Labor Parlamentaria
Participaciones
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Antecedentes
- Senado
- Sesión Ordinaria N° 82
- Celebrada el 24 de abril de 1968
- Legislatura Extraordinaria periodo 1967 -1968
Índice
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El señor
Señor Presidente, quiero asociarme a este sentido homenaje que inició esta tarde con brillantes palabras el Honorable Senador don Exequiel González Madariaga.
Hace poco más de un par de semanas fue asesinado el sacerdote afronorteamericano Martin Luther King. Murió este representante de la no violencia víctima de la violencia más encarnizada del racismo blanco norteamericano. Un predicador de la coexistencia pacífica muere víctima de su propio error, porque para conquistar la liberación definitiva el oprimido debe oponer la violencia revolucionaria a la violencia contrarrevolucionaria. ¡El que a hierro mata, a hierro debe morir!
Un país en crisis financiera y moral, una nación donde las contradicciones de clases se agravan día a día; un imperialismo derrotado en lo militar y en lo político, no podía hacer sino agredir, como bestia herida, agonizante, a un indefenso sacerdote negro cuya estirpe está apretando el cuello al sistema colonialista e imperialista reinante en Estados Unidos.
Tres dogales aprietan su cuello: la agresión contra Vietnam, la crisis del dólar y la lucha heroica de los afronorteamericanos contra los amos de la tiranía.
Floreció el imperio de Wall Street a la sombra de la esclavitud y el tráfico de negros, pero está llegando la hora en que los esclavos de ayer tendrán que ser los amos de mañana. Memphis se ha convertido en estos días en un símbolo, y la tea incendiaria alumbró los rostros negros de toda la Unión. En Miami, Birmingham, Jackson, Hartford y otras ciudades, la heroica lucha negra desafió a la fuerza bruta pacifista de Johnson y sus cómplices. Presa de pánico, el racista Johnson, en la misma noche del 4 de abril, tuvo que anunciar el aplazamiento de su viaje a Honolulú para enfrentar la grave tensión que al país le significa el asesinato aleve del pueblo vietnamita, sus crecientes gastos de guerra, los déficit financieros y de pagos internacionales, y el tambaleante sistema del dólar que echa por tierra la supremacía de los americanos del Norte, unido todo esto al despertar del alma negra norteamericana. El genocida presidente, cuyas manos están manchadas con la sangre de su antecesor, quiere darse tregua, engañar con conversaciones de paz, palabras huecas de "desealonamiento" en Vietnam, con su renuncia a la candidatura presidencial para la elección que se avecina, para poder aumentar su lánguida popularidad, con declaraciones efectistas propias de un politicastro de subterráneo.
Los verdaderos revolucionarios no creen en sus conversaciones de paz, porque ni siquiera tiene paz interna, ni en sus reuniones con camarillas de renegados, ni con el Gobierno laborista británico, ni con U Thant, Secretario General de las ineficaces Naciones Unidas. Nada podrán las bandadas de paracaidistas norteamericanos, ni los infantes de marina, ni la policía, ni los guardias nacionales contra los afronorteamericanos que desafían las atrocidades de los racistas blancos con sus puños, con gasolina y botellas incendiarias, con francotiradores, para resistir sin tregua la represión sanguinaria de los soldados y policías reaccionarios. La violencia de los blancos ha destruido la fórmula de no violencia de Martin Luther King; la no violencia no tiene significación alguna en una sociedad estructurada en el abuso, en la opresión.
Seguirán las muertes, pero el sol del nuevo día llegará. Los "ghettos" negros tendrán que levantarse y saber que los reaccionarios siempre hacen el doble juego de tácticas de represión violenta y engaño político para mantener su dominio reaccionario.
En la semana del 4 al 10 de abril, más de treinta afronorteamericanos fueron asesinados por la policía reaccionaria. Mientras tanto, Lyndon Johnson, cabecilla imperialista, y sus cómplices expresaban hipócritamente condolencias a los deudos de Martin Luther King, acudiendo incluso a los funerales para llorar lágrimas de cocodrilo ante su venerada tumba.
