y cooperación, de modo que todos los recursos sean puestos en común y que todos los esfuerzos se unan en el propósito de realizar una verdadera comunión entre las naciones". Lo cual no significaba, a su entender, que América Latina debiera esperar "que su desarrollo parta desde afuera. Ella misma debe concurrir de un modo activo, entusiasta y decisivo para lograrlo".

Refiriéndose a esta materia, escribía en 1962: "Una nueva medida de la caridad social golpea nuestra conciencia. Todo hombre y con mayor razón el cristiano, tiene el deber de promover el desarrollo económico del país en el cual trabaja. El cristiano no puede concretarse sólo a la asistencia, por muy laudable que ella sea, ni puede tampoco detenerse en luchar sólo por una más justa distribución de lo existente. Debe ir más allá: al incremento en forma continua de los bienes y servicios producidos cada año en el país. No basta que un padre sea justo en la división del pan. Cuando la familia es numerosa y el pan pequeño, el amor a los hijos exige que se tomen todas las medidas necesarias para que aumente el suministro del pan".

"Don Manuel", como cariñosamente se lo llamaba en su diócesis, no era hombre a quien amilanaran los problemas. Según sus propias palabras, sabía, a la luz de la experiencia, "que la única posición ante el desafío de la historia es enfrentarlo". Por eso, jamás fue pesimista. "Lo sería" -escribió, a propósito del problema del campesinado- "si sólo aceptáramos un determinismo histórico y olvidáramos que el hombre es el rey de la creación, que los problemas más graves pueden ser resueltos siempre que exista una clara visión del problema, una firme voluntad de trabajo y, sobre todo, un amor grande a nuestros hermanos, que haga posible vencer los egoísmos individuales y colectivos en servicio de los demás. El fatalismo determinista lleva a la inercia; en cambio, la fuerza del espíritu es la que hace posible los grandes cambios de la historia".

Vivía el Cristianismo sabiendo a ciencia cierta que "no es religión de timidez", sino que "es religión de amor" y que "el amor es fuerte como la muerte". Por eso, trabajaba con audacia en la construcción de un mundo nuevo. "El conseguirlo" -decía en Uruguay en 1952- "no nos conducirá a un paraíso terrenal sin males ni dolores, como algunos sueñan o pintan, pero serán un avanzar en la historia, un dignificar las grandes ideas del hombre y del trabajo, un cavar más hondo en el sentido social inherente al Cristianismo, donde cada uno comprende lo que debe a su hermano y a la sociedad en que vive, un acercarse más a aquel ideal ultraterreno a donde el mundo y la historia se encaminan, el advenimiento de la ciudad de Dios que debe reemplazar a la ciudad del hombre".

Perdonadme, señor Presidente y Honorables colegas, la larga exposición de citas que habéis oído. Pero creo que el mejor homenaje que en este alto recinto de nuestra patria podemos rendir ahora al Obispodon Manuel Larraín, es recordar y repensar, con la máxima fidelidad, los principios y las ideas que hizo carne en su vida.

Todas estas ideas y principios fueron expuestos y desarrollados en numerosos documentos -cartas pastorales, conferencias, ensayos-, a lo largo de 10 años. Vale la pena recordar el título y la fecha de los principales: "Un programa episcopal", 1938; "La Iglesia ante el Problema Social", 1941; "Acción Católica y Acción Política", 1942; "Nuestro Deber Social", 1944; "Mensaje Social Católico", 1946; "Acción Católica y Realidades Modernas", 1947; "Redención Proletaria", 1948; "La Plenitud de la Ley", 1950; "Meditación Cristiana del Trabajo", 1951; "Una Posición, un Programa, un Espíritu", 1952; "Proletariado Rural en América Latina", 1953; "América Latina, Problemas, Peligros y Soluciones", 1960; "El Problema del Agro y del Campesinado en América Latina", 1961; "Un Gran Capítulo de la Encíclica Mater y Magistra: El Desarrollo", 1962: "Desarrollo: Exito o Fracaso en América Latina", 1965.

Releyendo esos escritos o recordando sus conversaciones, uno no sabe de qué admirarse más: si de la absoluta consecuencia de su pensamiento, que constituye un todo integral, con las convicciones profundas de su fe; si de la insobornable fidelidad con que, arrostrando la incomprensión y aún la injuria, sostuvo en todo tiempo y lugar sus convicciones, o si de ¡a genial intuición con que anticipó muchos aspectos de la visión cristiana del mundo moderno que después Juan XXIII y el Concilio Vaticano II proclamarían "Urbi et orbe".

Pero hay otra cara en la vida de Monseñor Larraín que merece igual homenaje que su pensamiento: su acción. A él le fue dada la gracia, que, como Tomás Moro, pedía en su plagaría: la de trabajar por las cosas que oraba.

Alguna vez escribió: "el cristiano busca el cielo, pero vive en la tierra. Cree en la vida eterna, pero sabe que esa vida se merece y logra aquí abajo. Nuestras creencias han de proyectarse en nuestra acción, individual y social. Quien no actúa en conformidad a lo que cree, termina por creer en conformidad a lo que actúa".

Y él dio cabal testimonio de sus creencias en sus hechos.