Precipitadamente, el 10 de este mes el Congreso de Estados Unidos aprobó un proyecto de ley relativo a "derechos civiles": la llamada "libertad de domicilio". El hipócrita Johnson creía con esto romper las cadenas de la vieja injusticia, pues es sabido que las masas negras siguen viviendo en la miseria, al borde del hambre.
Esto lo denunció esta tarde con caracteres patéticos el Honorable señor González Madariaga. Ese proyecto, como otros aprobados en el pasado, seguirá siendo un fraude más para adormecer la voluntad de lucha del pueblo de color.
Cuando es preciso viajar a Estados Unidos y conseguir un pasaporte en la Embajada, hay que jurar que no se va a matar al Presidente ni se va a ejercer la prostitución. ¡Acto fallido!, diría Sigmund Freud. Y el viajero tiene que jurar, aunque sea una niñita, una anciana o un paralítico los interesados en viajar. Es lógico que en un país donde menudean los asesinatos y las prostitutas, sus autoridades tienen que considerar a los demás de su misma condición, pues jamás un Presidente de los Estados Unidos fue asesinado por un extranjero. ¡Y niñitas de pocos años deben firmar, o bien sus padres, al igual que las ancianas, garantizando que no ejercerán la prostitución!
¡He aquí reflejada, en una simple pincelada, la moral de los paranoicos cuya Estatua de la Libertad da la espalda al continente americano!
Yo leí hace algún tiempo la obra de Martin Luther King "Why we can't wait?" (¿Por qué no podemos esperar?), dedicada a sus hijos, hoy huérfanos, Yolanda, Martin III, Dexter y Beonice. Conocí allí el problema atroz de la segregación; medité, a través de ese libro, en la Oración de Gettysburg y en la Proclamación de la Emancipación, de Abraham Lincoln. Penetré junto al negro en la confinación de sus "ghettos". Viajé por Albany (Georgia), conociendo sus sucesos y encarcelamientos, y por Birmingham, símbolo de carnicerías humanas cuando se trataron de organizar los sindicatos. Aprendí lo que era la furia de los comisarios y conocí cómo Luther King quería asimilarse a los profetas del siglo VIII antes de nuestra era, saliendo al igual que Pablo del pueblo de Tarso para difundir sus principios en el mundo grecorromano por los ámbitos del pueblo norte americano, por el mundo contemporáneo. Supe lo que se entendía por "orden" y "justicia" en el Consejo de Ciudadanos Blancos y en el tenebroso Ku Klux Klan.
Leí la descripción más sensacional de la ejecución de la pena de muerte a un negro, hace más de 25 años, donde el gas tóxico reemplazaba a la horca. Los verdugos colocaron un micrófono en la cámara de muerte, para que los delirantes pudieran oír las palabras postreras del condenado que agonizaba. Cuando la pastilla de veneno cayó en un recipiente y el gas se esparcía humeante, el micrófono captó las siguientes palabras: "¡Sálvame, Joe Louis; sálvame, Joe Louis; sálvame Joe Louis...!" Esto revelaba el desamparo, la soledad y la profunda desesperación de los negros de aquel período. El joven negro no encontró a nadie que pudiera ocuparse de él sino al campeón mundial de boxeo de los pesos pesados. Joe Louis acudiría en su socorro porque era un negro; podría hacer algo porque era un luchador. En pocas palabras, el hombre agonizante había dejado proclamado un comentario social: ¡no Dios ni el Gobierno ni los blancos compadecidos, sino un negro que a la sazón era el luchador más experto del mundo, constituía en aquel postrer instante su última esperanza!
La propia declaración de independencia del poder negro, después de 300 años de esclavitud, tiene que ser la que agrega Luther King a ese macabro relato: "Podemos hacernos libres a nosotros mismos" el eco de esas palabras nos hace responder: ¡Abajo todas las Bastillas! ¡Abajo todas las hipocresías! ¡Sepultar todos los errores! He aquí las voces que emergen después del asesinato del pastor Martin Lutero King.
Y hasta mis oídos llegan, en este homenaje que el Senado chileno rinde a una víctima del racismo norteamericano, los ecos de la canción que los estudiantes negros de Mississippi entonan a coro en sus reuniones:
"Oh, deep in my heart,
I do believe
We shall overeóme some day".
"Oh, en lo más hondo de mi corazón, yo sé y creo que algún día venceremos".