Ahí están para probarlo, la Catedral de Talca, las quince parroquias y diez y siete capillas que construyó durante su episcopado. Allí están las 15 escuelas primarias, tres liceos y dos escuelas profesionales que contribuyó a levantar en su Diócesis. Allí está la Fundación León XIII, obra que, bajo su inspiración, ha impulsado en Talca el movimiento cooperativo, mediante el cual muchos miles de familias modestas han logrado o están logrando solucionar su problema de vivienda.

Allí está, como un ejemplo entre muchos que podrían recordarse, su actuación en el conflicto de Molina, a comienzos de 1954. No vaciló un instante. "La Iglesia" -dijo- "defiende la justicia, donde quiera que se encuentre, del mismo modo que condena lo que es injusto y arbitrario. Todo lo que hay de justo en las peticiones de los obreros de Molina, y la hay mucho, la Iglescia lo aprueba. . . Las palabras que el sacerdote dijo a los obreros fueron en síntesis las siguientes: "mientras ustedes se mantengan en la justicia y en la Caridad, Dios los bendecirá". Tales palabras yo las apruebo y confirmo". Y agregó: "Si sacerdotes y católicos se han preocupado de dar alimento a más de mil hombres que carecían en ese momento de él, lo han hecho cumpliendo un postulado elemental de caridad cristiana y lo han hecho previa consulta a su Obispo. Cumplen también con eso un deber patriótico".

Allí está, como testimonio imperecedero, la parcelación, entre sus propios campesinos, del fundo "Los Silos", de Pirque, propiedad del Obispado de Talca, en una experiencia cooperativa que constituyó el primer paso de la reforma agraria en Chile.

Naturalmente, las palabras y las obras del Obispo de Talca no podían dejar de suscitar controversia. Como todos los que se anticipan a su tiempo, fue incomprendido por muchos. Como todos los que dicen pura y simplemente la verdad, despertó resistencias, porque aquélla suele herir como latigazo. Como todos los que luchan por la justicia, suscitó las iras de los egoístas.

Pero él, leal a la enseñanza evangélica, siguió su camino sin detenerse a contestar la injuria. Sin duda, debe de haberle costado, porque era hombre, practicar lo que dijo: "Pretender destruir el odio con el odio, la violencia por la violencia, es lo más anticristiano que puede concebirse. El odio al error no puede llevar al odio contra las personas. Hay que refutar el error, pero amar a los que yerran. Hay medios que el cristiano jamás puede emplear".

Aunque se pretendió presentarlo entrometiéndose en política, la verdad es que nunca descendió a la arena del combate partidista. Fue en esto extraordinariamente riguroso; permaneció siempre en su terreno de Pastor, por encima de la política contingente.

En carta privada dirigida al Clero y Comunidades Religiosas de su Diócesis en 1949, recogiendo la tradición instatu-rada por el Arzobispodon Crescente Errázuriz, expresa en forma categórica: "En primer lugar, deseo insistir sobre la obligación de abstenerse de toda actividad política, sea favoreciendo, sea combatiendo a los partidos políticos". Y luego de otras indicaciones, termina formulando esta sabia reflexión: "Existe en Chile una preocupación casi exclusiva por lo político. De ahí puede proceder, y de hecho procede, una grave deformación, a saber, que la religión y sus problemas, que son del dominio de lo absoluto, son consideradas desde un punto de vista relativo, mientras que la política, que es del dominio de lo relativo, es tratada como algo absoluto".

Aunque apreciaciones superficiales de quienes sufren esa deformación suelen proyectar su figura en actitud de militancia partidista, es necesario proclamar en esta hora, de modo tajante y categórico, que tales apreciaciones no tienen ni un ápice de verdad.

Cierto es que el ObispoManuel Larraín, como el Padre Hurtado y Monseñor Francisco Vives, señalaron un camino a nuestra generación. Con sus enseñanzas y el ejemplo de sus vidas sugirieron un ideal a cuantos tuvieron la suerte de pasar cerca de ellos. Unos, primero; otros, después, muchos miles de chilenos, en un comienzo jóvenes; luego, hombres y mujeres de todas las edades; al principio, universitarios; enseguida, empleados, obreros, empresarios, profesionales, campesinos, fuimos recogiendo ese ideal y entregándonos a su servicio. Muchos de entre nosotros no los conocieron, no los vieron jamás. Muchos ni siquiera participan de su fe, porque constituimos un movimiento laico, y no profesional. Pero el ideal permanecerá vinculado a sus nombres, como la sangre del padre corre por las venas de los hijos. Y en los momentos de flaqueza o de abatimiento, su palabra o su recuerdo ha sido capaz, y seguirá siéndolo, de levantar nuestros espíritus.

Ellos, por su parte, permanecieron consagrados sólo a la tarea a la que por su vocación fueron llamados: la de pastores de almas. Don Manuel lo dijo muchas veces: "No soy sociólogo, ni economista, ni político. Soy un Pastor".

Fue un auténtico Pastor, que dio su vida por sus ovejas. Inspirado por la llama del Espíritu, fue a la vez guía, amigo y servidor. Todo en él era sencillez y cordialidad. No había en su conducta vanidad ni afectación. Con toda su inteligencia, con toda su voluntad, con toda su alma, buscó primeramente el reino de Dios y su Justicia.

Los democratacristianos chilenos, en cuyo nombre, hablo, le rendimos emocionado homenaje, homenaje de admiración y gratitud.

He dicho.

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